miércoles, 29 de mayo de 2013

Le Premier Amour.

Dos amigas hablan por teléfono. Después de remover toda la porquería que les pasó  durante la semana, una decide cerrar el tema y le dice a la otra:


R.B.: -Lo que quiero decir es esto: vos querías que las cosas cambiaran y lo hicieron. Sin embargo, vos seguís siendo la misma que al principio. ¿Se entiende? Exigís pero no das nada a cambio.-

N.L.: -Jajajaja. Sí. Es verdad. Te odio, piba. Te odio.-

R.B.: Miralo así: soy tu Pepe Grillo, la voz de tu conciencia.-

N.L.: ¿Pero por qué no te tirás a un pozo, negra? Pero bien hondo. Bieeeen profundo.-

R.B.: Ya estoy metida en un pozo. Un pozo ciego bien lleno de mierda podrida.-

N.L.: Uff. ¿Y por qué es eso? ¿Qué pasó ahora?

R.B.: - No sé si es de ahora. Creo que me caí a los cuatro años, más o menos. Cuando dejé a Sebastián, mi noviecito de salita celeste.

N.L.: -JAJAJAJAJAJAJAJAJA.-

R.B.: -No te rías. Él me acariciaba las trenzas mientras paseábamos por el zoológico agarraditos de la mano...Fue un error dejarlo. Nunca más conocí a un flaco que me tratara así de bien.-


Ay, esos amores que ponen la vara demasiado alto. ¡¿Quién va a poder superarlos después?!


jueves, 23 de mayo de 2013

Acto V: Se cierra el telón.


Bajó las escaleras del edificio y ahí estaba. Muchas veces lo imaginó pero jamás creyó que fuera a pasar. Formaba parte de esos delirios en forma de sueños despiertos que la distraían en los viajes en colectivo o que la mantenían media hora más en la ducha. Pero ahí estaba, parado contra la columna mientras terminaba un cigarrillo, y a ella se le revolvían las tripas. Se le mezclaban las sensaciones. Ganas de salir corriendo, un poco de necesidad de abrazarlo en silencio y deseo de que lo pisara un camión de basura vía al conurbano. Todo eso junto. ¿Qué decidió Carla? Hacer lo único que sabe hacer. Ser ella y nada más. Bajó las escaleras despacio, caminó hacia él y  se paró enfrente.

-¿Qué haces vos acá?-
-Una serie de acontecimientos aleatorios que se encadenaron por casualidad me trajeron hasta acá.-

Carla no respondió. No rió. No se derritió con ese falso no sé qué de hombre encantador que a él le gustaba pavonear. Entonces siguió hablando.

- Vine a verte.-
-Me estás jodiendo, ¿no?-
-No.-
-¿Y para qué me viniste a buscar? Si se puede saber…-
-Te lo diría con todo el gusto del mundo pero no lo sé. Nada más vine.-

Y ahí estaba otra vez esa evasiva intelectual que a Carla la sacaba de quicio. Ella era una piba de pensamientos simples, concreta, que decía lo que le salía y siempre lo acompañaba de un insulto.

-¿No te cansaste de romperme las pelotas?, pregunto. Porque yo ya estoy hinchada las bolas de esto.-
-¿No estás dramatizando un poco? ¿Qué te hice ahora?-
-No hiciste nada. Simplemente fuiste vos. Con eso bastó.-
-¿Pero qué? ¿Eso es malo?-
-Supongo que si sos vos no. No es malo.-
-¿Vas a seguir mucho más enojada?-
-Sí.-
-¿Hasta cuándo?-
-Hasta siempre.-

Carla buscó los puchos en la cartera. Manipuló el atado con violencia y sin levantar la vista ni un segundo. Quería esquivarle los ojos. No podía contra el contacto visual. En esas situaciones siempre se preguntaba para qué carajo tenía ese carácter de mierda si después no iba a usarlo en defensa propia. En cuanto cruzara miradas quedaría impotente. Entonces, estaba decidido. Hiciese lo que hiciese, no iba a mirar al frente. Era eso o rendirse.

-¿Me vas a decir para qué mierda viniste?-
-Ya te dije. A verte a vos.-
-Entonces viniste al pedo.-
-¿Estás segura?-

Dijo e intentó agarrarla de la cintura pero Carla se tiró para atrás con un movimiento innecesariamente dramático y le esquivó la mano. Ahora sí. Levantó la mirada y le quemó la frente con todo ese odio podrido que tenía guardado adentro. No soportaba eso. No soportaba que nadie la diera por sentada. Tragó saliva sin bajar la cabeza y entrecerró las ranuras de los ojos. Él le sostuvo la mirada.

-¿No te parece que estás exagerando?-
-Sí, probablemente.-

Se hizo el silencio. Él miraba para un costado y la miraba a ella. Miraba para un costado y la miraba a ella. Carla resopló y se largó a hablar.

-Igual no es tu culpa…. Es más mía que otra cosa.-
-¿Por qué?-
-Por pensar que eras más. Que no sé, que tenías profundidad. Yo qué sé. Simplemente que había otra cosa. Pero no. Sos esto. Listo. Tan chato como cualquier otro. Y nunca se le debería pedir a alguien que sea más de lo que es porque no puede. No es justo hacerle eso. –

Sí. Carla ya sabía que sonaba como una loca. Pero él no dijo anda. Se la quedó mirando duro. Sus aires de hombre encantador desaparecían a medida que asomaba cierta vanidad humana que acababa de ser herida sin vergüenza por una piba de pensamientos simples, concreta, que decía lo que le salía y siempre lo acompañaba de un insulto. Carla sonrió y siguió hablando sola.

-¡Ja! Es muy loco todo…-
-¿Qué cosa?-
- Nada. Que me quedé ahí, parada como una idiota, esperando a que apareciera eso que, en realidad no existe y que yo ya sabía que no existía y que además vos nunca me dijiste que existía. Con lo cual, no tengo a nadie a quién culpar más que a mí misma. Y lo más loco es que nunca me había dado cuenta de esto que te estoy diciendo hasta recién, cuando empecé a decirlo.-
-Estás loca.-
-Sí.-

Carla se rió otra vez y se fue, dejándolo solo, a lo lejos, parado como un idiota que cada vez se volvía más chiquito y perdía la consistencia de su forma. Si bien ella se sentía tranquila en términos relativos, el camino hasta la parada fue eterno. La invadía esa bronca y esa impotencia tan característica de cuando uno acaba de darse cuenta que es el único culpable de sus propios males. Las calles se alargaban a medida que ella avanzaba y el frío de la caída del sol le empezaba a cortar la cara. Se escondía detrás de la bufanda mitad para cubrirse del invierno, mitad para tapar las lágrimas. No eran de tristeza. Tampoco de te voy a extrañar. Simplemente lágrimas de otra vez lo mismo. Lágrimas de yo sabía. Lágrimas de me avisaron y no quise escuchar. Subió al colectivo y le mandó un mensaje a Martín. Lo necesitaba. Él iba a saber qué decirle para volverla a hacer sentir bien consigo misma. Él iba a solucionar todo. Le iba a decir lo buena que era y cómo iba a conocer a alguien que no fuese un completo pelotudo. Sí, iba a hablar con Martín y todo iba a estar bien, como siempre porque él siempre estaba y sabía qué decir. Bajó del colectivo con las llaves en la mano y caminó casi que corriendo hasta el departamento. Subió por el ascensor, trastabilló a la salida, se llevó puesta la pared y llegó a la puerta con el poco equilibrio que le quedaba en el cuerpo. La abrió a los empujones y entró buscándolo. La tele. Estaba prendida. Martín estaba en el living. Voló hasta ahí para frenar en seco al llegar a la arcada. Se le congeló el cuerpo. Los ojos se le salieron de la cara. Martín la miró preocupado.

