miércoles, 19 de septiembre de 2012

El destino, la casualidad y bla, bla, bla....





Nací el 14 de mayo de 1989. Hablando de coincidencias, el destino y toda la mar en coche, llegué a este mundo el mismo día que el pueblo argentino eligió por primera vez a Carlos Primero de Anillaco. Las señales estaban por todos lados y nadie las vio. Para ser exactos nací a la una del mediodía después de nueve horitas de parto. Complicada hasta para nacer la mina. Con mi fecha y hora en mano una amiga me contó que soy de Tauro con ascendente en Leo. ¿Qué tal, eh? ¡Chupate esa mandarina! Cuando le pregunté a mi amiga qué quería decir ese incesto zoológico me dijo que significa que soy especial. Sus palabras textuales fueron “Hay mucho carácter ahí”. Eso es tener clase y cintura para salir del embrollo. Muy finas palabras para decir que soy una histérica hincha pelotas.
El cruce de sucesos que tuvieron lugar en mi nacimiento me llevó a pensar en la dicotomía entre destino y coincidencia. ¿Qué es lo que hace que las cosas pasen de la forma en que pasan? ¿Habrá sido el destino el que me retuvo casi medio día  contra mi voluntad en el útero de mi vieja para que yo nazca con esa combinación tan jodida de astros y así poderse lavar las manos de mí? Es como si le hubiera pasado la bola a la astrología. Algo así como: Ahhh, no sé, querida. ¡La mina es de Tauro ascendente en Leo!  ¡Tema tuyo! ¿O en lugar del destino habrá actuado la casualidad?
Este es un tema tomado siempre muy a la ligera. Subyace en la sociedad el principio básico de que hay algo ahí afuera que dirige nuestras vidas pero nadie se pregunta cómo y  por qué lo hace ni cuándo va a dejar de jodernos la existencia. Muchos hablan pero nadie se puso a pensar en lo que implica. Qué estructuras mentales internalizadas se ponen en juego.  Por eso me enferma cuando la gente, en un patético intento por congraciarse con la vida, empiezan con pavadas como “Ay, sí, cuando te toca te toca. Es el destino”. Además de ser una patada en los testículos de la literatura universal, esta frase es una mentira que alimenta fantasías pseudoinfantiles que nos dicen que hay algo místico e intangible que afecta nuestras vidas y que hay que tenerle miedo porque en cuanto te das la vuelta te la manda a guardar. En ese sentido a mí me hace acordar a Dios, el amor y Papá Noel.
 Peores son los espiritualistas neófitos que están en toda esta movida new age facebookera y postean frases tales como: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos”. Bueno, que alguien le avise que a mí me cagaron el ancho de espadas. Me fijé y en la cajita no está. Y después tenemos al ama y señora de los lugares comunes: “El destino es la ayuda que recibimos cuando hacemos que las cosas pasen”. Quiero que el caradura que escribió esta frase dé ya la cara. ¿Qué se supone que signifique eso? ¡¿Eh?!  ¿Por qué el ser humano se empeña en sostener esa mentira de que si uno trata las cosas suceden? ¡No es verdad! Uno sale ahí, a la vida, se expone, corre el riesgo de quedar como un boludo ¿y para qué? Justamente para eso. Para quedar como un boludo. Si el destino es el que nos ayuda cuando la laburamos me parece que yo estoy fuera de su zona de cobertura. O en realidad está muy ocupado ayudando a los hijos de un volquete de mujeres fáciles que se empeñan en joderme la vida.
Tengo una historia para contarles. Llamo a su capacidad de reflexión para determinar qué fenómenos del mundo metafísico infra espiritual y cósmico intervinieron en este episodio. La identidad de los protagonistas va a permanecer oculta para preservar la salud mental e integridad moral de los mismos. Situación: una chica en su casa frente a la computadora. Un chico en su casa frente a la computadora. Son conocidos del ámbito académico. Charlita va charlita viene se enteran que la vida ya los había cruzado una vez hace varios años en un contexto totalmente distinto. Ella había perdido unos documentos en un local de una ciudad costera (no voy a decir que esa ciudad era San Bernardo y que el local era un kiosko porque sería dar mucha información).  Él estaba trabajando temporalmente en ese lugar y fue él el que encontró los objetos extraviados. Le habló para devolvérselos y por esas cosas de la vida no fueran ellos quienes concretaron la transacción del material. Tres años después se conocieron, se gustaron y salieron. ¿Destino o casualidad?
Muy linda historia, ¿no? Escrita para una película de Drew Barrymore y Ben Affleck. Sí, cuando me la contaron a mí tampoco me cupo duda (¿cupo o cavió? ¿O es cavó?). Uno lee algo como esto y dice “Es el destino, mierda carajo. Estaban hechos el uno para el otro”. ¿Y habrá sido destino o casualidad que el pibe resultase ser un hijo de madre que vende su cuerpo por dinero como todos los demás y que le haya jodido la vida y la cabeza?[1] ¿O será que ahí el destino lo estaba ayudando a él porque el destino también es hombre y por ende un forro misógino? ¿Y cuál de estos dos fenómenos nos convirtieron a nosotras, las mujeres, en perras frías y  escépticas y nos enseñaron a no esperar más nada de nadie?


