Ayer me pasó algo muy extraño. Yo
diría que hasta un poco perturbador. Estaba en terapia hablando con mi
psicóloga (con quién más sino) de como, gracias a que mis padres de pequeña me convencieron
de que era una vaga que nunca iba a llegar a ningún lado, me convertí en una
control freak que no puede manejar su ansiedad, lidiar con el fracaso ni superar
su incansable necesidad de satisfacer todas las expectativas ajenas…Esperen. ¿A
que iba todo esto? Me perdí. Ah, sí. A lo extraño y perturbador que me pasó ayer. Bueno, estaba hablando
con mi psicóloga de la vida en general y en un momento de la conversación yo digo lo siguiente:
-Parece joda pero no lo es. -
-Ajá. ¿Pero con esto que querés decir? ¿Crees que hay un
momento en el que vas a tener que madurar y aprender a ponerte límites?-
-Mirá, justo el otro día hablaba con una amiga de esto. Tengo 22 años y estoy por terminar una
carrera, trabajo…-
- 23 -
-¿Cómo?-
-23….Eh, la ficha dice que tenés 23.-
-Tengo 23-
- Sí, tenés 23-
-O sea que este año cumplo 24.-
-Y sí. Generalmente después del 23 viene el 24.-
Y ahí se me vino el mundo abajo ¡A
ver, gente! ¡A – VER! Hoy tengo 23. En un mes y medio voy a tener 24. En cinco
meses 38. Después 52, seguido a eso 65 y cuando me quiera dar cuenta voy a
tener 92 años, voy a estar encerrada en un asilo público, porque no voy a tener
hijos ni nietos que me cuiden y si los tengo seguro que no me voy a haber
hablado con ellos desde hace años, y una enfermera gorda me va a estar dando de
comer papilla en la boca y se me va a caer por la comisura de los labios porque
voy a estar muy vieja como para masticar la comida y la pobre mujer me va a
tener que limpiar toda la pera llena de comida procesada y babeada. ¡Me estafaron, loco! Alguien me cag# un año. De
pronto soy una veinticuatroañera fracasada que no terminó la facultad, labura
gratis y vive con los padres, quienes todavía le dicen “bebucha”. Es inevitable que, cuando uno se encuentra en
estas circunstancias, se replantee un poco su vida y se ponga a pensar en todas
esas cosas que quería hacer y que, aunque tuvo tiempo para hacerlas, no sabe por
qué nunca las hizo. De pronto todas esas horas que pasaste mirando Casi Ángeles
(¡Yo no, eh! Estoy dando un ejemplo….Sí, claro…) y probándote ropa frente al espejo parecen una
pérdida de tiempo, visto y considerando que la vida se te fue, ya tenés 92 años
y te estas pudriendo en un geriátrico. (No perdamos de vista eso, por favor.)
Si analizamos el tema edad
objetivamente podemos ver que ésta lo único que hace es marcar el paso del
tiempo y éste, a su vez, es una mera construcción social cuyo valor reside solo
en la importancia que nosotros le damos. Mirándolo subjetivamente, el cul# se
me cae, las tet@s ya no me van a crecer más, la sociedad espera que sea una
ciudadana activa, cosa de la que no soy capaz, y las pendej@s de 16 vienen cada
vez más atorrantas y esa es mi nueva competencia. Entonces, eliminemos la
mirada subjetiva y analicemos la objetiva que es un poco más esperanzadora.