-¿Qué te pasó? Tenés la cara toda colorada, ¿Estás bien?-
-Si sí, no pasa nada…Hola, soy Carla.-

Dijo mirando fijo a la mujer que se levantó del sillón, donde estaba tirada sin calzado mirando la tele, y se acercó a saludarla.

-Hola, ¿qué tal? Yo soy Anna.-
-Un gusto. Bueno, me voy a mi pieza así los dejo tranquilos.-

Martín la agarró del brazo.

-No. Pará. ¿Qué te pasó?-
-Nada, boludo. Estoy muerta. Tuve un día del orto. Nada más. Bueno, me voy a tirar un rato. No los molesto más…¡Un gusto, eh!-

Carla salió a la velocidad de la luz hacia su cuarto. Cerró la puerta con llave y se tiró en la cama con la campera puesta. Ahora sí. Estaba totalmente sola. Sola sin Martín. Sola en el mundo. Se durmió llorando. Estas sí eran lágrimas de tristeza. Lágrimas de te voy a extrañar.




miércoles, 15 de mayo de 2013

Así empieza el fin.


Martín arrastra los pies por la avenida pateando la basura y el polvo invisible. Alrededor la gente corre contra reloj. Él va desganado. Casi que no puede pensar. Suspira hondo. Mentira. Sí puede pensar. Eso nunca se agota. Repasa su historia una y otra vez tratando de darse cuenta dónde es que se le fue todo de las manos. Se acuerda de cuando conoció a Carla, de cómo empezaron a ser amigos  y  de cuándo eso ya no alcanzó. A veces se pregunta qué hubiese pasado si entre una cosa y otra no hubiese sido tan cagón. Odia esa sensación. La de “qué hubiese pasado si…”. Esas veces, las que piensa en eso, le agarra remordimiento y se entra a dar la cabeza contra la pared. No es que esté loco sino que simplemente se quiere morir. Vive de especulaciones. Tratando de entre leer lo que ella hace, buscando señales en cada cosa que dice, encontrándole un sentido oculto a todo. Y no. Carla es solo eso. Una amiga y nada más. Cuando lo abraza, simplemente lo abraza. Cuando apoya la cabeza en sus piernas mientras miran una película, solo apoya la cabeza en sus piernas mientras miran una película. Y cuando le  dice que es su mejor amigo, tan solo le dice que es su mejor amigo… ¿O quizás no? Martín se pierde en estos tipos de razonamientos a diario. Tanto es así que sigue dos cuadras de largo y tiene que retomar por Av. Corrientes. Camina y camina hasta que se encuentra con un local de discos, libros y porquerías viejas. Entra y va hasta el mostrador.

-Hola, ¿qué tal? Vengo a buscar una billetera que se olvidaron el otro día acá.-

De atrás de una revista se asoma una cara pálida, de pelo lacio castaño y pecas rojizas. Ojos verdes y cejas perfectas.  Lo mira con escepticismo y responde:

-Vos no sos Carla.-
-Emm. No, claramente no. Soy Martín, un amigo de Carla. Vengo a buscar la billetera que se olvi…-
-Sí, eso ya lo dijiste. Y no se la olvidó. La encontré abajo de aquel anaquel. Se ve que fue a parar ahí cuando se cayó.-
-¿Quién se cayó?-
-Carla. ¿Quién más? Te cuesta un poco, ¿no?-

La chica lo mira desafiante y un poco aburrida también. Pareciese que no tuviera problemas con él puntualmente. Más bien es un tema con el mundo. Martín la mira de arriba abajo. Está vestida raro y tiene un perfume extraño, como a… No es que sea feo. Al contrario. Es como..como..como curioso. Se da cuenta que hace un minuto que la mira fijo y ella ya está empezando a incomodarse.

-Jaja. Sí. A veces me taro. Soy Martín.-
-Eso también ya lo dijiste.-
-¿Y vos como te llamás?-
-Anna.-
- Ah, ¡mira vos! No tenés cara de Anna.
-¿Y por qué no?
- No sé. Es como…-
-¿Viejo?-
-No, ana - crónico, jajaja.-
-¡Ja! Qué ingenioso lo tuyo…Tomá. Acá está la billetera.-

Martín quiere hacer un agujero en el piso, meterse ahí adentro y no salir más.

-Ehh, buenismo. Gracias. ¡Chau!-

Anna no le devuelve el saludo. Mueve la cabeza en señal de afirmación y lo sigue con la mirada para asegurarse que salga del local. Martín camina por entre los stands de libros y discos pero algo llama su atención. Entonces para. Anna resopla y revolea los ojos. Está perdiendo la paciencia.

-¿Este cuanto está?
-$300.-
-¡$300! Te hago una pregunta, ¿está hecho de oro?-

Anna sale de atrás del mostrador y camina hacia Martín dispuesta a hacer la venta.

-¿Sabés lo que pasa? Es importado. Como son originales son más caros. Además no sé qué tan familiarizado estás con la banda pero esta fue una especie de edición limitada, por decirlo de alguna manera, con lo cual salen más, obvio.-

-Ahhh, y te hago una pregunta más. ¿A todos los clientes los chamullas tan asquerosamente? ¿O lo hacés solo conmigo porque te diste cuenta de que me cuesta?-

Anna apunta su mirada directamente a la sonrisa gigante de Martín y no puede contener una carcajada nerviosa que la agarra de sorpresa.

-Jajaja. Bueno, está bien. ¿Qué te parece si hacemos lo siguiente? Ahí atrás tengo un tocadiscos. Te dejo escuchar la grabación completa. Si te gusta te lo llevás. Para que veas lo buena que soy.-

Martín sabe leer el sarcasmo en su tono de voz. Sin embargo, puede ver qué, a través de las grietas del cascarón de Anna, se asoma una simpatía rara, de esas que no todo el mundo tiene el lujo de ver.