[1] Sé que se quedaron con ganas de conocer el final de la historia del chico y la chica y el documento y  bla, bla, bla, pero no puedo hacer más declaraciones respecto al tema. Tengo las manos atadas. ¡Es mi última palabra, he dicho!

martes, 11 de septiembre de 2012

El amor que nos imaginamos.


Tengo una amiga que está mal. Muy mal. Juro que es una amiga real. Esteeee… pongámosle que se llama Marta. Sí sí, Marta. Bueno, Marta anda mal. Como con las emociones a flor de piel. Llora todo el tiempo. Yo le quiero dar un Alplax para que se relaje un poco  pero ella se resiste a los avances de la medicina en materia de felicidad. Tan mal está que hace unas semanas me llamó un domingo a la una de la mañana para decirme que tuvo una revelación, una epifanía. Se vio representada (palabras textuales) en una película de Julia Roberts. Sí sí, Julia Roberts. La mina hace el papel de una escritora que deja al marido, se va a vivir a Europa para estudiar italiano y se convierte en monja, o algo así. Yo le pregunté a Marta con qué carajo se sintió identificada porque ella no es escritora sino que trabaja en un call – center, nunca estuvo ni estará cerca de casarse, jamás se fue más lejos que a Chascomús un fin de semana y eso de volverse monja, bueno, ese tren ya pasó hace tiempo. Igual creo que la parte de la monja la agregué yo. No importa. El punto es que yo la conozco a mi amiga. Debía tener los ojos llenos de lágrimas. Seguro apenas pudo terminar de ver la película. Me pregunto en qué momento se volvió tan inestable, tan patética, tan deprimente. Quizás fue después del cuarto hijo de una grandísima madre que le dijo que iba a dejar a la novia y no lo hizo. No sé, pero últimamente le pasa mucho esto de llorar porque sí. Especialmente con las publicidades de papel higiénico y con los realytis. Ya sea que un obeso baje ocho kilos viviendo a alfalfa  o que un perrito corra con un rollo de papel en la boca por la pradera, ella se pone a llorar. El punto es que está mal. Claramente está atravesando un momento jodido. Más bien veintitrés años así. Y lo que más le preocupa es que dentro de no mucho tiempo se le va a terminar de caer todo, le van a salir arrugas en lugares insólitos ¿y cuáles van a ser sus chances ahí? Y todo esto solo por ver una película. Ahora bien, el punto es que la experiencia de Mirta se ve bastante seguido. Incluso yo, que soy una persona muy estable y centrada, me encuentro de vez en cuando atrapada en una trama fílmica que me hace decir “¡La puta madre! ¡Esa loca de mierda soy yo!”.  ¿Alguna vez te pasó eso? Entonces estás tan al horno como yo. Esto me llevó a preguntarme por qué proyectamos nuestras frustraciones en mundos de existencia irreal surgidos de la creatividad de una mente aún más trastornada que la nuestra. Lo que es más importante (o preocupante, no sé): ¿Por qué esto nos consuela? ¿Por qué al ver a un personaje pseudopsicópata nos sentimos identificados y entonces pensamos que no somos los únicos que pasamos por esas cosas? ¿Qué es lo que hace que nos olvidemos de su inmaterialidad? ¿Es que estamos mal de la cabeza? Sí, claramente eso tiene algo que ver. Pero además de eso, ¿Cuál es el problema?  
¿Alguna vez vieron Les amours imaginaires? Bueno, si no lo hicieron, les recomiendo que lo hagan. AVISO: cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. Brevemente, los personajes centrales son una obsesiva compulsiva, un gay y un lascivo calienta pavas que le gusta dársela de open mind, free love y toda esa mierda post – modernista. La trama versa sobre el triangulo amoroso inventado en las cabezas de los dos primeros y como el tercero deja pagando a ambos dos más calientes y más locos que antes. ¡Upa! La historia de mi vida. ¿Qué es lo que más me gusta de esta historia, además de estar basada en mis memorias? Que creo que  nunca vi película que narre mejor la neurosis imaginativa