Con el tiempo desarrollé una
fascinación por ciertas palabras. Más que nada conectores, adjetivos y adverbios. Por
ende, en demasía, no obstante lo cual son algunas de mis favoritas. Me encanta
como suena. No obbbbstante. Una profesora que tuve en la UBA decía que esto
pasa cuando empezamos a pensar como escritores. Yo creo que en realidad es que estoy
perdiendo la cordura. Los esquizofrénicos humanizan los números y yo me
encariño con las palabras. No me parece que haya mucha diferencia.
Contrario a
lo que a mí me pasa, tengo una amiga que odia algunas palabras. Su problema es
con maya, cena y pieza. Ella tiene sus razones, pero igual eso no quita que
está loca. Esto me lleva a pensar que todos tenemos nuestras manías. Una
persona sin excentricidades no es interesante. No tiene nada que contar. Por
esto es que no nos deberíamos avergonzar. Hay que aceptarlas y reconocerlas.
Mostrarlas como parte de lo que nos define. Nos podemos llevar la sorpresa de
que no somos los únicos.
De chica yo tenía la costumbre de
contar los pasos que hacía para asegurarme de que fueran pares. Tenía miedo de
gastar una suela más que otra. Aseguro que ya lo superé. Ahora se me da por hacer
otras cosas. Por ejemplo, ordenar la mesa de determinada forma. Cuando como
sola la bebida y los cubiertos tiene que ir a la derecha, el vaso en frente mío
y los condimentos como mayonesa o mostaza y las guarniciones o fuentes a la
derecha. Si necesito sal o aceite, estos los pongo a mi izquierda. Después, una
vez que la comida está servida, las ensaladas, puré y demás van en la parte
superior del plato y el resto en la parte inferior. Si no acomodo las cosas así
el mundo explota. Así que en realidad lo hago por todos ustedes. Creo que esta
es mi máxima excentricidad. Juro que no tengo nada más extraño que esto salvo
acomodar las perchas de forma tal que queden mirando todas para el mismo lado y
organizar las remeras de acuerdo al estilo.
Primero vienen las remeras de manga corta, después las de manga larga.
Siguen las camisolas, las camisas y los vestidos de día. Los zapatos van
apilados en cajas de mayor a menor y por color. Si están alguien puede morir.
Otra cosa que no tolero son las
lágrimas. Y no porque soy totalmente incapaz de consolar a alguien, cosa que es verdad. Directamente me producen asco. No solo las ajenas, las propias también.
No tolero cuando se escurren por las grietas de los labios lastimados. Te hacen
arder y te dan más ganas de llorar. Comienza así un círculo vicioso. Tampoco puede
ver cuando caen por la cara, dejando marcado un surco de agua salada mezclada
con maquillaje, para después estrellarse contra la ropa. Me produce nauseas.
Las lágrimas me hacen pensar en transpiración. Esos dos tipos de agua deben
venir del mismo lado. Por eso no abrazo a mis amigas cuando lloran. No lo
soporto. Me pasa algo parecido con el agua de lluvia. Me desespera que me caiga
en la cara o me moje el pelo. Después quedo todo el día con una sensación de
humedad, pesadez y pegote alrededor del cuerpo. A nadie le gusta eso. Por eso
me enerva la gente que camina por la calle sin paraguas. No creo que nadie
disfrute de mojarse la ropa y pasar frío todo el día. Esas ganas de mostrarse
falsamente despreocupados sacan lo peor de mí. ¿Querés hacerte el loco? Patea un perro pero
no camines debajo de la lluvia porque me pone loca.
También tengo la costumbre de
morderme los labios. Lo hago cuando estoy nerviosa. O ansiosa. O aburrida. En
realidad, lo hago todo el tiempo. A veces llego a hacerme sangrar. Después
juego con la piel lastimada. Puede ser un poco morboso, pero todos tenemos un
lado masoquista y retorcido solo que el mío se presenta con asiduidad. También
tengo una cosa por hacer listas. Hago listas de todo. Libros que quiero leer,
películas que tengo que mirar, ropa que me quiero comprar, países que debería
buscar en Wikipedia porque ni sabía que existían y hasta partes del cuerpo que
tengo que depilarme. Supongo que es un pobre intento por tener algo de control
sobre la vida, que nunca sé cuando se me va a volver en contra. Va de la mano
con ser obsesiva y controladora.
Igual sé que no soy la única.
Todos tenemos lo nuestro. Me acuerdo que una vez salí con un flaco que tenía
que poner el atado de cigarrillos boca abajo, con el encendedor encima y en
diagonal. Nunca me hice problema por eso. Tendría que haber prestado atención a
las señales. También tuve una cuñada que no comía pescado porque le daban
lástima los peces. Ni las vacas, ni los chanchitos ni los pollitos, solo
los peces. Nadie se salva de estas cosas. Yo no me preocupo por cambiarlas. Creo
que me hacen más querible y no me dejan olvidar que soy humana.

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