-Bueno, dale. Pero ya te digo que no tengo $300.-
-No importa. Si te gusta te lo guardo y lo venís a buscar cuando tengas la plata. O lo vas pagando en cuotas, como vos quieras. Me quedo con la billetera de tu amiga como seña, jaja.-

Ella pone el disco y arrima una silla junto a la suya. Se sienta  y lo mira a Martín, esperando a que la imite. Él duda un poco. Las cosas dieron un giro inesperado ¿Y eso es malo? Pasa al otro lado del mostrador y se sienta al lado de Anna. Ella saca una lata vieja de un maletín marrón gastado y la abre. Saca tabaco, lillos y empieza a armar un cigarrillo. Martín le pregunta por qué fuma pasto y Anna le explica que no le gustan los cigarrillos ya armados porque son antinaturales y tóxicos, como todo lo moderno. Alguien normal hubiese salido corriente ante ese comentario, pero Martín está fascinado. Hay todo un mundo dentro de esa cabeza que lo hace perderse. Es como si el tiempo se tornase una materia amorfa suspendida en el espacio. Lo miran levitar a su alrededor como si fuera una burbuja. Adentro están ellos y su atemporalidad. Afuera el caos y la anarquía de la ciudad. Adentro, Anna. Afuera, la barbarie de los pensamientos de Martín. La púa llega al final de la última pista y se da cuenta de que es hora de volver al mundo real.

- ¡Uy! ¿Qué hora es?-
-Mmm, no sé. No me gustan los relojes.-

Martín la mira extrañado. Es tan… tan..tan algo.

-Bueno, ¿te gustó?-
-Mucho…Pará. ¿De qué me hablás?-
-Del disco.  ¿Qué más si no?-
- Sí, sí. Me gustó. Pero no tengo la plata acá. Y no debería. Economía de guerra.-

Anna piensa antes de hablar.

-Bueno, no importa. Llevatelo igual.-
-Noo. ¿Cómo me lo voy a llevar? Estás loca. Te van a Matar.-
-No pasa nada.-
- No, no, no, Anna. Te lo re agradezco pero no. No da.-
- Te digo que no pasa nada. ¿No escuchás?-
- Fuera de joda, no.-
- ¡Pero que no pasa nada, pibe! Era de mi vieja. ¡Yo lo puse acá para vender! Y quiero que lo tengas. Dale, hacelo como un favor para mí. Es mejor que te lo lleves vos a un boludo cualquiera que después lo hace reloj o alguna boludez así.-

Martín la mira fijo. Si lo acepta, ya está. La conversación termina ahí. Tiene que agarrar el coso e irse. Pero si sigue “que sí, que no” puede robar unos minutos más. ¿Su boludez no tiene límites acaso? Anna lo mira expectante e impaciente a la vez.

-Bueno, me lo voy a llevar.-
-Buenísimo.-
-Pero tenés que salir conmigo para eso.-

Eso la agarra desprevenida.

-¿Qué?-
-Sí. Acepto tu regalo si vos aceptas salir conmigo.-
-Bueno.-

Anna se pregunta de dónde salió esa respuesta tan firme, tan decidida, tan no ella. Martín abre los ojos al máximo que dan sus parpados.

-¿En serio?-
-Sí. Aunque la forma de pedírmelo fue muy goma. Dale, hagamos algo. No te paso mi teléfono porque, bueno, porque no tengo.-
-Te vengo a buscar mañana cuando salís de acá y vamos a tomar algo. ¿A qué hora?-
-Que pregunta difícil. Ponele que a eso de las siete y media, creo.-

Martín la vuelve a mira extrañado. Es tan… tan..tan algo. Se despide y sale del local. Camina por Corrientes con el disco abajo del brazo y los ojos cerrados. Los abre y todo se ve diferente. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Terapia móvil.


Camina como robot por la calle esquivando gente y haciendo malabares con la cartera. Su celular no para de sonar. Sabe que está ahí adentro pero primero tiene que esquivar un peine, el estuche de los anteojos y un tampón para encontrarlo. Lo saca tironeando de los auriculares y atiende como puede. La señal es pésima y el ruido de Corrientes no la deja escuchar. Pasa por una casa de discos y cosas extrañas y entra para poder hablar. La vendedora asoma la cabeza por encima de una revista vieja, con voz de ultra tumba le pregunta si necesita algo y cuando Carla le responde que solo está mirando sigue leyendo. Camina distraída para alejarse de las pocas personas que están en el local y tropieza con un pequeño escalón en el medio del pasillo. Cae al piso con celular y todo y el contenido de la cartera se desparrama a su alrededor. Del teléfono sale una voz de mujer que grita con fuerza. Carla se levanta como puede, junta sus cosas y se va contra una repisa de libros de segunda mano. Por fin habla:

“¿Hola? Sí. Ahora sí. Recién no te escuchaba nada. Y después me caí… Jaja, sí, como siempre. ¿Cómo andás?... ¿Yo? Como el orto. ¿Cómo voy a andar?...Sí, otra vez…Sí, yo también estoy hinchada las pelotas ya. Odio vivir siempre en esta situación del orto. Un estado permanente. Ni vale la pena que me sigan preguntando como estoy. La respuesta va a ser siempre la misma…. ¿Martín te contó ya?...Y bueno, nada eso. Me revienta que yo sabía que iba a pasar esto. ¿Viste que te dije? ¿Te acordás? Yo sabía que iba a terminar mal. Siempre lo sé….Obvio que estoy enojada. Estoy re caliente. Pero más caliente estoy conmigo misma…. Y porque es la misma de siempre. Me hacen sentir como una loca de mierda, una paranoica, una desconfiada, para después hacer alguna pelotudez y demostrarme que tenía razón. Y aunque después termine demostrándose que no estoy loca o que bueno, sí estoy loca pero mi locura es justificada, el daño ya está hecho. Yo ya me siento una idiota porque a pesar de que yo sabía que iba a pasar lo que pasó decidí hacer caso omiso a mi razón y darles el beneficio de la duda…..Sí, ya sé. Tenés razón. Pero igual no me arrepiento de haberlo intentado, ¡eh! Mentiiiiira. Sí, me re arrepiento. Me la quiero coser con una guja oxidada e hilo de tanza…. Bueno, perdón. No lo digo más. Igual, de lo que más me arrepiento es de que haya resultado ser un pelotudo más del montón. De eso me recontra arrepiento….No, no creo que él se arrepienta de eso. Ni debe saber que es un pelotudo…..Y nada. ¿Qué voy a hacer ahora? Seguir comiendo helado del pote y mirando Diario de una Pasión hasta que el traste se me funda con el sillón y no me pueda levantar. ¿Vos me vas a venir a visitar cuando eso pase?.... ¿Cómo que no sabés?... ¡Pero voy a necesitar ayuda! Alguien que me alcance la cuchara cuando se me caiga al piso, que me corte las uñas de los pies, que…. ¿Qué hijos, ridícula? ¡¿No escuchaste nada de lo que te estuve diciendo?!....Naaa. Martín para esa altura ya va a estar casado con una modelo divina, van a vivir en un barrio cerrado divino y van a tener tres hijos rubios también divinos....Sí, ya sé que me avisaste. Pero bueno. Una siempre piensa “y si esta vez es distinto…”….Sí, bueno pero no me digas así. Porque sabés qué. Si no lo intento me convierto en ellos… Si no lo intentamos, nos volvemos ellos ¿Vos querés eso?....Bueno, sí. Lo de mear parado está bueno….No, sabés que una vez lo pregunté y me dijeron que eso no se puede hacer, que es mentira…. Posta. Bueno, en fin. No nos vayamos por las ramas. Lo bueno de todo esto es que ya va a volver y cuando lo haga yo lo voy a tener recontra superado. ¡¿Me oíste bien?!...Uy, perdón. No me di cuenta que estaba gritando. Escupí el teléfono, jaja.  Y está bueno cuando eso pasa, ¿viste? Porque te hace super bien poder rechazarlos con tanto desprecio…..Naaa, ni ahí….Bueno, quizás sí. Bueno, sí. Si lo tengo en frente y me meo encima pero no sé. Cruzaré las piernas, iré corriendo al baño, lo q sea pero a él no se lo voy a demostrar. Lo cual me da por las pelotas porque yo estaba en esta actitud super - sana de ser sincera con mis emociones, abierta y libre de posturas… Y me ayudaron mucho las Gotitas de Bach y la psicóloga. Sí, posta. Funcionan. Me las dio el homeópata... Ah, ¿no te conté? Sí, empecé como hace dos semanas y la verdad que estoy mejor. Pero bueno, como te decía, uno pone lo mejor de sí y siempre un idiota tiene q venir y cagartelo todo…Si, bueno. Él no vino, yo lo invité. Es que el idiota conmigo no parecía tan idiota… Sí, bueno, siempre hay alguien que está peor. ¡Pero pará! ¿Vos de quién me hablas?... ¿Y como sabés eso vos?... ¡Macarena, dejá de stockearle el Facebook a la gente, te lo pido por favor!... No, eso no es hablar con fundamentos. Eso es estar enferma. Y después yo te pido consejos a vos… No, no sé que voy a hacer. Bah, sí sé. Voy a hacer la misma estupidez que hago siempre y después te voy a llamar para contarte, voy a hablar media hora del tema con vos y a la semana voy a estará actuando de la misma forma idiota de siempre…. Si, bueno. Si te responden del Moyano avísame, jajaja…Dale, vaya no más. Hablamos. Besos.”

