miércoles, 23 de enero de 2013

El Ardor.




Estoy sentada frente a la computadora. Auriculares puestos. Corre la lista aleatoria sin problemas hasta que suena ese tema y de golpe pasa. Empiezo a sentirlo en los costados de la cara, a la altura de los oídos, y avanza, como un torrente ácido que me quema los pómulos, hasta llegar a la nariz y los ojos para quedarse ahí, concentrado, estancado. Bien en el centro. El ardor se mueve rápido y cada vez quema más el lagrimal. Me lo imagino como un chorro de plasma rojo propulsado por entre las venas de la cara. Me tapo la pera nerviosa (no soy yo la que está nerviosa sino la pera) en un intento por hacer que pare de temblar. Respiro hondo tratando de tragar el nudo que tengo estancado en la garganta pero solo logro que baje hasta el pecho. Es raro. Parece un ovillo de lana peor, en realidad, está hecho de músculos tensados. Tiene sabor a angustia. Me saco los lentes de descanso y me refriego los ojos con los dedos manchados tinta de diario, como si eso formateara el disco rígido de mi cerebro. Quiero arrancármelos. Lo haría ahora mismo si tuviera con qué. Me levanto despacio queriendo pasar desapercibida pero mi torpeza nunca fue buena amiga y los pies se me enredan con el cableado que está atado con alambre debajo del escritorio. Me voy a la mierd@ con teclado y todo y, como era de esperarse, ahora soy el epicentro de un desastre. Todas las cabezas se dan vuelta a mirarme. Podría levantarme como quien no quiere la cosa, arreglarme la pollera, acomodar mis porquerías sobre la mesa y caminar con calma hasta el baño. Pero ahí vuelve el ardor. ¡¿Por qué?! Esta vez no sé si voy a poder controlarlo. Tengo que correr. Me paro como puedo, con la pollera de sombrero, pateo las cosas para un costado y salgo corriendo del salón dejando un surco en el piso. Lo de andar con la frente en alto nunca fue lo mío.

Aire. Necesito aire. Me agarro de los costados del  lavamanos y respiro. Levanto la cabeza y me miro al espejo. ¡Idiota! ¿Qué buscas ahí? Es la misma cara que venís viendo hace años y nunca te trajo una put@ respuesta. ¡¿Podés cortar con el drama, por Dios?! No. No puedo.  Cada vez que lo intento el ardor no me deja. Vuelve a quemarme la cara y apretarme la tráquea. Además estoy cansada de tratar. Tratar de que funcione, tratar de que no. Tratar de encontrar la solución, tratar de dejar de pensar. Tratar de recuperar, tratar de superar. ¡Basta! No quiero tratar más de hacer nada. Quiero que pase y listo. Recorro mis ojeras por el espejo. Me toco los cachetes, las patas de gallo, la frente. ¿Cuándo se volvió tan vieja? También necesito dormir. Aunque sea un poco. Hace días que no hago eso. Algo me quemó la cabeza. No puedo decir ni qué fue ni cuándo pasó pero hubo un momento indefinido en el que los pensamientos se me volvieron una maraña intransitable e irresoluble que lo único que hace es darme dolor de cabeza y me tiene dando vueltas en la cama por la noche, cuando no puedo dormir. Sé que algo se me murió adentro y hace años que se está pudriendo. Quizás es por eso el ardor. Sea lo que sea me desbarató el cuerpo. Tengo serias dudas de que alguna vez vuelva funcionar como se debe. El cuerpo, digo.  

