Domingo por la tarde. Extrañamente nevaba. La calle, gris. Los
árboles, desnudos. Todo acorde a la situación: morbosa, deprimente, lúgubre.
Desde lejos, la funeraria. Un refugio contra el frío mercenario. Su interior de
raso rojo, reconfortante. Sin duda, un lugar acogedor, pero no alegre. La
gente, en silencio. Algunos envueltos en lágrimas, otros indiferentes. A lo lejos
una puerta color madera de doble hoja. Inevitablemente, cada vez más cercana.
El interior de esa sala extraño, confuso. El cajón, en pedazos a lo largo del
piso de mármol. Las mortajas, sucias y rasgadas. El cadáver, frente a mí.
Firme, de pie. Sus ojos, bien abiertos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario