Todos pasamos por algún momento
de crisis en determinado punto de nuestras vidas. Nadie se salva de esa. Puede
ser un arranque psicótico en el medio
Av. La Heras y Santa Fe, un intento de suicidio por ingesta desmedida de
palitos de la selva o cualquier otro indicador que prenda la lucecita roja
interna de “Qué mal la estoy pasado”. ¿Cómo te das cuenta de que ha llegado ese
momento? Cuando saturaste la paciencia de quienes te rodean y estos deciden
esquivarte a toda costa. Es que nos es inevitable como seres humanos sentir que
nuestros problemas son los únicos problemas que están teniendo lugar en el
mundo. En este preciso momento nada más está pasando. No hay hambruna mundial,
ni guerras tribales en África, ni ositos naufragando en bloques de hielo a la
deriva en el Ártico. Solo estás vos, tu ego
y esa montaña de mierd@ que te cubre hasta la cabeza y cuando viene un
vientito te entra un poco en la boca (Siento que me fui al carajo con la
analogía). Te acostás y levantás pensando en eso. Vas en el colectivo imaginando
distintos escenarios, uno más patético y desesperante que el otro. Te metés
tanto en la recreación de los hechos que terminas hablándole al timbre del
bondi y gesticulando como una loca. Llegás a la oficina pensando “No voy a
decir nada. No voy a decir nada.” Pero alguien te pregunta qué contás y ahí te
ataca la verborragia. “¡No! No sabés lo que me enteré…Y él después me dijo…Y
por qué siempre a mí….Todo yo…¡Nunca una buena!”. Y así empezás. Y dejáme
decirte que, aunque creas que las cosas se van a resolver solas, no va a pasar.
Estas cayendo en picada y a alta velocidad. Después de eso es cuando tus amigas
dejan de devolverte las llamadas, tu vieja
se esconde atrás de la mesada cuando te ve llegar a casa y tus
compañeros de laburo se tapan la cara con los ficheros cuando te encuentran en
el ascensor.
Igual no te preocupes. Aunque
creés que todo te pasa a vos no estás solo. Además de la ausencia total de
moral, ética y sentido de la responsabilidad a largo plazo, como buenos posmodernos
que somos nuestra generación se ha caracterizado por el individualismo, el cual
justificamos por esa supuesta contingencia total de las cosas que nos hace
creer que vivir el día a día, c#gerse a la ex de tu mejor amigo y tirar todo
proyecto de vida por la borda y dedicarte a la joda y las drogas está bien. Al fin de cuentas el individualismo no es más
que una forma bonita de referirse a la tendencia narcisista cada vez más
creciente de creer que uno es el ombligo del mundo y de justificarse por ir
pisando cabezas a lo largo de toda tu vida (Nietzche, suck that, pretty boy!). Ahora
bien, estando todos sujetos a esta condición casi inherente al ser humano
actual muy difícil se hace, entonces, poder satisfacerla. O sea, probá hablar
de un quilombo familiar o del flaco que leyó tu inbox, porque aparece el tick
de visto, pero nunca te contestó, en una misma mesa con otras cuatro minas, mal
llamadas “tus amigas”, y un mate de por medio. Te juro que si lográs hacerlo
por una hora reloj te pago. Claramente, en este tipo de escenarios, hay
conflictos de intereses. Es por esto,
creo yo, que ha resurgido un viejo hábito de la pequeña burguesía en decadencia.
Tuvo su boom a fines de los 80 y principios de los 90, cuando las personas
necesitaron borrar los traumas de los pelos batidos, las drogas duras y tanto
jean roto. Después con la debacle económica y el derrumbe del uno a uno esta
actividad cayó. Pero ahora vuelve para llenar huecos, cerrar cicatrices y
embuchar con chocolates al pequeño Narciso que todos llevamos dentro. Hablamos,
nada más y nada menos, de la terapia. Antes se utilizaba la conjunción verbo
más artículo más sustantivo “Ir al psicólogo” pero de esta nueva forma no suena
como si realmente estuviésemos hablando de una condición médica. Decir “Hoy
tengo terapia” refiere a un verdadero trauma que necesita el
seguimiento de un especialista y no que sos un egocéntrico hincha pelotas que
busca hablar religiosamente de sí mismo durante una hora corrida de una a dos
veces por semana.