¿Qué es eso? Golpean la puerta del baño. Me vinieron a buscar. De pronto el mundo el exterior se vuelve a materializar y ya no estoy sola con mis arrugas en el espejo. Salgo sonriendo y muevo la cabeza como diciendo "Sí, estoy bárbara. ¿No me vez?". Floto hasta el escritorio, hecha una seda, y me siento frente al monitor. Cierro todo con los ojos deviados hacia el techo y me pongo a hacer algo. Cualquier cosa. Lo que mierd@ sea. Si paro me muero. “El ocio es el padre de todos los vicios” y de muchas de mis b#ludeces. Si dejo de hacer que hago empiezo a pensar. Y entonces, de pronto, las tijeras se ven tentadoras. Podría usarlas para sacarme los ojos haciendo palanca como una cuchara. De seguro eso me haría olvidar del ardor. Y ahí vamos de nuevo. Es que nunca termina. Nunca para. Todo parece estar bien hasta que suspiro y de la nada se me abre un hueco en el pecho. Más bien es como si se me hundiera justo en el medio. Entonces el aire no pasa. Me ahogo. Se me tapan los oídos y aparece el torrente quemándome la nariz. Me mareo y otra vez entro en transe hasta que algo me despierta. Después me olvido y sigo con lo que estaba haciendo hasta que algo mueve todo adentro y arranco de nuevo. Puede ser lo que sea. Cualquier cosa lo puede disparar. Y si las tijeras están siendo usadas cualquier otro útil puede servir. Ejemplo: puedo optar por clavarme dos biromes en los oídos hasta hacerlos sangrar. Todo para no escuchar lo que tengo para pensar. Nunca me sirvieron mis consejos. Entonces, la pregunta es por qué mierd@ me sigo escuchando. Lo único que me queda es seguir pretendiendo. Hacer que nada pasa. Confirmando y reconfirmando que estoy genial. Estas no son de esas mentiras que si uno se las repite hasta el vómito comienza a creerlas pero por lo menos repelen preguntas molestas. No va a quedar otra. Es eso o cortarme las venas con la planilla de Clientes 2012.  Me levanto y preparo un café. Me apoyo contra la mesada, con las piernas cruzadas, mirando hacia la nada misma. Sí. Lo acabo de decidir. Recién. No hace más que unos minutos. Así voy a andar. Muerta de a momentos. Esperando a que vuelva el ardor. Suspirando profundo y controlando las nauseas en el estomago. 

miércoles, 16 de enero de 2013

La verdad de la milanesa.



 Para hoy tenía en mente un posteo totalmente diferente al presente pero hete aquí que ha llegado a mis odios una noticia de la naturaleza más alarmante que no puedo dejar de compartir. Sé que muchos están cansados de mis disertaciones feministas y que me prefieren cuando soy oscura y ando con ganas de cortarme las venas con una galletita de agua pero de vez en cuando una debe dejar de mirarse su ombligo, analizar el panorama que la rodea y, si no le gusta lo que ve, hacer algo al respecto. Creo que he resuelto EL acertijo. He llegado al fondo de la cuestión. ¡He descubierto la verdad de la milanesa! Mujeres  del mundo  que han pasado demasiados sábados repasando en sus cabezas una y otra vez cada relación que tuvieron en un intento desesperado  por entender en qué fallaron para terminar injustamente un sábado en bata mirando comedias románticas clase z y comiéndose un balde de  Chomps entero acá les traigo la respuesta a su pregunta. Ustedes piensan: estoy buena (“Qué se yo. Yo me doy”), soy inteligente  (“más que vos, f#rr# hijo de un container de prostitutas, seguro”*), cero demandante, buena onda y para nada histérica. Entonces, ¿Whyyy, God, whyyy siempre termino calentando banco? La respuesta es la siguiente: justamente eso. Tu error es ser lo que sos. Dicho en otras palabras, al parecer “lo fácil aburre. Si se consigue todo desde el principio, ¿Qué queda para después?”. Y esta declaración, damas y damas, proviene nada más y nada menos que de un hombre. Sí, loco. Nos engañaron como a inocentes colegialas. Es mentira que quieren minas copadas con las que poder hablar de par a par. Buscan la típica vueltera que se hace rogar. Por qué se preguntaran ustedes. Porque son unos estúpidos hijos del rigor. La razón nos diría que el prototipo de mujer ideal sería la combinación equilibrada entre las piernas de Calu Rivero, la cara de Celeste Cid y la moral del Bambino Veira (Bueno, quizás no tanto). Entonces una piensa “¡Me hago las gomas y estoy! Soy la mujer perfecta.” Pero no: A) Bajate del caballo. ¿A quién te comiste? B) Eso que te dijeron es mentira ¡Es todo mentira! El meollo de la cuestión está en que nosotras nos comimos el cuento de la mujer abierta, independiente y par con el  hombre. Pero no es así. ¿Y sabés qué? Esas mujeres siempre terminan muriendo solas y siendo descubiertas después de dos meses por el olor que sienten los vecinos del edificio.  Después de mucha investigación encontré dos posibles teorías de las causas: A) Las minas estamos muy put@s. B) Las mujeres independientes, fuertes y seguras con su sexualidad intimidan. Yo me quedo con la segunda. Creo que nos conviene a todas.