Carla deja el libro de segunda mano que estaba ojeando sin prestarle atención y sale del local. No se había dado cuenta de lo tarde que se le había hecho. Pareciera que el tiempo se suspendiese como un fenómeno amorfo adentro de ese local. Cruza la calle y empieza a caminar a velocidad luz hasta perderse entre el ruido, la gente y el vértigo de Corrientes.


miércoles, 24 de abril de 2013

Annacrónica (o crónica de un día en la vida de Anna)


Anna empieza todos sus días a la misma hora aunque no sabe bien cuál es porque hace tiempo le arrancó los números al reloj. Pero todas las mañanas, excepto por los domingos, el despertador de campana le martilla la cabeza, solo para recordarle que tiene una rutina que obedecer. Siempre es lo mismo para Anna. Se levanta, permanece sentada unos minutos al borde de la cama, suspira con tristeza y va al baño. Ahí, dónde más sino, se lava la cara con Heno de Pravia y se suelta la toca. Gime porque dormir con el pelo tensado le hace doler el cuero cabelludo. Cuando se mira al espejo no puede ver nada. Sólo una mujer enferma de pelo castaño, pecas y ojos verdes perdidos en el espacio. Vuelve a suspirar como hace al levantarse y va a la cocina arrastrando los pies sobre los patines de gamucita marrones. Pone la pava de aluminio corroído al fuego para hacerse un té y prepara las tostadas untadas con margarina. Mientras espera que el agua se caliente y que el pan se tueste, mira por la venta que da al pulmón del edificio. Para ser una persona que ama tanto al mundo vive con demasiado miedo a todo. Su vida es un esquema perfecto. Un calendario lleno de vacío que debe respetarse a raja tabla. Todas las mañanas, mientras mira por esa ventana, piensa en tirarse al vacío y se pregunta cómo funcionaría el mundo sin ella en él. El ritmo vertiginoso con el que este seguiría girando la marea y le da nauseas. Qué decir. Es muy rutinaria la vida de Anna, una criatura de hábitos gastados.
Después de desayunar va hacia el cuarto y abre el ropero  de cedro. Camisa a rombos verdes, pantalones de pana acampanados y suecos con hebilla son su uniforme de trabajo. No, nadie la obliga a vestirse así. Ella lo elije, como todo lo demás. Trata de tapar el olor a naftalina con unas gotas de 7 Brujas pero igual el aroma a encierro la rodea. Lo que pasa es que esa ropa no es de ella sino de su vieja, de cuando esta era adolescente, y el tiempo ha dejado su huella en las prendas.  Antes de irse al trabajo, le deja la comida al gato. Pollo hervido que le sobró de la cena para uno de la noche anterior. Agarra su vieja bicicleta inglesa, que estaciona todos los días dentro de la cocina, y pone un maletín de cuero marrón dentro del canasto de mimbre roto que cuelga al frente del vehículo. Prende la Ranser portátil, se pone los auriculares y sale a la calle. 
 Ella labura en una casa de venta de vinilos y otras rarezas viejas de colección que queda sobre Av. Corrientes. Su turno es el de la mañana. Le gusta porque, si bien a esa hora hay más barullo en la calle, menos gente entra al local. Pasan todos rápido, apurados, corriendo a contra reloj. Anna no entiende eso. Para ella el tiempo es una materia amorfa suspendida en el espacio. Lo mira levitar a su alrededor como si fuera una burbuja. Adentro está ella y su atemporalidad. Afuera el caos y la anarquía de la ciudad.
Llega al local y guarda la bicicleta en el pasillo. Prende las luces y levanta la cortina. Parece que todavía es temprano porque afuera es de noche y ningún otro local de la cuadra está abierto. Pero cómo saberlo. Tampoco hay relojes en la disquería. Cuando Anna empezó a trabajar había tres. Sin que el dueño ni su compañera se dieran cuenta  fue sacándolos de a uno, escondidos en el portafolio. Como tampoco los quería en su casa los tiraba por el camino. Todos los mediodías almuerza ahí mismo. Tiene un anafe a garrafa donde se calienta sus viandas. Si pasas  más a la tarde vas a verla detrás del mostrador leyendo algún ejemplar de Pelo que compró en un local cercano cuando iba camino a casa. Sino también podés encontrarla tomando un descanso en la puerta del local, fumando cigarrillos armados y mirando al vacío. Pero eso te pasará si tenés suerte.
¿Y qué hace Anna cuando vuelve a su casa? Lo mismo que a la mañana pero al revés. Sabe que sale del trabajo a eso de las siete porque es el horario en el que la debería relevar su compañera, aunque ella sospecha que ésta llega cada vez más tarde. Igual tampoco es que le moleste. Cree que no tiene nada mejor que hacer. Entonces, sale del local y las primeras cuadras las hace caminando con el maletín al hombro, una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo la bicicleta por el manubrio. Con la mirada recorre las vidrieras de Corrientes. A veces para y ojea una revista vieja. Si encuentra una nota de Sui Generis que le interese quizás la compra. Si no sigue caminando hasta doblar en Rodriguez Peña. Ahí prende la radio, sube a la bici y pedalea hasta el departamento. Una vez adentro es lo mismo de siempre. Se saca la ropa y queda en pijama y bata. Calienta la cena en el horno y se sienta en el sillón a mirar la tele. Con una mano se manda la comida a la boca y con la otra hace malabares con el control gigante del Grundig para recorrer los cinco canales de aire que agarra la antena.  América jamás se vio bien.


miércoles, 17 de abril de 2013

Amigos sin beneficios.


