miércoles, 6 de febrero de 2013

Psycho - Killer


Todos pasamos por algún momento de crisis en determinado punto de nuestras vidas. Nadie se salva de esa. Puede ser un arranque  psicótico en el medio Av. La Heras y Santa Fe, un intento de suicidio por ingesta desmedida de palitos de la selva o cualquier otro indicador que prenda la lucecita roja interna de “Qué mal la estoy pasado”. ¿Cómo te das cuenta de que ha llegado ese momento? Cuando saturaste la paciencia de quienes te rodean y estos deciden esquivarte a toda costa. Es que nos es inevitable como seres humanos sentir que nuestros problemas son los únicos problemas que están teniendo lugar en el mundo. En este preciso momento nada más está pasando. No hay hambruna mundial, ni guerras tribales en África, ni ositos naufragando en bloques de hielo a la deriva en el Ártico. Solo estás vos, tu ego  y esa montaña de mierd@ que te cubre hasta la cabeza y cuando viene un vientito te entra un poco en la boca (Siento que me fui al carajo con la analogía). Te acostás y levantás pensando en eso. Vas en el colectivo imaginando distintos escenarios, uno más patético y desesperante que el otro. Te metés tanto en la recreación de los hechos que terminas hablándole al timbre del bondi y gesticulando como una loca. Llegás a la oficina pensando “No voy a decir nada. No voy a decir nada.” Pero alguien te pregunta qué contás y ahí te ataca la verborragia. “¡No! No sabés lo que me enteré…Y él después me dijo…Y por qué siempre a mí….Todo yo…¡Nunca una buena!”. Y así empezás. Y dejáme decirte que, aunque creas que las cosas se van a resolver solas, no va a pasar. Estas cayendo en picada y a alta velocidad. Después de eso es cuando tus amigas dejan de devolverte las llamadas, tu vieja  se esconde atrás de la mesada cuando te ve llegar a casa y tus compañeros de laburo se tapan la cara con los ficheros cuando te encuentran en el ascensor.
Igual no te preocupes. Aunque creés que todo te pasa a vos no estás solo. Además de la ausencia total de moral, ética y sentido de la responsabilidad a largo plazo, como buenos posmodernos que somos nuestra generación se ha caracterizado por el individualismo, el cual justificamos por esa supuesta contingencia total de las cosas que nos hace creer que vivir el día a día, c#gerse a la ex de tu mejor amigo y tirar todo proyecto de vida por la borda y dedicarte a la joda y las drogas está bien. Al fin de cuentas el individualismo no es más que una forma bonita de referirse a la tendencia narcisista cada vez más creciente de creer que uno es el ombligo del mundo y de justificarse por ir pisando cabezas a lo largo de toda tu vida (Nietzche, suck that, pretty boy!). Ahora bien, estando todos sujetos a esta condición casi inherente al ser humano actual muy difícil se hace, entonces, poder satisfacerla. O sea, probá hablar de un quilombo familiar o del flaco que leyó tu inbox, porque aparece el tick de visto, pero nunca te contestó, en una misma mesa con otras cuatro minas, mal llamadas “tus amigas”, y un mate de por medio. Te juro que si lográs hacerlo por una hora reloj te pago. Claramente, en este tipo de escenarios, hay conflictos de intereses.  Es por esto, creo yo, que ha resurgido un viejo hábito de la pequeña burguesía en decadencia. Tuvo su boom a fines de los 80 y principios de los 90, cuando las personas necesitaron borrar los traumas de los pelos batidos, las drogas duras y tanto jean roto. Después con la debacle económica y el derrumbe del uno a uno esta actividad cayó. Pero ahora vuelve para llenar huecos, cerrar cicatrices y embuchar con chocolates al pequeño Narciso que todos llevamos dentro. Hablamos, nada más y nada menos, de la terapia. Antes se utilizaba la conjunción verbo más artículo más sustantivo “Ir al psicólogo” pero de esta nueva forma no suena como si realmente estuviésemos hablando de una condición médica. Decir “Hoy tengo terapia” refiere  a  un verdadero trauma que necesita el seguimiento de un especialista y no que sos un egocéntrico hincha pelotas que busca hablar religiosamente de sí mismo durante una hora corrida de una a dos veces por semana.
