Anna empieza todos sus días a la
misma hora aunque no sabe bien cuál es porque hace tiempo le arrancó los
números al reloj. Pero todas las mañanas, excepto por los domingos, el
despertador de campana le martilla la cabeza, solo para recordarle que tiene una
rutina que obedecer. Siempre es lo mismo para Anna. Se levanta, permanece
sentada unos minutos al borde de la cama, suspira con tristeza y va al baño.
Ahí, dónde más sino, se lava la cara con Heno de Pravia y se suelta la toca.
Gime porque dormir con el pelo tensado le hace doler el cuero cabelludo. Cuando
se mira al espejo no puede ver nada. Sólo una mujer enferma de pelo castaño,
pecas y ojos verdes perdidos en el espacio. Vuelve a suspirar como hace al
levantarse y va a la cocina arrastrando los pies sobre los patines de gamucita
marrones. Pone la pava de aluminio corroído al fuego para hacerse un té y prepara
las tostadas untadas con margarina. Mientras espera que el agua se caliente y
que el pan se tueste, mira por la venta que da al pulmón del edificio. Para ser
una persona que ama tanto al mundo vive con demasiado miedo a todo. Su vida es
un esquema perfecto. Un calendario lleno de vacío que debe respetarse a raja
tabla. Todas las mañanas, mientras mira por esa ventana, piensa en tirarse al
vacío y se pregunta cómo funcionaría el mundo sin ella en él. El ritmo
vertiginoso con el que este seguiría girando la marea y le da nauseas. Qué
decir. Es muy rutinaria la vida de Anna, una criatura de hábitos gastados.
Después de desayunar va hacia el
cuarto y abre el ropero de cedro. Camisa
a rombos verdes, pantalones de pana acampanados y suecos con hebilla son su
uniforme de trabajo. No, nadie la obliga a vestirse así. Ella lo elije, como
todo lo demás. Trata de tapar el olor a naftalina con unas gotas de 7 Brujas
pero igual el aroma a encierro la rodea. Lo que pasa es que esa ropa no es de
ella sino de su vieja, de cuando esta era adolescente, y el tiempo ha dejado su
huella en las prendas. Antes de irse al
trabajo, le deja la comida al gato. Pollo hervido que le sobró de la cena para
uno de la noche anterior. Agarra su vieja bicicleta inglesa, que estaciona
todos los días dentro de la cocina, y pone un maletín de cuero marrón dentro
del canasto de mimbre roto que cuelga al frente del vehículo. Prende la Ranser
portátil, se pone los auriculares y sale a la calle.
Ella labura en una casa de venta de vinilos y
otras rarezas viejas de colección que queda sobre Av. Corrientes. Su turno es
el de la mañana. Le gusta porque, si bien a esa hora hay más barullo en la
calle, menos gente entra al local. Pasan todos rápido, apurados, corriendo a
contra reloj. Anna no entiende eso. Para ella el tiempo es una materia amorfa
suspendida en el espacio. Lo mira levitar a su alrededor como si fuera una
burbuja. Adentro está ella y su atemporalidad. Afuera el caos y la anarquía de
la ciudad.
Llega al local y guarda la
bicicleta en el pasillo. Prende las luces y levanta la cortina. Parece que todavía
es temprano porque afuera es de noche y ningún otro local de la cuadra está
abierto. Pero cómo saberlo. Tampoco hay relojes en la disquería. Cuando Anna
empezó a trabajar había tres. Sin que el dueño ni su compañera se dieran cuenta fue sacándolos de a uno, escondidos en el
portafolio. Como tampoco los quería en su casa los tiraba por el camino. Todos
los mediodías almuerza ahí mismo. Tiene un anafe a garrafa donde se calienta
sus viandas. Si pasas más a la tarde vas
a verla detrás del mostrador leyendo algún ejemplar de Pelo que compró en un local
cercano cuando iba camino a casa. Sino también podés encontrarla tomando un
descanso en la puerta del local, fumando cigarrillos armados y mirando al
vacío. Pero eso te pasará si tenés suerte.
¿Y qué hace Anna cuando vuelve a
su casa? Lo mismo que a la mañana pero al revés. Sabe que sale del trabajo a
eso de las siete porque es el horario en el que la debería relevar su compañera,
aunque ella sospecha que ésta llega cada vez más tarde. Igual tampoco es que le
moleste. Cree que no tiene nada mejor que hacer. Entonces, sale del local y las
primeras cuadras las hace caminando con el maletín al hombro, una mano en el
bolsillo y la otra sosteniendo la bicicleta por el manubrio. Con la mirada
recorre las vidrieras de Corrientes. A veces para y ojea una revista vieja. Si
encuentra una nota de Sui Generis que le interese quizás la compra. Si no sigue
caminando hasta doblar en Rodriguez Peña. Ahí prende la radio, sube a la bici y
pedalea hasta el departamento. Una vez adentro es lo mismo de siempre. Se saca
la ropa y queda en pijama y bata. Calienta la cena en el horno y se sienta en
el sillón a mirar la tele. Con una mano se manda la comida a la boca y con la
otra hace malabares con el control gigante del Grundig para recorrer los cinco
canales de aire que agarra la antena. América jamás se vio bien.