Carla mira por la ventana de la habitación mientras enciende un cigarrillo. Hace tiempo que le agarró la manía de fumar antes del desayuno. Da tres pitadas y lo apaga. El dolor de cabeza es muy fuerte y se le empieza a revolver el estómago.  Agarra la botella de agua que dejó junto a la cama cuando llegó a la madrugada y toma un sorbo. Está caliente. Hace horas que le  está dando el sol de la mañana. Larga un suspiro y se enfrenta a sus pensamientos pero un ruido al otro lado de la puerta la distrae. Ya debe estar levantado. ¿Lo llama? No. Hace un poco de ruido para que sepa que ella también está despierta. Abre cajones, prende la tele y estira la cama. Dos minutos después golpean a la puerta de la habitación.

-Dale, boludo. Pasá.-

Entra Martín de short de futbol y remera blanca. Descalzo y con los pelos despeinados. Trae dos vasos de jugo gigantes en la mano.

-Carla, ¿no te podías poner un short? Estás en b#las.-

Ella camina hacia el armario, saca la parte de abajo de un pijama y se la pone. Cruza la cama caminándole por encima y se sienta contra la pared dejándole el lado derecho a Martín. Él le alcanza uno de los vasos y se acomoda a su lado.

-¿Cómo estuvo anoche?-
-…….-
-¡Euh! Responde.-
-No quiero hablar de eso.- 

Mentira. Sí quiere hablar pero no sabe por dónde empezar a contarle.  Haciendo la parabólica agarra la cartera que quedó tirada en el piso y saca el atado de cigarrillos. Se prende uno.

-¿Tan mal? ¿Qué pasó?-

Ella mueve la cabeza y larga el humo para poder hablar.

- Nada, b#lud#. Lo mismo de siempre. Ya estoy cansada. Te juro que me tienen las pel#t@s por el piso. Todos.-
-Sos una exagerada. Saco el violín, ¿querés? Jaja.-
-No, Martín. Lo digo en serio. Siempre pasa lo mismo. Hacen algo que la caga y otra vez tengo que arrancar de cero.-
- ¿Empezar de cero? Pero, flaca, no hace ni un mes que estas con el pibe.-
- Pero me la veo venir. Ya sé cómo es.-
-¿Ya sabes cómo es él, cómo es la situación o cómo sos vos?-
-¡Gracias, eh! Un amigo vos.-
- A lo que voy es que siempre vas mal predispuesta a las cosas. Como que conoces a alguien y ya estás esperando que haga algo mal.-
- No es estar mal predispuesta. Es tener sentido común.-

Carla deja salir aire por su nariz haciendo un ruido extraño y los dos ríen fuerte. Ella sigue hablando.

- ¿Sabés lo que pasa, b#lud#?  Que te quema la cabeza. O sea, estás todo el tiempo pensando, tratando de entender por qué carajo hacen lo que hacen y dejan de hacer lo que no hacen. Es agotador tener que sobre analizar todo.-
-Bueno, eso es  un tema tuyo, que siempre tenés que darle una vuelta de tuerca más a todo. Cosa de minitas, ¿no? Jajaja-
-Ah, no. No, no. ¡¿Ves?! ¡¿VES?! Sos un pelotudo más.-

Eso lo mata. No que le diga pelotudo, porque está acostumbrado a las puteadas de Carla, sino que para ella él sea uno más del montón.

-Pero es así, b#luda.-
-No. Es mentira. Ustedes se la dan de simples pero nunca son claros. Loco, si me decís de hacer algo hagamos algo, si me hablás seguime la conversación o decime chau pero no me dejes pegada a la computadora cuarenta minutos esperando una puta respuesta. Y qué es eso de mensajear  a las tres de la mañana para ver dónde estoy si después no me vas a dar ni bola. ¡No me hagas violentar que te apago el pucho en el globo ocular!-

Los nervios al hablar junto con la risa contenida hacen que Carla se babee y los dos se estallan de la risa hasta que empiezan a llorar. Cuando recuperan la respiración, Martín la abraza y ella apoya su cabeza en su hombro.

-Ya vas a encontrar a alguno que no sea un pelotudo. En serio.-
-¿Y si no pasa eso? O peor, ¿si sí pasa y lo cago todo por estar tan jodida de la cabeza? ¿Y si un día conozco a un flaco que valga la pena y pierdo la “oportunidad” por desconfiada? El que se quema con leche ve la vaca y llora.-
-¿Podés dejar de hablar como una vieja de ochenta años? Primero te babeas, después esto…jaja.
Así sí que te vas a quedar sola.-
- Callate, idiota.-
-Vos te quejás pero después cuando los tenés atrás tuyo los pateas como perros. No sos girlfriend material.-
-¿“Girlfriend material”? ¿Qué te haces, estúpido? Jaja. Además yo no quiero un novio ¿Vos me ves a mí de novia? ¡¿A mí?!-
-Entonces qué carajo es lo que querés, histérica de mierd@.-
- Alguien que me quiera…. Creo que no es tanto lo que pido.-

Dice eso y levanta la mirada buscando la de Martín para que este le dé su aprobación pero no la encuentra. Él no puede despegar los ojos de las gotas de transpiración que corren por el vaso de jugo. Odia cuando la conversación se pone así. No sabe cómo manejarla. Ella lo golpea con el codo y se lo queda mirando un rato más. Piensa en por qué carajo no le responde algo. A Martín le empieza a latir el corazón a mil. La tiene tan cerca. Lo está mirando fijo. ¿Y si ella está pensando lo mismo que él? Quizás quiere que haga algo. Es eso. Ella está esperando que él dé el primer paso. Mira para adelante, respira hondo, toma un sorbo de jugo y vuelve la cara hacia la de Carla. Se acerca. Va a hacerlo… Y no. Se asusta. No sabe cómo salir de este momento. Entonces le larga un chorro de jugo en la cara, la despeina con la mano y se va de la habitación riendo nervioso. Carla se seca la cara con la sábana y vuelve a respirar. Por un momento se asustó. Pensó que Martín la iba a besar. Qué bizarro sería eso. La idea la hace reír. Se levanta, prende otro cigarrillo, se asoma a la ventana y repasa en su cabeza la noche de ayer. ¿Debería llamarlo? No. Quizás después le hablale por chat. No, tampoco. Ay, no sabe qué hacer. Va a  preguntarle a Martín que piensa. Necesita de sus consejos. Mientras tanto él está en la cocina dándose la cabeza contra la pared una y otra vez.


miércoles, 10 de abril de 2013

Contradicciones de un disertante docto.


