jueves, 28 de marzo de 2013

La Tangente.


Ayer me pasó algo muy extraño. Yo diría que hasta un poco perturbador. Estaba en terapia hablando con mi psicóloga (con quién más sino) de como, gracias a que mis padres de pequeña me convencieron de que era una vaga que nunca iba a llegar a ningún lado, me convertí en una control freak que no puede manejar su ansiedad, lidiar con el fracaso ni superar su incansable necesidad de satisfacer todas las expectativas ajenas…Esperen. ¿A que iba todo esto? Me perdí. Ah, sí. A lo extraño y perturbador que me pasó ayer. Bueno, estaba hablando con mi psicóloga de la vida en general y en un momento  de la conversación yo digo lo siguiente:

-Parece joda pero no lo es. -
-Ajá. ¿Pero con esto que querés decir? ¿Crees que hay un momento en el que vas a tener que madurar y aprender a ponerte límites?-
-Mirá, justo el otro día hablaba con una amiga de esto.  Tengo 22 años y estoy por terminar una carrera, trabajo…-
- 23 -
-¿Cómo?-
-23….Eh, la ficha dice que tenés 23.-
-Tengo 23-
- Sí, tenés 23-
-O sea que este año cumplo 24.-
-Y sí. Generalmente después del 23 viene el 24.-