Les traigo un caso de estudio para ejemplificar todo esto: tengo un amigo de esos pocos hombres a los que una mujer realmente puede llamar amigo. Siendo aún "joven", tiene el mejor trabajo del mundo. Tiene lo que en mi barrio se dice “mucha onda”, es divertido y gana a lo bobo al punto tal qué más de una vez  se ha llevado celebridades a casa (no vamos a dar nombres para preservar la intimidad de las involucradas. Además no los sé.). Como todo rockerito no cree en la monogamia y hasta el momento le ha esquivado bastante bien al compromiso. ¿Hasta que qué pasó? Se cruza con una histérica de manual y se le queman todos los papeles. Una manipuladora que lo tiene hace un año ya con idas y venidas constantes, chapes furtivos en boliches y poco sexo. ¿Esto que nos dice? Que si no queremos pasar otro invierno solas abrazadas a la almohada tenemos que cambiar nuestra forma de pensar.  Pero aquí nos encontramos frente a un dilema: ser fieles a nuestros principios o volver a ser las histéricas cerradas y frígidas que una vez supimos ser. Esto es, convertirnos en aquel estereotipo de mujer que rejunta toda la lacra del género y que tantos años luchamos por erradicar de nuestro mapa genético. ¿Tan necesario es el contacto humano, ese falso sentimiento de cariño, para sobrellevar el día a día? ¿Tanto nos urge engañarnos a nosotras mismas para hacer la insoportable levedad del ser más llevadera? ¿Es que acaso pesa más la venganza que nuestras propias conciencia y la vergüenza? ¡SIIIII! ¡YO DIGO QUE SIIIII! Y la que lo niegue no es hermana mía. Basta de entregar antes de la primera salida. No más relaciones abiertas. Esto es a cara  de perro. Sin misericordia. Nunca más responder llamadas clandestinas a las seis de la mañana ni escucharlos hablar de otras minas porque nosotras somos re “open mind” y ellos son “nuestros amigos”. Muchas veces hemos hablado del tan conocido fenómeno de la histeria masculina. Las idas y vueltas del género opuesto nos han puesto los pies de cabeza y han empujado a más de una a las drogas legales. Bueno, yo digo que basta. Nos hemos cansado de ser directas y sinceras y en respuesta a eso recibir si por tal vez, no por si y tal vez por no. Estamos hasta la corinilla (no sé muy bien qué parte del cuerpo es esa pero parece que es una muy alta) de jugarla de buena onda y relajada para después pasar la noche entera esperando que llegue alguien que en realidad nunca pensó en venir. Dejemos de lado nuestras tendencias feministas e independentistas y retomemos el lugar que nos corresponde. Me chupa un huevo la liberación de la mujer y todas las que murieron incendiadas para reivindicar nuestros derechos. Quiero verlos sufrir. Que se revuelquen su propia miseria. Que rueguen. Que vuelvan arrastrándose como cucarachas para poder pisarles la cabecita y escuchar cómo les hace splash el cerebro derramándose toda la bilis blancuzca por el piso mientras zarandean las patitas boca arriba….



Perdón, perdón…No sé qué me agarró. Me dejé llevar un poco pero ahora me tomé un Alplax y estoy bien. Bueno, en conclusión, o ellos empiezan a ser directos o nosotras volvemos a ser vuelteras. Una de dos.



*Sorry por la expresión. Pensé en sacarla porque podía un poco violenta hasta que el put# reprimido en cuestión se mandó otra de sus f#rr@d@s y decidí dejarla :)


miércoles, 9 de enero de 2013

Con conciencia en sangre.