Después de una larga teorización sobre la condición del hombre como ser social y su dependencia del otro para sobrevivir, un alumno se acerca al profesor  y le dice:

-Doctor, no  sé si estoy de acuerdo con su teoría.-

-¿A qué se refiere, joven? ¿No sabe si está de acuerdo con lo que dije o no está de acuerdo con lo que dije pero no sabe por qué?-

- Hay algo que me hace ruido. No entiendo. Usted dijo que sería más productivo hacer culto al individualismo que articularnos como miembros de una red social. ¿Por qué piensa eso?-

Entonces, el doctor responde, no desde el conocimiento sino desde el resentimiento que trae la experiencia:

- Noto un dejo de reproche en lo que me dice. Mire, toda relación humana está destinada al fracaso. Nada que involucre a más de una persona puede funcionar. Eso, sin embargo, no quiere decir que no perdure a través del tiempo. Ahí está el engaño. La idea de no hacerle al otro lo que no se quiere que le hagan a uno es una premisa imposible de seguir en la vida, donde la moral teórica se encuentra con la realidad del ser humano. Sin embargo, habla bien de nosotros intentarlo, creo. De ahí que exista algo tan irracional como la monogamia, pienso yo. Esta no es una forma de proteger los sentimientos del otro sino más bien una treta para salvaguardar lo que nosotros consideramos que es nuestra propiedad. Como buen teórico ortodoxo de izquierda desprecio la propiedad privada. Por ende, no creo en la monogamia. Se me hace impracticable. La entiendo como algo antinatural. Ahora bien, hay que admitir que muy distinta es la situación cuando el poligámico es el otro porque ahí entran en juego los sentimientos y ya sabe usted que estos no pueden explicarse. Por consiguiente, tampoco se pueden entender y por ende jamás podrán controlarse. De ahí que hay que guiarse por la razón. Es que ninguno de nosotros es un superhombre como para poder escapar por completo al kitsch. Por más que lo despreciemos, forma parte del sino del hombre[1]. Entonces, ¿qué nos queda? El engaño o la resignación. Vivir a escondidas pretendiendo que lo que no se sabe en realidad no ha pasado o encerrados en el otro para evadir de la tentación. La segunda opción pareciera ser más honorable, seguro. Pero ¿qué honorabilidad quedará cuando una vez pasados los años haya solo dos extraños cenando en silencio y odiándose el uno al otro sin saber por qué? En vistas de esta conclusión, la primera opción parece ahora la correcta. Se presenta así como la más viable. Pero ¿dónde marcar el límite? ¿Qué parte de nuestra vida compartir y cuál ocultar en las penumbras y guardar solo para nosotros mismos? ¿Y qué pasa si nos descubren? Aún peor, ¿qué pasa si somos nosotros los que descubrimos? Ahí tiene el por qué toda relación humana está destinada al fracaso. Mire, usted está acá para abrir los ojos y desarticular el entramado cultural que condiciona el actuar de todo ser humano. Depende de cada uno seguir adelante con la farsa o cuestionar los lineamientos sociales preestablecidos. ¿Me entiende, joven? –

El alumno se va sin replicar, dándole vueltas al tema en su cabeza. Mientras, el doctor guarda los papeles desordenados en su portafolio de cuero viejo. Arrastrando los pies, llega a la calle. Toma el colectivo y duerme la media hora de viaje. Llega a su casa. Entra al living, tira sus cosas sobre el sillón gastado, saca la comida del congelador y lee los apuntes para la clase siguiente mientras espera que la cena esté lista. Se sienta en la mesa, sólo, en una punta, y come en la oscuridad mientras mira la pared y piensa en cómo hubiese sido su vida si no estuviese lleno de tanta mierd@.






[1] Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser. Buenos Aires: Tusquets Editores, 2011. 

jueves, 4 de abril de 2013

Habemus pitos.


Estaba yo muy tranquila en el parque trabajando en un proyecto cinematográfico (??) cuando un amigo, que no es el amigo del que les hablo siempre sino un amigo totalmente diferente (que en realidad ni siquiera es tan amigo. Es más bien una relación amor – odio), me hace el siguiente comentario: “Tengo algo que te puede servir para Reflexiones de Bidet. Tengo la teoría de que los hombres que tienen el pito grande son más seguros a la hora de encarar. Escribí sobre eso.” Bueno, en principio me pareció una buena idea. Lo primero que analicé fue por qué mi amigo estaba pensando tanto en pitos pero después me puse a revisar su teoría y desarrollé un algoritmo que me permitiera determinar la relación directamente proporcional entre las dimensiones de los miembros masculinos (es decir, los pitos) y el grado de confianza de quienes son sus portadores (léase los hombres que llevan dichos pitos). Todo esto me sirvió para darme cuenta de que más interesante que hablar sobre relación pitos - confianza era hablar sobre la importancia que los hombres les dan a los pitos y a los tamaños de los mismos.
Suena como un tema trillado pero al parecer para ellos aún no se ha dicho la última palabra porque siguen sacándolo a colación cada vez que tienen la oportunidad. Sinceramente es preocupante el tiempo que los hombres pasan pensando, hablando y midiendo pitos. A ver, dejemos algo en claro. A los únicos a los que les importa es a ustedes. Las mujeres no queremos hablar de pitos. Ya muchas lo dijeron. Los pitos son feos. Así que, Mengolini, dejá de pedir pitos en la tele. Ninguna mujer quiere ver un pito por voluntad propia. Es algo que soportamos, no que elegimos. Y hombres, por favor, no pregunten más si es mejor que el pito sea grande o chico, fino o grueso. Ya no sabemos cómo explicárselos. NO. ESO IMPORTA UN CARAJO. A diferencia de ustedes,  las mujeres no somos neandertales y en nuestro caso median muchas cosas a la hora de c#ger además del diámetro de un pito. Cosas que quizás escapen a su entendimiento.
Creo que su interés en los pitos en general se debe a una necesidad de reivindicar constantemente su sexualidad en una sociedad que lentamente los ha convertido en las nuevas minitas. De ahí que agarren con tanta fuerza, violencia y seguridad el control remoto  y no lo sueltan más. En su mente es una suerte de extensión peneana que convierte a su miembro, esto es, al pito, en un dispositivo de dimensiones estelares casi infinito que traspasa la barrera del sonido. Chicos, you wish. Sueltenlo de una vez y déjennos elegir algo para mirar en vez de estar naufragando erráticamente por los mares del zapping. ¿Qué es esto de poder votar y no de elegirla la programación del domingo? ¡Pero por favor!
En fin, espero que esto haya dejado algunas cosas en claro. Básicamente lo que digo es que es imposible conocer la relación entre el tamaño del pito y el grado de seguridad para encarar que puede llega a tener la persona que tenga ese pito. Y si fuese posible de conocer dicha relación no sería una mujer quién analizase ese dilema.

Nota al pie: Usé veinte veces la palabra pito. Las conté.


jueves, 28 de marzo de 2013

La Tangente.