Y ahí se me vino el mundo abajo ¡A ver, gente! ¡A – VER! Hoy tengo 23. En un mes y medio voy a tener 24. En cinco meses 38. Después 52, seguido a eso 65 y cuando me quiera dar cuenta voy a tener 92 años, voy a estar encerrada en un asilo público, porque no voy a tener hijos ni nietos que me cuiden y si los tengo seguro que no me voy a haber hablado con ellos desde hace años, y una enfermera gorda me va a estar dando de comer papilla en la boca y se me va a caer por la comisura de los labios porque voy a estar muy vieja como para masticar la comida y la pobre mujer me va a tener que limpiar toda la pera llena de comida procesada y babeada. ¡Me estafaron, loco! Alguien me cag# un año. De pronto soy una veinticuatroañera fracasada que no terminó la facultad, labura gratis y vive con los padres, quienes todavía le dicen “bebucha”.  Es inevitable que, cuando uno se encuentra en estas circunstancias, se replantee un poco su vida y se ponga a pensar en todas esas cosas que quería hacer y que, aunque tuvo tiempo para hacerlas, no sabe por qué nunca las hizo. De pronto todas esas horas que pasaste mirando Casi Ángeles (¡Yo no, eh! Estoy dando un ejemplo….Sí, claro…) y probándote ropa frente al espejo parecen una pérdida de tiempo, visto y considerando que la vida se te fue, ya tenés 92 años y te estas pudriendo en un geriátrico. (No perdamos de vista eso, por favor.)
Si analizamos el tema edad objetivamente podemos ver que ésta lo único que hace es marcar el paso del tiempo y éste, a su vez, es una mera construcción social cuyo valor reside solo en la importancia que nosotros le damos. Mirándolo subjetivamente, el cul# se me cae, las tet@s ya no me van a crecer más, la sociedad espera que sea una ciudadana activa, cosa de la que no soy capaz, y las pendej@s de 16 vienen cada vez más atorrantas y esa es mi nueva competencia. Entonces, eliminemos la mirada subjetiva y analicemos la objetiva que es un poco más esperanzadora. 
Siguiendo esta línea de pensamiento lo que más debería de preocuparnos, por lo menos a los que no somos conformistas, es el vernos insertados en un tubo de plástico transparente, como de película futurista, que nos lleva del jardín al colegio, del colegio a la secundaria, de la secundaria a la facultad, de la facultad al trabajo y del trabajo a la muerte. Así es como nos muestran la vida. Así es como la compramos. No nos queda otra, ¿no? ¡ERROR! Un querido amigo mío con aires de filósofo de cotillón (Sí, me robé el apodo, ¿y qué?) me habló de otra opción, otra forma de encarar la vida. Le llama “La Tangente” (cuando lean “La Tangente” imagínensela arriba de una nube bien blanca y esponjosa, con tenues rayos de sol asomándose por detrás y minitas cantando a coro un “ahhhhhh” muy agudo). Al parecer la cosa funciona más o menos así: la vida es como un vasito Starbucks. Es redonda, como una galleta. También puede ser como una teta. Sí, es una teta. El punto es que todo se da en forma de un circuito infinito que se retroalimenta. ¿Cómo es esto? Te levantás, tomás el bondi y vas a laburar de las 9 de la matina a las 6 de la tarde. Volvés a tu casa, te calzas los cortos, haces huev# un rato y después te bañas. Descongelas algo, comés, miras un rato la tele y te vas a dormir ¿Para qué? Para levantarte al otro día y hacer exactamente lo mismo toda la semana. Después viene el finde. Dormis, mirás la tele, jugás a la play, te juntas con tus amigos, salís, volvés roto y morís en el sillón con los lompas por las rodillas y con la cabeza apoyada en tu propio vomito. Llega el domingo. Te despertás a las dos de la tarde, limpiás el vomito, te bañás, mirás la tele, descongelás algo, comés, mirás un rato más la tele y te vas a dormir ¿Para qué? Para levantarte al otro día y hacer exactamente lo mismo que hiciste el lunes pasado y así por los siglos de los siglos. Amén. Cuando te querés dar cuenta tenés 60 años, estas por jubilarte, tus hijos ya no te dan bola, tu mujer no te quiere c#ger más, tenés hemorroides y te estás muriendo con todas las arterias del corazón tapadas. Y te preguntas: ¿Soy feliz? No. Entonces, ¿por qué hice las cosas así? No sé. Probablemente porque pensaste que era la única forma de vivir. Necesitabas encontrar algo y en el proceso te alienaste.
Ahora bien, esto no tiene por qué ser así. No todos tienen esta vida. Hay quienes viven en la tangente. ¿Qué es esto? La tangente es la cucharita de madera que se usa para revolver el café de los vasitos de Starbucks. Como se puede ver en el gráfico n°1, la tangente tiene un punto de salida, al que llamaremos A, y un punto de llegada, al que llamaremos B. La misma corre de forma transversal al vaso apenas tocándolo con su vértice izquierdo. Las personas que viven sobre la tangente tienen una vida muy diferente. Bastante ajena a la idea de rutina, horarios, responsabilidades, planificación familiar, moral, preocupaciones, interés por el prójimo, etc. Levemente rozan el estilo de vida de los simples mortales porque, bueno, de algo tienen que vivir pero su día a día transcurre de forma totalmente paralela a la del resto de la humanidad. Entonces, estas personas van por la tangente como si esta fuese un pequeño trencito de la alegría del que nadie se quiere bajar. ¿Pero qué sucede? A diferencia de la vida normal, la tangente no se retroalimenta. Como dijimos antes, tiene un principio (A) y un fin (B). ¿Y qué hacer cuando se llega a eso? Mi amigo propone un reviente de dos días seguidos y después suicidio masivo. Estamos todos invitados. Es eso o  cuando te quieras dar cuenta, vas a tener 60 años, no vas a poder jubilarte porque no tuviste un put# laburo en blanco en toda tu vida, tus hijos ya no te van a dar bola, tu mujer no te va a querer c#ger másvas a tener hemorroides y te vas a estar muriendo con todas las arterias del corazón tapadas. Y cuando te encuentres en esa situación de mierd@ te preguntarás: ¿Soy feliz? No. Entonces, ¿por qué hice las cosas así? No sé.  Probablemente porque pensaste que era la única forma de vivir. Necesitabas escapar de todo y en el proceso te alienaste. 
Al final parece más o menos lo mismo, ¿no? Supongo que entonces nadie tiene la vida resuelta.

jueves, 21 de marzo de 2013

Atada de manos.