Siguiendo esta línea de pensamiento lo que más debería de preocuparnos, por lo menos a los que no somos conformistas, es el vernos insertados en un tubo de plástico transparente, como
de película futurista, que nos lleva del jardín al colegio, del colegio a la
secundaria, de la secundaria a la facultad, de la facultad al trabajo y del
trabajo a la muerte. Así es como nos muestran la vida. Así es como la
compramos. No nos queda otra, ¿no? ¡ERROR! Un querido amigo mío con aires de filósofo de cotillón (Sí, me robé el apodo, ¿y qué?) me
habló de otra opción, otra forma de encarar la vida. Le llama “La Tangente”
(cuando lean “La Tangente” imagínensela arriba de una nube bien blanca y
esponjosa, con tenues rayos de sol asomándose por detrás y minitas cantando a
coro un “ahhhhhh” muy agudo). Al parecer la cosa funciona más o menos así: la
vida es como un vasito Starbucks. Es redonda, como una galleta. También puede
ser como una teta. Sí, es una teta. El punto es que todo se da en forma de un circuito
infinito que se retroalimenta. ¿Cómo es esto? Te levantás, tomás el bondi y vas
a laburar de las 9 de la matina a las 6 de la tarde. Volvés a tu casa, te
calzas los cortos, haces huev# un rato y después te bañas. Descongelas algo,
comés, miras un rato la tele y te vas a dormir ¿Para qué? Para levantarte al
otro día y hacer exactamente lo mismo toda la semana. Después viene el finde.
Dormis, mirás la tele, jugás a la play, te juntas con tus amigos, salís, volvés
roto y morís en el sillón con los lompas por las rodillas y con la cabeza
apoyada en tu propio vomito. Llega el domingo. Te despertás a las dos de la
tarde, limpiás el vomito, te bañás, mirás la tele, descongelás algo, comés, mirás
un rato más la tele y te vas a dormir ¿Para qué? Para levantarte al otro día y
hacer exactamente lo mismo que hiciste el lunes pasado y así por los siglos de
los siglos. Amén. Cuando te querés dar cuenta tenés 60 años, estas por jubilarte,
tus hijos ya no te dan bola, tu mujer no te quiere c#ger más, tenés
hemorroides y te estás muriendo con todas las arterias del corazón tapadas. Y te preguntas: ¿Soy
feliz? No. Entonces, ¿por qué hice las cosas así? No sé. Probablemente porque
pensaste que era la única forma de vivir. Necesitabas encontrar algo y en el
proceso te alienaste.
Ahora bien, esto no tiene por qué
ser así. No todos tienen esta vida. Hay quienes viven en la tangente. ¿Qué es
esto? La tangente es la cucharita de madera que se usa para revolver el café de
los vasitos de Starbucks. Como se puede ver en el gráfico n°1, la tangente
tiene un punto de salida, al que llamaremos A, y un punto de llegada, al que
llamaremos B. La misma corre de forma transversal al vaso apenas tocándolo con
su vértice izquierdo. Las personas que viven sobre la tangente tienen una vida
muy diferente. Bastante ajena a la idea de rutina, horarios, responsabilidades,
planificación familiar, moral, preocupaciones, interés por el prójimo, etc.
Levemente rozan el estilo de vida de los simples mortales porque, bueno, de
algo tienen que vivir pero su día a día transcurre de forma totalmente paralela
a la del resto de la humanidad. Entonces, estas personas van por la tangente
como si esta fuese un pequeño trencito de la alegría del que nadie se quiere
bajar. ¿Pero qué sucede? A diferencia de la vida normal, la tangente no se
retroalimenta. Como dijimos antes, tiene un principio (A) y un fin (B). ¿Y qué
hacer cuando se llega a eso? Mi amigo propone un reviente de dos días seguidos
y después suicidio masivo. Estamos todos invitados. Es eso o cuando te quieras
dar cuenta, vas a tener 60 años, no vas a poder jubilarte porque no tuviste un
put# laburo en blanco en toda tu vida, tus hijos ya no te van a dar bola, tu
mujer no te va a querer c#ger más, vas a tener hemorroides y te vas a estar muriendo con todas las
arterias del corazón tapadas. Y cuando te encuentres en esa situación de mierd@ te preguntarás: ¿Soy feliz? No. Entonces, ¿por
qué hice las cosas así? No sé. Probablemente porque pensaste que era la única
forma de vivir. Necesitabas escapar de todo y en el proceso te alienaste.
Al
final parece más o menos lo mismo, ¿no? Supongo que entonces nadie tiene la vida resuelta.