Como a mí cualquier colectivo me
deja bien, hace cosa de un mes retome las sesiones de terapia después de
quince años. Mens sana in corpore sano. Era eso o perder a todas mis amistades
y terminar comiendo papel higiénico compulsivamente. Si bien es bueno dedicarse
tiempo a uno mismo y no solo a dejar
crecer hongos entre los pliegues de la piel y la gamuza del sillón me pregunto
hasta qué punto realmente me estoy ayudando y no estoy cayendo más y más…y más…
y más bajo todavía. Si me lo pongo a analizar objetivamente viajo cuarenta minutos
ida y vuelta en bondi, espero media hora en un consultorio con olor a moho y
revuelvo todo eso que me llevó años reprimir ¿Y para qué? Para que una licenciada que se la dá de doctora, que no me lleva más de cinco años, me refriegue en la cara
todas esas cosas que ya sé que hice mal en la vida y que me dé soluciones
obvias que si fueran tan fáciles de aplicar no estaría sentada en su oficina en primer lugar. Y lo mejor de todo esto es
que encima le pago porque la put@ obra social del sindicato de solteras
resentidas no cubre trastornos de la mente. Ellos no entienden que lo que yo
estoy haciendo es un bien público.
Lo más irónico es que si bien me siento como
el #rt# cada vez que salgo de terapia más como el #rt# me siento cuando no voy.
Porque son guachos los psicólogos. Se te meten en la mente y te psicopatean.
Cuando te querés dar cuenta estás metida en una relación amor odio más
enfermiza que la que tuviste con tu ex novio venezolano. Te volvés dependiente
de ellos sin darte cuenta porque la hacen muy bien. Es que es imposible odiar a
alguien que a cada pregunta tuya te responde con otra pregunta y así y todo
logra captar tu atención por una hora entera. Es demasiado ingenioso, demasiado
groso. Hay que aplaudirlos. Y así se aseguran un ingreso de por vida. Al
terminar la primera sesión, le pregunté -¿Licenciada, cuánto tiempo considera usted
que tengo que venir para resolver esta situación?-. Y ella me respondió -Yyyy, depende. Recién estamos empezando.
Primero tenemos que revolver toda la porquería no resuelta de tu infancia hasta
descubrir el por qué de tus inseguridades. Después, revisar tu adolescencia y
ver como esa patología se manifestó. Y recién ahí vamos a poder analizar el por
qué de las constantes conductas desmoralizantes y autodestructivas que me contás
tenés hoy en día. Yo te diría que unos veinte años fácil. Quizás un poco más.-
Entonces le pregunto - Bueno, ¿pero
después de todo eso voy a estar bien? ¿Voy a poder ser feliz?-. Y ella me
dice -¿Para vos qué es la felicidad? Mira,
lo que se dice estar bien, no. Para eso deberías volver a nacer. Lo que vamos a
poder conseguir es que seas consiente de los procesos mentales que te hacen
actuar de la forma en que lo haces para que después, Dios mediante, te puedas
ayudar a vos misma.- A lo que yo le
respondo -¡Okkkkk! Entonces, a ver si me quedó claro, de acá a veinte años,
con suerte, voy a ser capaz de mandarme cagadas a conciencia, usted no me va a
ayudar a solucionar mis problemas y le estoy debiendo unos doscientos pesos semanales
por esto. Además, con el paso del tiempo voy a redireccionar mi objeto de deseo
hacia usted, volviéndome dependiente de un vinculo cuasi lésbico que no me va a
dejar tener una put@ relación humana en paz porque a cada comentario de la otra
persona yo voy a responder “pero la psicóloga me dijo que…”. Le hago una pregunta,
Licenciada, ¿Acá hacen lobotomías?-
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