Las tiras le aprietan demasiado las muñecas. ¿De qué son? ¿De plástico o de alambre caliente? Le están quemando la piel. Tira y tira para soltarse. Ya le duele el cuello por hacer tanta fuerza. No soporta estar así, inmóvil. ¿No saben que no se puede quedar quieta? No lo tolera. Quiere romper todo. Que nadie se le acerque porque los va a matar con la mirada. Cree que puede derretirles el cerebro. No, mentira. Sabe que no. Pero le encantaría poder hacerlo. ¿Cuál es la raíz de su odio? No está cien por ciento segura. Le nace de adentro. Todo empezó el día en que se le safó el último tornillo. No sabe cuándo y mucho menos dónde. Si así fuese volvería a buscarlo. Pensar en eso la hace reír. Fue tan estúpido todo. Tan claro e impredecible a la vez. Con los bracitos atados no puede hacer nada pero se imagina a sí misma golpeándose la frente con la palma de la mano abierta como diciendo: ¡Era tan obvio! Y sí, lo era ¡¿Cómo no se dio cuenta?! ¡Estaba cantado! ¡Cantado, cantado, cantado, cantadoooooooaaaaaaaaahhhhhhhh! Se empieza a zarandear  de un lado a otro y a darse la cabeza contra la almohada que, ahora nota, está hecha de piedra. Tal es el sacudón que da que la cama se levanta en el aire. ¡¿Qué alguien le pegue así se calma?! Ahhh, ¿Qué? ¿No se puede? Parece que no. Una mujer entra a la habitación y le pide que se calme. Ella grita un poco más y después para. ¿Por qué esta persona asume que ella va a hacer lo que le pida cuando ni siquiera logra hacer lo que ella misma se propone? Últimamente es como si cada parte de su metro cincuenta de cuerpo tuviera vida propia. Antes de los ansiolíticos a veces se sorprendía rascándose la nuca con violencia hasta arrancarse un par de pelos y hacerse sangrar. Lo que le extrañaba era que no recordaba haberle ordenado a su mano hacer eso. Tampoco le parecía que le picara como para que ésta se ofreciera voluntariamente a rascar. Después tenía esta cosa de hacer ruiditos con la boca. Eran como chasquidos o más bien chistidos. Muy extraño, muy molesto. Ya a lo último le temblaba tanto el cuerpo que le era imposible sostener una taza de café. El diario de la mañana terminaba todo enchastrado y era imposible de leer. Pero ahora ya está. Se le pasó. Es una persona feliz y funcional. No, eso también es mentira. O sea, sigue igual. Pero en realidad no es tan terrible. Lo que ella dice es que quiere morir y eso de seguro va a pasar, tarde o temprano. Si se lo piensa de esta forma podemos concluir en que ella está mejor que todos nosotros, negados a perecer. Por lo menos la tiene más clara ¿Después quién es el loco? ¡¿Eh?!
Vuelve a entrar alguien al cuarto. A este sí lo conoce. ¿Pero qué hace acá tan temprano? ¿O  es más tarde de lo que ella cree? Se ve que sí. El tiempo vuela cuando se está desquiciado. Él le dice que le va a soltar las trabas si ella promete no empezar a desnudarse como hace siempre. Eso fue, como mucho, una o dos veces. Quizás tres. ¡Y lo hizo solo como una broma! No es una loca. Termina de pensar eso y se empieza a reír. Él la suelta y ella mueve las muñecas en circulo para confirmar que todavía tiene aunque sea un mínimo control sobre ellas. Él le alcanza un vaso con agua y dos pastillas blancas. ¡Síííííí! ¡Su momento preferido del día! Antes, cuando era un ser humano decente que podía vivir en sociedad y usar ropa interior, el momento que más disfrutaba era el viaje de vuelta del trabajo. Le encantaba, siempre, desde chica, viajar en colectivo por la capital. El silbido del motor, el traqueteo de las ruedas sobre las calles de adoquines, ir escuchando música con los auriculares, mirar por la ventanilla como el sol bajaba sobre el Riachuelo, todo eso la calmaba. No sabemos cómo pero ella podía ver lo hermoso de todo eso. Ahora su momento favorito del día es otro pero le gusta más o menos por los mismos motivos. La calma. Aunque ya no sabe distinguir lo bello de lo macabro de las cosas.
 Termina de tomarse el agua y abre la boca para que el tipo este vea que realmente se trago todas, todas las pastillas. Él le sonríe y le dice que tiene una buena noticia. Ella piensa que, honestamente, tiene que estar equivocado pero él le dice que sí, que tiene una buena noticia pero ella tiene que prometer que se va a portar bien. Que no va a hacer lo mismo que hizo la última vez. Y le vuelve a preguntar si ella entiende que eso estuvo mal. ¡¿A caso nadie lo va a dejar ir jamás?! ¡Fue un put# chiste! ¿No quieren que se quede más en bol@s?! ¡Entonces dejenla usar un put# corpiño, por el amor de Dios!.... Todo eso queda adentro. De la boca para afuera ella es todo sí, sí, sí y se levanta de la cama de un salto. Salen juntos por el pasillo y van directo hacia el parque. El sol la toca, el viento la acaricia. Siente el olor al pasto crecido. Antes no se hubiera animado a caminar por ahí pero ahora es uno de los pocos indicios que tiene de que el mundo sigue andando. Va por el caminito de cemento roto y el cuidador se queda atrás para soltarle un poco las riendas. Ella sigue caminando con los ojos abiertos y de pronto se detiene. Los abre y mira a su alrededor. Todos los locos están sueltos. Se da vuelta sobre su eje y ve a los enfermeros ahí, medio a lo lejos. Respira hondo. Quiere disfrutar ese aire. Se queda unos segundos quieta. Es todo calma, paz, silencio. El mundo está en equilibrio….Hay que romperlo. En dos segundos se baja los pantalones y zarandea su traste desnudo al grito de ¡¿Quieren todo esto?! ¿Todooooo estoooo?!
Pasan quince minutos y ya está de vuelta en la cama, atada y sedada. Queda confirmado. Perdió la cordura. Es hora de centrarse en su eje. Dejarse de pavadas. Necesita mejorar. Quiere curarse. Entonces, ¿qué es lo que va a hacer la próxima vez que la dejen salir? ¡Exactamente lo mismo! Ya lo dijo Alberto: locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando resultados distintos.