que nos despierta el conocer a alguien. Neurosis que nunca hubiese sido posible sin que antes se combinasen la soledad, la calentura y la desesperación. Porque lo que en realidad nos pasa no es que esa persona que conocemos nos gusta, sino que nos enamoramos. Es más, nos volvemos obsesivos para con esa persona. Psicópata Americano reloaded. O por lo menos eso creemos. Empezamos un trabajo fino de seguimiento, nos aferramos a pequeños detalles, pequeño gestos insignificantes,  y creemos ver señales en cada cosa que el otro hace. ¡Para! No me mires con esa cara de “¿De qué estás hablando Willys?” ¡No mientas! Sé que alguna vez lo hiciste. Siempre creemos que los actos connotan más de lo que denotan, valga la redundancia, y nos aferramos a eso para no reconocernos a nosotros mismos que, bueno, básicamente que nadie nos da ni la hora. Inventamos relaciones a partir de un fugaz contacto visual a la distancia o del tema indicado subido al muro indicado pero que en realidad es para la persona errónea sabiendo que ese tipo de cosas tienen la estabilidad de  un castillo de cartas. Cuando todo termina mal antes de siquiera empezar  te enojas, puteas y te sentís morir. Pero en realidad no es que estuvieras enamorado. Te encanta el drama. Y cuando la vida se empeña en hacerte caer en la monotonía de la rutina, siempre encontrás la manera de sacudir un poco las cosas para no aburrirte. Somos adictos al desamor. Por eso las comedias baratas de Hugh Grant funcionan tan bien. A mi amiga Miriam le encantan. A mí me dan ganas de pegarle en la nariz.
 Yo por mi parte no creo en el amor. Nunca lo vi actuar en el mundo atómico. “Ojos que no ven, corazón que no siente” puede tener más de un significado. Igual no sientan lástima. Lo único que me falta es que ustedes tengan pena por mí. No se la crean porque tuvieron alguna noviecita en la adolescencia que les escribía cartas. Miren a su alrededor y piensen. Si en este preciso momento no tienen nada mejor que hacer que leer mi blog no pueden estar mucho mejor que yo. En lo que sí creo es que más que convencernos de que nos enamoramos de alguien lo que hacemos es  convencernos de que tal cosa como el amor existe. En realidad lo único que existe es la soledad y la obsesión y cuando estas se juntan pasan cosas tremendas. Entonces, nos obligamos a encasillar eso que sentimos en alguna categoría. Les tenemos que dar un nombre a esas cosas tremendas para controlarlas. Es lo que hacemos con todo en la vida. Le ponemos una etiqueta. Ahí entra en juego el inconsciente, que es más consciente e inteligente que nosotros y que hace pasar la liberación de hormonas que produce nuestro cerebro al encontrarse con una pareja sexualmente potable, esto es, la cachondez, con otra cosa que se parece un poco a  lo que nos dijeron que el amor tiene que ser. Y así  vamos por la vida, caminando sobre nubes de algodón, en nuestro propio mundo virtual en el que creemos que en algún momento vamos a conocer a alguien que nos va a deslumbrar y todos nuestros problemas se van a  resolver y no vamos a morir solos. No veo la diferencia entre creer en esto y los elefantes blancos. Andamos atrás de algo que no existe y podemos pasarnos todo la vida buscando. Por eso nos metemos tanto en las tramas de 8 mm. Porque ahí el amor toma forma, supera todas las vicisitudes y triunfa ante todo. Pero en realidad no existe tal cosa como el amor porque, discúlpenme, pero si eso que veo a las personas padecer día a día es la épica promesa del amor, es una mierda. Gracias por la oferta pero paso.
Bueno, esta es mi teoría y me apego a ella. Espero que les haya gustado, que les haya levantado un poco el ánimo. Estoy acá para entretenerlos. A mi amiga Magdalena no la convence mucho lo que digo. Sigue esperando al príncipe azul y llorando con Cuestión de Peso. Yo le digo que espere sentada. Mientras tengo un blog que puede leer.