Ayer me pasó algo muy extraño. Yo diría que hasta un poco perturbador. Estaba en terapia hablando con mi psicóloga (con quién más sino) de como, gracias a que mis padres de pequeña me convencieron de que era una vaga que nunca iba a llegar a ningún lado, me convertí en una control freak que no puede manejar su ansiedad, lidiar con el fracaso ni superar su incansable necesidad de satisfacer todas las expectativas ajenas…Esperen. ¿A que iba todo esto? Me perdí. Ah, sí. A lo extraño y perturbador que me pasó ayer. Bueno, estaba hablando con mi psicóloga de la vida en general y en un momento  de la conversación yo digo lo siguiente:

-Parece joda pero no lo es. -
-Ajá. ¿Pero con esto que querés decir? ¿Crees que hay un momento en el que vas a tener que madurar y aprender a ponerte límites?-
-Mirá, justo el otro día hablaba con una amiga de esto.  Tengo 22 años y estoy por terminar una carrera, trabajo…-
- 23 -
-¿Cómo?-
-23….Eh, la ficha dice que tenés 23.-
-Tengo 23-
- Sí, tenés 23-
-O sea que este año cumplo 24.-
-Y sí. Generalmente después del 23 viene el 24.-

Y ahí se me vino el mundo abajo ¡A ver, gente! ¡A – VER! Hoy tengo 23. En un mes y medio voy a tener 24. En cinco meses 38. Después 52, seguido a eso 65 y cuando me quiera dar cuenta voy a tener 92 años, voy a estar encerrada en un asilo público, porque no voy a tener hijos ni nietos que me cuiden y si los tengo seguro que no me voy a haber hablado con ellos desde hace años, y una enfermera gorda me va a estar dando de comer papilla en la boca y se me va a caer por la comisura de los labios porque voy a estar muy vieja como para masticar la comida y la pobre mujer me va a tener que limpiar toda la pera llena de comida procesada y babeada. ¡Me estafaron, loco! Alguien me cag# un año. De pronto soy una veinticuatroañera fracasada que no terminó la facultad, labura gratis y vive con los padres, quienes todavía le dicen “bebucha”.  Es inevitable que, cuando uno se encuentra en estas circunstancias, se replantee un poco su vida y se ponga a pensar en todas esas cosas que quería hacer y que, aunque tuvo tiempo para hacerlas, no sabe por qué nunca las hizo. De pronto todas esas horas que pasaste mirando Casi Ángeles (¡Yo no, eh! Estoy dando un ejemplo….Sí, claro…) y probándote ropa frente al espejo parecen una pérdida de tiempo, visto y considerando que la vida se te fue, ya tenés 92 años y te estas pudriendo en un geriátrico. (No perdamos de vista eso, por favor.)
Si analizamos el tema edad objetivamente podemos ver que ésta lo único que hace es marcar el paso del tiempo y éste, a su vez, es una mera construcción social cuyo valor reside solo en la importancia que nosotros le damos. Mirándolo subjetivamente, el cul# se me cae, las tet@s ya no me van a crecer más, la sociedad espera que sea una ciudadana activa, cosa de la que no soy capaz, y las pendej@s de 16 vienen cada vez más atorrantas y esa es mi nueva competencia. Entonces, eliminemos la mirada subjetiva y analicemos la objetiva que es un poco más esperanzadora. 
Siguiendo esta línea de pensamiento lo que más debería de preocuparnos, por lo menos a los que no somos conformistas, es el vernos insertados en un tubo de plástico transparente, como de película futurista, que nos lleva del jardín al colegio, del colegio a la secundaria, de la secundaria a la facultad, de la facultad al trabajo y del trabajo a la muerte. Así es como nos muestran la vida. Así es como la compramos. No nos queda otra, ¿no? ¡ERROR! Un querido amigo mío con aires de filósofo de cotillón (Sí, me robé el apodo, ¿y qué?) me habló de otra opción, otra forma de encarar la vida. Le llama “La Tangente” (cuando lean “La Tangente” imagínensela arriba de una nube bien blanca y esponjosa, con tenues rayos de sol asomándose por detrás y minitas cantando a coro un “ahhhhhh” muy agudo). Al parecer la cosa funciona más o menos así: la vida es como un vasito Starbucks. Es redonda, como una galleta. También puede ser como una teta. Sí, es una teta. El punto es que todo se da en forma de un circuito infinito que se retroalimenta. ¿Cómo es esto? Te levantás, tomás el bondi y vas a laburar de las 9 de la matina a las 6 de la tarde. Volvés a tu casa, te calzas los cortos, haces huev# un rato y después te bañas. Descongelas algo, comés, miras un rato la tele y te vas a dormir ¿Para qué? Para levantarte al otro día y hacer exactamente lo mismo toda la semana. Después viene el finde. Dormis, mirás la tele, jugás a la play, te juntas con tus amigos, salís, volvés roto y morís en el sillón con los lompas por las rodillas y con la cabeza apoyada en tu propio vomito. Llega el domingo. Te despertás a las dos de la tarde, limpiás el vomito, te bañás, mirás la tele, descongelás algo, comés, mirás un rato más la tele y te vas a dormir ¿Para qué? Para levantarte al otro día y hacer exactamente lo mismo que hiciste el lunes pasado y así por los siglos de los siglos. Amén. Cuando te querés dar cuenta tenés 60 años, estas por jubilarte, tus hijos ya no te dan bola, tu mujer no te quiere c#ger más, tenés hemorroides y te estás muriendo con todas las arterias del corazón tapadas. Y te preguntas: ¿Soy feliz? No. Entonces, ¿por qué hice las cosas así? No sé. Probablemente porque pensaste que era la única forma de vivir. Necesitabas encontrar algo y en el proceso te alienaste.
Ahora bien, esto no tiene por qué ser así. No todos tienen esta vida. Hay quienes viven en la tangente. ¿Qué es esto? La tangente es la cucharita de madera que se usa para revolver el café de los vasitos de Starbucks. Como se puede ver en el gráfico n°1, la tangente tiene un punto de salida, al que llamaremos A, y un punto de llegada, al que llamaremos B. La misma corre de forma transversal al vaso apenas tocándolo con su vértice izquierdo. Las personas que viven sobre la tangente tienen una vida muy diferente. Bastante ajena a la idea de rutina, horarios, responsabilidades, planificación familiar, moral, preocupaciones, interés por el prójimo, etc. Levemente rozan el estilo de vida de los simples mortales porque, bueno, de algo tienen que vivir pero su día a día transcurre de forma totalmente paralela a la del resto de la humanidad. Entonces, estas personas van por la tangente como si esta fuese un pequeño trencito de la alegría del que nadie se quiere bajar. ¿Pero qué sucede? A diferencia de la vida normal, la tangente no se retroalimenta. Como dijimos antes, tiene un principio (A) y un fin (B). ¿Y qué hacer cuando se llega a eso? Mi amigo propone un reviente de dos días seguidos y después suicidio masivo. Estamos todos invitados. Es eso o  cuando te quieras dar cuenta, vas a tener 60 años, no vas a poder jubilarte porque no tuviste un put# laburo en blanco en toda tu vida, tus hijos ya no te van a dar bola, tu mujer no te va a querer c#ger másvas a tener hemorroides y te vas a estar muriendo con todas las arterias del corazón tapadas. Y cuando te encuentres en esa situación de mierd@ te preguntarás: ¿Soy feliz? No. Entonces, ¿por qué hice las cosas así? No sé.  Probablemente porque pensaste que era la única forma de vivir. Necesitabas escapar de todo y en el proceso te alienaste. 
Al final parece más o menos lo mismo, ¿no? Supongo que entonces nadie tiene la vida resuelta.

jueves, 21 de marzo de 2013

Atada de manos.



