domingo, 19 de agosto de 2012

Un velorio sin acción.


Domingo por la tarde. Extrañamente nevaba. La calle, gris. Los árboles, desnudos. Todo acorde a la situación: morbosa, deprimente, lúgubre. Desde lejos, la funeraria. Un refugio contra el frío mercenario. Su interior de raso rojo, reconfortante. Sin duda, un lugar acogedor, pero no alegre. La gente, en silencio. Algunos envueltos en lágrimas, otros indiferentes. A lo lejos una puerta color madera de doble hoja. Inevitablemente, cada vez más cercana. El interior de esa sala extraño, confuso. El cajón, en pedazos a lo largo del piso de mármol. Las mortajas, sucias y rasgadas. El cadáver, frente a mí. Firme, de pie. Sus ojos, bien abiertos.

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