Imagen: "Les amours imaginaires" (de Xavier Dolan)




miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cuestiones de género.


Acabemos ya con los mitos que rodean al género femenino. Basta de mentiras. Las minas estamos locas. Digamoslo de una vez. Si te calza el sombrero, ponetelo. Somos histéricas y no hay vuelta que darle. Como los hombres tienen la facilidad de estacionar en tres maniobras y de prender el fuego para el asado, nosotras somos buenas obsesionándonos con las cosas e hinchando las pelotas. Es como un deporte ya. Nuestra misión en la vida es acecharlos escondidas entre los yuyos y cuando están distraídos saltarles a la yugular y casarlos (si si, casarlos con S de caSamiento y de pSicópata). La verdad es que damos un poco de miedo. Ahora bien, suponer que estas cualidades, que si se las mira de lejos pueden resultar un tanto simpáticas y hacernos más queribles, son algo innato de nuestro sexo, como si estuviese metido en nuestro ADN, es una lectura muy simplificadora de la cuestión. ¿Quieren saber porque somos lo que somos? ¿Neuróticas, fantasiosas, inestables y desesperadas? Porque nuestro primer juguete fue un bebote al que le teníamos que dar de comer y cambiarle los pañales. Por eso. ¿Cómo? Si si, como leyeron. Déjenme que me explique. Mientras los hombres jugaban con tecnología de punta como espadas con luces de colores o lavaderos de autos que largaban espumita y todo, a nosotras nos sentaban en el patio con una plancha de plástico rosa y nos ponían a laburar como negras para un esposo y tres hijos imaginarios. Desde temprana edad nos meten en la cabeza no tanto la idea de la mujer que cuida a su familia, sino más bien la idea de familia misma. Desde los inicios mismos de la humanidad, nuestra función social fue unida a la biológica. La mujer fue entrenada para cumplir el rol de perpetuadora de la especia. Rol que debe desarrollar en un período no mayor a los treinta años. Nuestra vida es definida en términos de “Incubar o morir”. Pero ahora los hombres están en locos, se hacen los difíciles, ¿y qué se supone que hagamos nosotras? ¡¿Eh?! ¿Tirar todos estos años de enseñanza a la basura? ¿Cómo podemos superar estos esquemas mentales inculcados nada más y nada menos que por la sociedad misma que por más de treinta mil años nos viene diciendo que el reloj biológico nos hace tic tac y que si para los treinta no conseguimos un tipo somos desperdicio del sistema y vamos a terminar tomando Rivotril, vistiendo una bata rosa llena de pelos de gato y mirando María, la del barrio? Mirá lo que el mundo nos hizo, ¿y todavía pretenden que seamos funcionales? Frente a esto hay dos opciones: una es revelarse y decirle no al status quo. La otra es aceptar que las cosas son como son y meter la cabeza en el horno para terminar de una vez por todas con esto.
 Algunas optamos por la primera. En realidad es un estadío de desesperación y necesidad de contacto humano constante disfrazado de feminismo, independencia y promiscuidad, pero mezclado con alcohol funciona bastante bien. Somos muchas las que optamos por el camino de la independencia y la libidinosidad pero, como todo en la vida, tiene su contracara. Una contracara un tanto irónica. O sea, nos salió el tiro por la culata. En la búsqueda de la independencia cometimos un grave error. Cedimos al hombre el poder, la posibilidad de decir que no. El problema es que si bien perdimos el control, no el buen gusto. Entonces seguimos sin conformarnos con  cualquiera y por eso terminamos todas las noches volviéndonos a casa solas. En esta tendencia nueva de liberación sexual y de todos contra todos los hombres tiene una oferta nunca antes vista de mujeres intentando demostrar que pueden ser tan inmorales y descorazonados como ellos y otras tantas que luchan contra conflictos paternales no resueltos. Esto es: hay mucha mina suelta y regalada. Haciendo uso del gran recurso literario que es la analogía, si vos vas a un tenedor libre, ¿Qué haces? ¿Te pegas un atracón con cinco platos de pastas o comes un poco de pollo, otro poco de carne asada y una cazuelita de mariscos? A los hombres no les importa que el plato de pastas sea un ñoqui tricolor con salsa de autor y que el pescado esté rancio. Ellos les entran por igual.  Las mujeres somos más exigentes. Entonces volverse a casa acompañada es hoy una odisea. Un prospecto relativamente potable tiene la posibilidad de elegir a casi cualquier espécimen femenino del lugar y él lo sabe y como él tiene el poder, va a ser él el que va a elegir. Muy poco probable es que se lleve a todas las minas del boliche. Menos probable aún es que vos estés dentro de ese grupo. Perdón, pero así es la vida. A las mujeres inteligentes nos toca la soledad. Es karma. Y si encima buscas, justamente, un pibe con cerebro, y de esos sí que no sé si quedan, estás destinada a gastar mucha plata en pilas para superar largas noches de soledad.
En síntesis, mientras los hombres se pueden volver con lo que sea, nosotras tenemos que volvernos no solo con alguien al que le gustemos, sino que también nos guste a nosotras. Y como yo soy muy indecisa elijo volverme sola. Si, es mi elección (esa es mi historia y la voy a mantener). ¿Qué saqué en limpio de todo esto? Que me equivoqué de bando. Lo que queda es abrir el paso del gas, meter la cabeza en el horno y acabar de una vez por todas con esto.