9.30 a.m. 20 cigarrillos rubios. Dos proyectos de seres humanos y una cama. Es impresionante como las cosas cobran perspectivas a la luz del sol resacoso. Es importante, en esos momentos, evitar pensar. Se corre el peligro de sobre analizar el mundo en un intento por comprender el sentido de la vida. Nota mental: ésta no tiene sentido. Básicamente es una mierda. Sería más productivo dejar de buscarlo y dedicarme a coleccionas estampillas o chupetes usados. Entonces ella me dice:
-Somos cualquier-  y exhala humo por la nariz.
-¿De qué me estás hablando?- le pregunto sin apartar la mirada de la pantalla aunque en realidad no estoy mirando nada. O mejor dicho estoy mirando todo a la vez. No sé. Es más, probablemente ni siquiera estemos en la misma habitación y el televisor esté, en realidad, apagado. No sabría decirles.
-¿Nunca te pusiste a pensarlo? – me pregunta. Miles de veces lo hice pero siempre aparté esa idea de mi cabeza. Es fácil. Lo reprimo y mando al mismo lugar donde fueron a parar los asuntos no resueltos con mi viejo y el complejo de patito feo.- Hace mucho que le vengo dando vueltas y me tiene muy mal. Ya paso nuestro tiempo- me dice ella sin hacer caso a mis pensamientos.
-¿Qué tiempo? ¿De qué me está hablando, enferma? ¿Estás drogada?- Siempre me encantó resaltar lo obvio. Se me da muy bien.
-B#lud@, esto es cualquiera. Hoy es cualquiera. Nosotras somos cualquiera.-
-¿Y lo malo de eso es que….?- Sé qué es lo malo de eso. Entiendo que es lo que anda mal en nosotras pero, realmente, ¿les parece que es el mejor momento para hablarlo? ¡¡¡ ¿Realmente?!!!
-Rechazamos lo displacentero. Vivimos el placer instantáneo, del momento. Hoy sí. Después no sé y así vamos. Nos movemos por las pulsiones del disfrute. No es manera de vivir esta.-
- Entiendo. ¿Pero por qué no deberíamos de hacer eso? A mí me suena bastante lógico.- Sé que la respuesta a mi propia pregunta es bastante obvia. La tengo en la punta de la lengua pero no me sale.
-¡Porque no! ¡Porque la vida no es así!- me dijo como si se callera de maduro. Igual su contestación no me convenció.
-¿Y por qué no puede ser así? No es racional inculcarse a resignar lo que se siente bien en pos de aceptar lo que no queremos. Suena antinatural. No somos así. Nosotras sabemos mejor que eso. Es todo muy jodido como para que encima nos juguemos nosotros mismos en contra.-
-Esa es una forma adolescente de pensar. Irracional es no dejar las cosas ir. Eso es lo que hacemos mal. No quiero dejar de ser adolescente. Ya no lo soy y no lo voy a volver a ser. Pero tampoco quiero tener 30. Si a los 30 sigo siendo esto me muero. -, dijo. Esta mujer me deprime.
-Los treinta nos van a encontrar en pantalones de cuero y con un J&B en la mano.-
-¿O sea que vamos a aprender a tomar?-
-Eso espero.-

10.22 am. 11 cigarrillos rubios. Uno está mojado (o el problema está en mis dedos. No sé). Dos proyectos de seres humanos y una cama. El silencio no se cola entre los huecos de nuestros cuerpos inertes. Mientras me rasco una ceja con la mano que sostengo el pucho la escucho pensar en voz alta:
-El problema no es lo que hacemos. Sino que todo pase x eso y que no pase por todo lo que dejamos de hacer. Tenemos que empezar a madurar.- Madurar, ¿qué es eso? Mi vieja y mi psicóloga también usan mucho esa palabra. Llego a casa y la googleo.
-¿Me estas jodiendo? Estamos como queremos. Somos lo que queremos. Tomate un Alplax y relajate.- le digo aunque no la convenzo.
-¿Pero te diste cuenta que nuestras vidas son una serie de sucesos impulsivos de los que después nos arrepentimos solo para volver a cometerlos?-, reflexiona. “Sí”, pienso para adentro. Creo que alguna vez lo noté.
-Piba, la vida de nadie tiene sentido. Si nos ponemos a pensar la vida misma carece de propósito. Solamente estamos por estar.  ¿Querés culpar a alguien? Agarrá a tus viejos y preguntarles por qué te tuvieron. Deberían preguntar primero si uno quiere existir. Teniendo eso en mente para qué sufrir  si de una forma u otra no tiene un por qué.- Esa sí que es  forma de levantarle el ánimo. ¿Por qué no le alcanzas la 22 y listo?
-Sos muy posmoderna para mis oídos.-
-Y vos demasiado freudiana para los míos. Debe ser imposible vivir en tu cabeza.-  
-Lo q quiero decir, no me estas entendiendo, es que es hora de poneros limites. Pasamos la veintena y no tenemos nada ni vamos para ningún lado.-
-Sí. Vamos para el mismo lado q todo el mundo. Al Hades. Además, esto nos parece el mundo pero en realidad no es nada. Es el momento para no ir a ningún lado. Si no “no tenemos” nada ahora, ¿cuándo lo vamos a “no tener”? ¿Me explico?-
-Lo peor es que si….- Me encanta cuando nuestros dos mundos se cruzan.