Imagen: http://bit.ly/11MsdtD 

jueves, 14 de marzo de 2013

La locura de que importe.



Será la única vez que diga esto, por lo menos en voz alta, y queda terminantemente prohibido usarlo en mi contra. De no respetar este pedido no me quedará más remedio que matarlos. Tengan por seguro que lo haré. Sé donde viven. Igual, es solo esta vez. Prometo que cuando abran los ojos  habré vuelto a ser la cínica que todos odiamos. Pero hoy no. Perdón. Pido permiso para por primera vez hablar con sinceridad, sin sarcasmo y dejando todo personaje mal formado detrás. Les aviso que no se van a reír y probablemente terminen mareados y con dolor de cabeza. Sea como sea acá me tienen. C@g@nd#me de frío frente ustedes con el alma desnuda.
Sé que alguno va a entender de qué estoy hablando. En nombre de ellos pido perdón. Disculpen si este arranque de sensibilidad los ofende o hasta asquea. Les pedimos no se espanten. Ante todo son solo sentimientos. Antes supimos tenerlos. Hay un grupo, no somos muchos, pero existimos al fin. Un grupo de personas que todavía no estamos del todo muertas por dentro.  Creíamos que sí pero nos equivocamos, como en todo lo demás. Una pequeña secta de relegados en la cadena evolutiva de la especie humana que las cosas, por más banales, anacrónicas e ilógicas que sean, nos importan. Sabemos que nuestra existencia puede presentarse como una aberración para los nuevos hombres llenos de voluntad de poder que nada los afecta porque son amos y señores de todo lo efímero. A ellos especialmente les pedimos disculpas, pero nosotros todavía somos arrastrados por nuestras emociones. Y es en el intento desesperado por encajar en este mundo de razón y levedad que dejamos la cordura. El cuerpo se nos desgarró en el tire y afloje de dos mundos opuestos pero coexistentes. Por un lado está el de la mera lógica, que busca entender la totalidad de las cosas, rastrear grandes relatos que nos permitan explicar el mundo de la A a la Z. Y con explicarlo nos referimos a definirlo, con definirlo a entenderlo y con entenderlo a controlarlo. Por el otro está el de los sentimientos, las pasiones que incoherentes nos movilizan hacia cualquier lado y es por esto que también a él buscamos dominarlo, controlarlo, explicarlo. Y cuando hacemos eso también lo negamos. Pero aunque queramos obviarlo y pretender que no existe está ahí esperando que bajemos la guardia para atacarnos. Y una vez que eso pasa de pronto todo importa. Lo que nos rodea tiene capacidad de significarse, identidad, y una vez que somos concientes de eso no podemos evitar darle algún valor. Decirle y decirnos que para nosotros también significa algo. Es decir, que importa. Ya no podemos engañarnos. De golpe somos conservadores, en el sentido más amplio de la palabra. No buscamos cuestionar tanto todo y reconocemos lo irracional que habita en nosotros. Perdemos nuestra capacidad de ser superados. Nos volvemos, quizás, menos superhombres y más humanos. A quienes somos consientes de esta dicotomía que nos desgarra la carne aún nos queda un poco de no sé qué que nos hace preguntar en voz muy baja: ¿Qué tan lejos estamos dispuestos a llegar solo para demostrar lo superados que estamos en la cadena evolutiva? ¿Cuánto más aguantamos mentir? Se me ocurre que quizás deberíamos tener un límite. Y ahí es cuando los débiles nos diferenciamos de los fuertes. A nosotros, los eslabones sueltos de las sociedades nuevas, algo aún nos importa. Nuestra ética