Imagen: "Mona Lisa Smile" (de Mike Newell)

sábado, 1 de septiembre de 2012

Venimos con la banda: Micro - crónica de un Party Bus.






 Una noche bastante extraña, si se me permite decir. ¿Se me permite decir? La ola polar había vuelto a Buenos Aires y cualquiera podía verla colarse entre los edificios de la siempre fina Palermo. Hacía tanto frío que algunos pensarían que no valía la pena pero estarían equivocados. ¿No saben de qué estoy hablando? Esperen. Denme tiempo. Ya van a entender.

 La gente se concentra en Plaza Armenia. De ahí sale el Party Bus: un viejo micro escolar que pierde los tornillos a medida que avanza por la calle. Puede que no tenga glamour, pero así es el rockanroll. Sucio, desprolijo, épico, romántico. El destino es San Miguel. Toda una aventura. Por empezar el chofer no sabe el camino y al parecer tampoco como pasar los cambios. El leitmotiv del viaje es un compilado de diez temas ochentosos que salta al compás tanto del empedrado de la ciudad como de los pozos del conurbano. Lo mejor de dos mundos.  Dentro del Party Bus hay un poco de todo. Amigos, novias, fernet, hasta una criatura de no más de ocho años. Todos saben que ya se habían visto las caras alguna vez en la vida aunque quizás nunca se hablaron. También hay mucha parejita. Gracias por recordarnos lo que es la soledad. Falta un tal Lospennato. La gente parece extrañarlo porque no dejan de nombrarlo. Esperemos que no sea yeta.
Dos horas después la gentuza arriba a la Ciudad de San Miguel. Entran al bar y sé que varios sienten algo de miedo. Algunos toman su shoot de gelatina con vodka para superar el susto inicial. Verlos intentar tomar  eso resulta bastante gracioso. Despierta la imaginación de cualquiera. Algún distraído va a terminar de espalda al sopi. Después de un rato el DJ residente, que repuntó con su repertorio, corta la música. Van a empezar a tocar. Ahora que sumaron los teclados se podría decir que son toda una banda de las ligas mayores. Un medio los nombró los sucesores de The Killers. A algunos parece que no les convención el calificativo. Supongo que nadie quiere parecerse a otra cosa. Se trabaja mucho para ser único y, si se me permite dar una humilde opinión,  ellos no se parecen a nada. Igual cualquier publicidad es buena publicidad y estos chicos la están recibiendo. Basta verlos salir al escenario para entender por qué.