Las tiras le aprietan demasiado las muñecas. ¿De qué son? ¿De plástico o de alambre caliente? Le están quemando la piel. Tira y tira para soltarse. Ya le duele el cuello por hacer tanta fuerza. No soporta estar así, inmóvil. ¿No saben que no se puede quedar quieta? No lo tolera. Quiere romper todo. Que nadie se le acerque porque los va a matar con la mirada. Cree que puede derretirles el cerebro. No, mentira. Sabe que no. Pero le encantaría poder hacerlo. ¿Cuál es la raíz de su odio? No está cien por ciento segura. Le nace de adentro. Todo empezó el día en que se le safó el último tornillo. No sabe cuándo y mucho menos dónde. Si así fuese volvería a buscarlo. Pensar en eso la hace reír. Fue tan estúpido todo. Tan claro e impredecible a la vez. Con los bracitos atados no puede hacer nada pero se imagina a sí misma golpeándose la frente con la palma de la mano abierta como diciendo: ¡Era tan obvio! Y sí, lo era ¡¿Cómo no se dio cuenta?! ¡Estaba cantado! ¡Cantado, cantado, cantado, cantadoooooooaaaaaaaaahhhhhhhh! Se empieza a zarandear  de un lado a otro y a darse la cabeza contra la almohada que, ahora nota, está hecha de piedra. Tal es el sacudón que da que la cama se levanta en el aire. ¡¿Qué alguien le pegue así se calma?! Ahhh, ¿Qué? ¿No se puede? Parece que no. Una mujer entra a la habitación y le pide que se calme. Ella grita un poco más y después para. ¿Por qué esta persona asume que ella va a hacer lo que le pida cuando ni siquiera logra hacer lo que ella misma se propone? Últimamente es como si cada parte de su metro cincuenta de cuerpo tuviera vida propia. Antes de los ansiolíticos a veces se sorprendía rascándose la nuca con violencia hasta arrancarse un par de pelos y hacerse sangrar. Lo que le extrañaba era que no recordaba haberle ordenado a su mano hacer eso. Tampoco le parecía que le picara como para que ésta se ofreciera voluntariamente a rascar. Después tenía esta cosa de hacer ruiditos con la boca. Eran como chasquidos o más bien chistidos. Muy extraño, muy molesto. Ya a lo último le temblaba tanto el cuerpo que le era imposible sostener una taza de café. El diario de la mañana terminaba todo enchastrado y era imposible de leer. Pero ahora ya está. Se le pasó. Es una persona feliz y funcional. No, eso también es mentira. O sea, sigue igual. Pero en realidad no es tan terrible. Lo que ella dice es que quiere morir y eso de seguro va a pasar, tarde o temprano. Si se lo piensa de esta forma podemos concluir en que ella está mejor que todos nosotros, negados a perecer. Por lo menos la tiene más clara ¿Después quién es el loco? ¡¿Eh?!
Vuelve a entrar alguien al cuarto. A este sí lo conoce. ¿Pero qué hace acá tan temprano? ¿O  es más tarde de lo que ella cree? Se ve que sí. El tiempo vuela cuando se está desquiciado. Él le dice que le va a soltar las trabas si ella promete no empezar a desnudarse como hace siempre. Eso fue, como mucho, una o dos veces. Quizás tres. ¡Y lo hizo solo como una broma! No es una loca. Termina de pensar eso y se empieza a reír. Él la suelta y ella mueve las muñecas en circulo para confirmar que todavía tiene aunque sea un mínimo control sobre ellas. Él le alcanza un vaso con agua y dos pastillas blancas. ¡Síííííí! ¡Su momento preferido del día! Antes, cuando era un ser humano decente que podía vivir en sociedad y usar ropa interior, el momento que más disfrutaba era el viaje de vuelta del trabajo. Le encantaba, siempre, desde chica, viajar en colectivo por la capital. El silbido del motor, el traqueteo de las ruedas sobre las calles de adoquines, ir escuchando música con los auriculares, mirar por la ventanilla como el sol bajaba sobre el Riachuelo, todo eso la calmaba. No sabemos cómo pero ella podía ver lo hermoso de todo eso. Ahora su momento favorito del día es otro pero le gusta más o menos por los mismos motivos. La calma. Aunque ya no sabe distinguir lo bello de lo macabro de las cosas.
 Termina de tomarse el agua y abre la boca para que el tipo este vea que realmente se trago todas, todas las pastillas. Él le sonríe y le dice que tiene una buena noticia. Ella piensa que, honestamente, tiene que estar equivocado pero él le dice que sí, que tiene una buena noticia pero ella tiene que prometer que se va a portar bien. Que no va a hacer lo mismo que hizo la última vez. Y le vuelve a preguntar si ella entiende que eso estuvo mal. ¡¿A caso nadie lo va a dejar ir jamás?! ¡Fue un put# chiste! ¿No quieren que se quede más en bol@s?! ¡Entonces dejenla usar un put# corpiño, por el amor de Dios!.... Todo eso queda adentro. De la boca para afuera ella es todo sí, sí, sí y se levanta de la cama de un salto. Salen juntos por el pasillo y van directo hacia el parque. El sol la toca, el viento la acaricia. Siente el olor al pasto crecido. Antes no se hubiera animado a caminar por ahí pero ahora es uno de los pocos indicios que tiene de que el mundo sigue andando. Va por el caminito de cemento roto y el cuidador se queda atrás para soltarle un poco las riendas. Ella sigue caminando con los ojos abiertos y de pronto se detiene. Los abre y mira a su alrededor. Todos los locos están sueltos. Se da vuelta sobre su eje y ve a los enfermeros ahí, medio a lo lejos. Respira hondo. Quiere disfrutar ese aire. Se queda unos segundos quieta. Es todo calma, paz, silencio. El mundo está en equilibrio….Hay que romperlo. En dos segundos se baja los pantalones y zarandea su traste desnudo al grito de ¡¿Quieren todo esto?! ¿Todooooo estoooo?!
Pasan quince minutos y ya está de vuelta en la cama, atada y sedada. Queda confirmado. Perdió la cordura. Es hora de centrarse en su eje. Dejarse de pavadas. Necesita mejorar. Quiere curarse. Entonces, ¿qué es lo que va a hacer la próxima vez que la dejen salir? ¡Exactamente lo mismo! Ya lo dijo Alberto: locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando resultados distintos.


Imagen: http://bit.ly/11MsdtD