renguea, nuestros valores son difusos y la conciencia se prende y apaga con interruptor. Sí, es verdad. Pero igual nos importa. Y decir eso ya es mucho. Al fin de cuentas es como si la vida transcurriera en forma de círculo: una línea infinita de puntos minúsculos contiguos la cual parte de un momento determinado y recorre su total opuesto para terminar nuevamente en ese momento inicial. Sería algo así como El Juego de la Oca. La vida es el put# Juego de la Oca. Partimos de la total falta de razón, nos damos la cabeza contra la pared y ahí buscamos racionalizarlo todo con el único fin de entender ese todo para poder controlar ese todo. Sin embargo, solo terminaremos dándonos la cabeza otra vez con la pared y sucumbiendo nuevamente ante la irracionalidad para de poder volver a sentir, porque la lógica no nos dio todas las respuestas que buscábamos. Así volvemos a la irracionalidad. Lo único cambia que es nuestra forma de verla. Cambia su significado, su valor, su estética. Ahora importa. La irracionalidad se vuelve parte esencial de nuestras vidas. Díganme: ¿Cómo no caer en la locura después de semejante espiral vertiginoso?
Probablemente elegimos el camino más fácil, el de sucumbir a las emociones incultas y aprender a ver lo hermoso en lo convencional. Rendirnos  ante lo irracional, lo inexplicable de querer y a la vez no querer pero no poder decir por qué. O quizás somos los más realistas de todos. Los que sabemos que nos hay fórmulas mágicas para la vida. Que a veces se está bien, que a veces se está mal y que a veces no se sabe qué c@r@j# pasa pero la sangre hierve con ganas de matar y llorar al mismo tiempo. Que no se tiene el control de todo, mucho menos de nosotros mismos. Y déjennos decirles algo, no es fácil levantarse todos los días para vivir entre estos dos mundos. Pero la broma cae sobre nosotros. Como en una gran tragedia griega, podemos vernos con total lucidez y conciencia perder la cordura, muy de a poco. Todo por ese intento de pretender que nada importa para que ese mismo acting nos haga dar cuenta de que, de hecho,  es demasiado lo que todo nos importa. La línea de equilibrio es muy delgada y una vez que sabemos que, aunque queramos racionalizar todo para controlar la vida misma, las cosas se nos van a escapar de las manos ya caímos en el extremo mismo de la existencia. Es por eso también que los sensibles, los involucionados, los débiles de alma, también estamos un poco locos. Es el precio a pagar por creer  en tiempos pasados que nada nos importaba.
Creo que después de tanta filosofía retorcida habría que dejar alguna gran idea en limpio. Acá les va: a  todos nos importa sin importar cuánto pretendamos que nada nos importa. Incluso a los evolucionados. Su problema es que todavía no se detuvieron. Siguen por la vida como caballitos de mateo, mirando sólo hacia adelante. Denles tiempo. Ya se van a encontrar solos, sentados sobre el borde de la cama, sin nada que hacer. Ahí es cuando van a empezar a pensar, a preguntarse, a cuestionarse y de a poco ellos también van a ir perdiendo la cordura. El desinterés no es más que un estado de adormecimiento. Tarde o temprano hay que despertar. Despertar o morir. ¿Extremista? Un poco quizás. Pero  también puede que no. Y siendo todo esto así, tan maquiavélicamente hermoso y confuso, entonces ¿No deberíamos también ser más indulgentes con nosotros mismos por haber dejado la cordura en el intento? Después de todo somos solo humanos.