jueves, 21 de marzo de 2013

Atada de manos.



Las tiras le aprietan demasiado las muñecas. ¿De qué son? ¿De plástico o de alambre caliente? Le están quemando la piel. Tira y tira para soltarse. Ya le duele el cuello por hacer tanta fuerza. No soporta estar así, inmóvil. ¿No saben que no se puede quedar quieta? No lo tolera. Quiere romper todo. Que nadie se le acerque porque los va a matar con la mirada. Cree que puede derretirles el cerebro. No, mentira. Sabe que no. Pero le encantaría poder hacerlo. ¿Cuál es la raíz de su odio? No está cien por ciento segura. Le nace de adentro. Todo empezó el día en que se le safó el último tornillo. No sabe cuándo y mucho menos dónde. Si así fuese volvería a buscarlo. Pensar en eso la hace reír. Fue tan estúpido todo. Tan claro e impredecible a la vez. Con los bracitos atados no puede hacer nada pero se imagina a sí misma golpeándose la frente con la palma de la mano abierta como diciendo: ¡Era tan obvio! Y sí, lo era ¡¿Cómo no se dio cuenta?! ¡Estaba cantado! ¡Cantado, cantado, cantado, cantadoooooooaaaaaaaaahhhhhhhh! Se empieza a zarandear  de un lado a otro y a darse la cabeza contra la almohada que, ahora nota, está hecha de piedra. Tal es el sacudón que da que la cama se levanta en el aire. ¡¿Qué alguien le pegue así se calma?! Ahhh, ¿Qué? ¿No se puede? Parece que no. Una mujer entra a la habitación y le pide que se calme. Ella grita un poco más y después para. ¿Por qué esta persona asume que ella va a hacer lo que le pida cuando ni siquiera logra hacer lo que ella misma se propone? Últimamente es como si cada parte de su metro cincuenta de cuerpo tuviera vida propia. Antes de los ansiolíticos a veces se sorprendía rascándose la nuca con violencia hasta arrancarse un par de pelos y hacerse sangrar. Lo que le extrañaba era que no recordaba haberle ordenado a su mano hacer eso. Tampoco le parecía que le picara como para que ésta se ofreciera voluntariamente a rascar. Después tenía esta cosa de hacer ruiditos con la boca. Eran como chasquidos o más bien chistidos. Muy extraño, muy molesto. Ya a lo último le temblaba tanto el cuerpo que le era imposible sostener una taza de café. El diario de la mañana terminaba todo enchastrado y era imposible de leer. Pero ahora ya está. Se le pasó. Es una persona feliz y funcional. No, eso también es mentira. O sea, sigue igual. Pero en realidad no es tan terrible. Lo que ella dice es que quiere morir y eso de seguro va a pasar, tarde o temprano. Si se lo piensa de esta forma podemos concluir en que ella está mejor que todos nosotros, negados a perecer. Por lo menos la tiene más clara ¿Después quién es el loco? ¡¿Eh?!
Vuelve a entrar alguien al cuarto. A este sí lo conoce. ¿Pero qué hace acá tan temprano? ¿O  es más tarde de lo que ella cree? Se ve que sí. El tiempo vuela cuando se está desquiciado. Él le dice que le va a soltar las trabas si ella promete no empezar a desnudarse como hace siempre. Eso fue, como mucho, una o dos veces. Quizás tres. ¡Y lo hizo solo como una broma! No es una loca. Termina de pensar eso y se empieza a reír. Él la suelta y ella mueve las muñecas en circulo para confirmar que todavía tiene aunque sea un mínimo control sobre ellas. Él le alcanza un vaso con agua y dos pastillas blancas. ¡Síííííí! ¡Su momento preferido del día! Antes, cuando era un ser humano decente que podía vivir en sociedad y usar ropa interior, el momento que más disfrutaba era el viaje de vuelta del trabajo. Le encantaba, siempre, desde chica, viajar en colectivo por la capital. El silbido del motor, el traqueteo de las ruedas sobre las calles de adoquines, ir escuchando música con los auriculares, mirar por la ventanilla como el sol bajaba sobre el Riachuelo, todo eso la calmaba. No sabemos cómo pero ella podía ver lo hermoso de todo eso. Ahora su momento favorito del día es otro pero le gusta más o menos por los mismos motivos. La calma. Aunque ya no sabe distinguir lo bello de lo macabro de las cosas.
 Termina de tomarse el agua y abre la boca para que el tipo este vea que realmente se trago todas, todas las pastillas. Él le sonríe y le dice que tiene una buena noticia. Ella piensa que, honestamente, tiene que estar equivocado pero él le dice que sí, que tiene una buena noticia pero ella tiene que prometer que se va a portar bien. Que no va a hacer lo mismo que hizo la última vez. Y le vuelve a preguntar si ella entiende que eso estuvo mal. ¡¿A caso nadie lo va a dejar ir jamás?! ¡Fue un put# chiste! ¿No quieren que se quede más en bol@s?! ¡Entonces dejenla usar un put# corpiño, por el amor de Dios!.... Todo eso queda adentro. De la boca para afuera ella es todo sí, sí, sí y se levanta de la cama de un salto. Salen juntos por el pasillo y van directo hacia el parque. El sol la toca, el viento la acaricia. Siente el olor al pasto crecido. Antes no se hubiera animado a caminar por ahí pero ahora es uno de los pocos indicios que tiene de que el mundo sigue andando. Va por el caminito de cemento roto y el cuidador se queda atrás para soltarle un poco las riendas. Ella sigue caminando con los ojos abiertos y de pronto se detiene. Los abre y mira a su alrededor. Todos los locos están sueltos. Se da vuelta sobre su eje y ve a los enfermeros ahí, medio a lo lejos. Respira hondo. Quiere disfrutar ese aire. Se queda unos segundos quieta. Es todo calma, paz, silencio. El mundo está en equilibrio….Hay que romperlo. En dos segundos se baja los pantalones y zarandea su traste desnudo al grito de ¡¿Quieren todo esto?! ¿Todooooo estoooo?!
Pasan quince minutos y ya está de vuelta en la cama, atada y sedada. Queda confirmado. Perdió la cordura. Es hora de centrarse en su eje. Dejarse de pavadas. Necesita mejorar. Quiere curarse. Entonces, ¿qué es lo que va a hacer la próxima vez que la dejen salir? ¡Exactamente lo mismo! Ya lo dijo Alberto: locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando resultados distintos.


Imagen: http://bit.ly/11MsdtD 

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