 Volvamos a nuestro relato. El Party Bus está en un bar en San Miguel listo para ver a los Tensixties. Un mimo sale a escena y hace un show de apertura. La batería y los teclados ya están en sus lugares. Puño en alto. Que la fuerza los acompañe. Todo viene bien hasta que alguien del público se violenta y revolea una cerveza al escenario. Claramente estamos lejos de casa.  Igual la banda sigue en la suya, cada uno metido en su papel. Moraleja: A la gilada se la mira desde arriba. El mimo termina su performance y bajan el resto de los chicos disfrazados de “Maravilla” Martinez meets Memorias de una Geisha. Entran a cara pintada y en silencio. Toda una producción. Empiezan a tocar “It burns” y los que están con la banda entran en combustión espontanea. Pero en el bar no había tímidos y, más bien rápido que de a poco, el resto del lugar se empieza a sumar al pogo. Es que ellos son contagiosos. Se te meten por la piel y te hacen mover sin pensarlo. Si no bailas con ellos es que no te corre sangre por las venas. Tienen un algo. No son solo un show. Son una fiesta. No les basta con salir a tocar y pegarle a las notas. Te tienen que hacer gritar, saltar y querer romper todo. Montan un espectáculo para todos los sentidos. Ahí hay mucho tiempo y esfuerzo y eso se ve. Podría decir que son todos unos profesionales pero es un calificativo demasiado serio. No se sabe bien si es un elogio o  un insulto. Ellos ya están más allá de eso.
Cuarto tema y vuelan dos tangas fluorescentes al escenario. Una golpea al sexy bajista y otra al loco de la guitarra. Todavía se está buscando a las dueñas de las mismas. Es entendible. ¿Quién puede resistirse a tanto sex appeal? El cantante baja del escenario. Ya es parte del ritual. Se mezcla con la gente y todo se va al carajo. Es imposible parar de bailar. Suena “Soy yankee”. Los que los siguen saben que se acerca el final. Hay que aprovechar el tiempo que queda.
 Después del show los miembros del Party Bus suben al camarín. Uno de los privilegios de estar con la banda. Pizza, birra y ya sabemos cómo sigue la frase. Ahora bien, cuando toca cargar las cosas en la trafic todos se borran. Ese es el detrás de escena, la parte poco glamorosa. Nadie quiere participar en eso. Les toca hacerlo a los de la banda. Gajes del oficio.
La vuelta a casa es más acogedora. Por lo menos hay calefacción y vidrio en las ventanas. El silencio es casi total. Ambiente ideal para dejarse morir. Algunos van durmiendo. Otros no se puede decir que están haciendo. No sabe, no contesta. La noche terminó. Listo. Lo bueno dura poco. De regreso en Capital City,  los chicos bajan las cosas y se despiden. La gente se dispersa. Algunos seguro llegan a casa con el sol dominguero pero están demasiados echados a perder para notarlo. Listo. Se acabó lo que se daba. Será hasta la próxima.