15 pm. 3 cigarrillos rubios. 1 proyecto de ser humano insomne y una cama que no le estaría sirviendo para nada. Demasiada conciencia de golpe. Mucha información para procesar. ¿Será verdad? ¿Nuestro tiempo ya pasó? ¿Y quién dice que pasó? ¿Dónde se dice qué tiempo es de quien, para quién y cuándo es de ese quién? Y si esto no es vida, ¿dónde nos explican qué lo es? Esto se siente bastante parecido a vivir. O morir, ¿por qué no? Es indistinto. Son como dos lados de la misma cosa. Creo que eso se delimita x lo que nos gusta al paladar y por lo que no. Por la inmediatez del placer que nos da. ¿Cuando pasa tu tiempo? Supongo que cuando eso que ese tiempo te daba te deja de servir. Cuando te despertás sientiéndote moribundo, vacio y asqueado. Una nausea muy a lo Sartre. Cuando sos la segunda opción. Cuando todo eso que te encandilaba te empieza a quemar los ojos y una vez que cicatrizaron te das cuenta que nada de eso tenía brillo propio. Ahí no había sustancia. Cuando se está con el vacio. El vacio y solo eso. Eso y nada más después. Ahí es cuando hay que arrancar los cables que te unen a ese pulmotor oxidado y empezar a ahogarse por sí solo. Pero eso no implica, necesariamente, dejarse morir. Puede ser un nacer de nuevo (y sí, en todo viaje introspectivo llega el momento de los lugares comunes.) Dejar lo podrido, tomar y lo sano y buscar algo nuevo. No es abandonar lo que somos, no es obligarnos a crecer, no es conformarnos con nada. Es buscar el placer el algo nuevo y eso siempre puede ser un viaje de ida.


miércoles, 2 de enero de 2013

Con vivencias.


Le revoleo un plato y lo esquiva por un milímetro. Malditos sus reflejos. Siempre terminamos igual. Se me acerca enfurecida. Sacada. Con la cara desencajada. Creo que me excedí. Se me  viene encima con los brazos abiertos y las manos en forma de garras. Me agarra del cuello y no me suelta. Caemos en el piso y empezamos a revolcarnos en nuestra propia mugre. Pedazos de cerámica, pasta recalentada y mucho rencor. Demasiado. Más de lo que cualquier ser humano puede hacer caber en su cuerpo. Pateamos, arañamos y hasta escupimos todo lo que encontramos entre nosotras en un intento por lastimarnos mutuamente. Ninguna va a ceder y la idea es seguir hasta que alguien termine sangrando. O que pida perdón. Pero sabemos que eso no va a pasar. Hay mucho orgullo herido en este cuarto y eso no se olvida tan fácil. Yo no lo quiero dejar ir. No lo voy a superar.
 Es culpa de los silencios acumulados entre nosotras. Cuando las cosas no se dejan atrás siempre quedan dando vueltas en el pecho hasta que alguna idiotez, como una pila platos sucios que alguien prometió lavar y nunca lo hizo, nos hace vomitarlas. No hay nada peor que llegar al hogar cansada por la rutina laboral para encontrarse con un rostro enojado y un testamento de reproches que nada tienen que ver con nada. Y esos planteos, esas discusiones sobre platos sucios, camas sin hacer y salidas después de la oficina, son pantallas de otras cosas. Cosas de las que nunca se hablan. Ni en la casa ni en ningún lado. Cosas que se rompieron hace tiempo y que ya no se van a arreglar. Esto también pasa cuando hay mucho amor. Aunque eso no es suficiente para que las cosas funcionen. Es más, tiende a empeorar las situaciones. Porque cuando hay amor se siente que también hay derecho de exigir al otro ser lo que no es.
 Ahora ella se levanta. Se arregla la ropa y se va hacia la habitación. Quiere dar un portazo pero la puerta se traba con la alfombra. Entonces la patea en seco. A todos nos gusta un poco el drama. Hasta a los más prolijos. ¿Qué queda por hacer entonces? No mucho. O se hablan esas cosas o se guardan hasta que uno se atraganta con ellas y casi ya no puede respirar. Es entonces cuando alguien explota. Esta vez fue ella. Agarró el bolso, guardó cuatro cosas en él y se fue dando un portazo. No sin antes prometer que nunca más en su vida iba a volver. ¿Y qué hago yo? Nada. Me quedo mirando cómo se va y  empiezo a imaginar la vida sola, la casa sola, las noches solas y la pila de platos sucios que voy a tener cuando llegue el final de la semana.