Como a mí cualquier colectivo me deja bien, hace cosa de un mes retome las sesiones de terapia después de quince años. Mens sana in corpore sano. Era eso o perder a todas mis amistades y terminar comiendo papel higiénico compulsivamente. Si bien es bueno dedicarse  tiempo a uno mismo y no solo a dejar crecer hongos entre los pliegues de la piel y la gamuza del sillón me pregunto hasta qué punto realmente me estoy ayudando y no estoy cayendo más y más…y más… y más bajo todavía. Si me lo pongo a analizar objetivamente viajo cuarenta minutos ida y vuelta en bondi, espero media hora en un consultorio con olor a moho y revuelvo todo eso que me llevó años reprimir ¿Y para qué? Para que una  licenciada que se la dá de doctora, que no me lleva más de cinco años, me refriegue en la cara todas esas cosas que ya sé que hice mal en la vida y que me dé soluciones obvias que si fueran tan fáciles de aplicar no estaría sentada en su oficina en primer lugar. Y lo mejor de todo esto es que encima le pago porque la put@ obra social del sindicato de solteras resentidas no cubre trastornos de la mente. Ellos no entienden que lo que yo estoy haciendo es un bien público.
 Lo más irónico es que si bien me siento como el #rt# cada vez que salgo de terapia más como el #rt# me siento cuando no voy. Porque son guachos los psicólogos. Se te meten en la mente y te psicopatean. Cuando te querés dar cuenta estás metida en una relación amor odio más enfermiza que la que tuviste con tu ex novio venezolano. Te volvés dependiente de ellos sin darte cuenta porque la hacen muy bien. Es que es imposible odiar a alguien que a cada pregunta tuya te responde con otra pregunta y así y todo logra captar tu atención por una hora entera. Es demasiado ingenioso, demasiado groso. Hay que aplaudirlos. Y así se aseguran un ingreso de por vida. Al terminar la primera sesión, le pregunté  -¿Licenciada, cuánto tiempo considera usted que tengo que venir para resolver esta situación?-. Y ella me respondió -Yyyy, depende. Recién estamos empezando. Primero tenemos que revolver toda la porquería no resuelta de tu infancia hasta descubrir el por qué de tus inseguridades. Después, revisar tu adolescencia y ver como esa patología se manifestó. Y recién ahí vamos a poder analizar el por qué de las constantes conductas desmoralizantes y autodestructivas que me contás tenés hoy en día. Yo te diría que unos veinte años fácil. Quizás un poco más.- Entonces le pregunto - Bueno, ¿pero después de todo eso voy a estar bien? ¿Voy a poder ser feliz?-. Y ella me dice -¿Para vos qué es la felicidad? Mira, lo que se dice estar bien, no. Para eso deberías volver a nacer. Lo que vamos a poder conseguir es que seas consiente de los procesos mentales que te hacen actuar de la forma en que lo haces para que después, Dios mediante, te puedas ayudar a vos misma.-  A lo que yo le respondo -¡Okkkkk! Entonces,  a ver si me quedó claro, de acá a veinte años, con suerte, voy a ser capaz de mandarme cagadas a conciencia, usted no me va a ayudar a solucionar mis problemas y le estoy debiendo unos doscientos pesos semanales por esto. Además, con el paso del tiempo voy a redireccionar mi objeto de deseo hacia usted, volviéndome dependiente de un vinculo cuasi lésbico que no me va a dejar tener una put@ relación humana en paz porque a cada comentario de la otra persona yo voy a responder “pero la psicóloga me dijo que…”. Le hago una pregunta, Licenciada, ¿Acá hacen lobotomías?-

Imagen: http://xurl.es/rx6du

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