Será la única vez que diga esto,
por lo menos en voz alta, y queda terminantemente prohibido usarlo en mi
contra. De no respetar este pedido no me quedará más remedio que matarlos. Tengan
por seguro que lo haré. Sé donde viven. Igual, es solo esta vez. Prometo que cuando
abran los ojos habré vuelto a ser la
cínica que todos odiamos. Pero hoy no. Perdón. Pido permiso para por primera
vez hablar con sinceridad, sin sarcasmo y dejando todo personaje mal formado
detrás. Les aviso que no se van a reír y probablemente terminen mareados y con
dolor de cabeza. Sea como sea acá me tienen. C@g@nd#me de frío frente ustedes
con el alma desnuda.
Sé que alguno va a entender de qué
estoy hablando. En nombre de ellos pido perdón. Disculpen si este arranque de
sensibilidad los ofende o hasta asquea. Les pedimos no se espanten. Ante todo
son solo sentimientos. Antes supimos tenerlos. Hay un grupo, no somos muchos,
pero existimos al fin. Un grupo de personas que todavía no estamos del todo
muertas por dentro. Creíamos que sí pero
nos equivocamos, como en todo lo demás. Una pequeña secta de relegados en la
cadena evolutiva de la especie humana que las cosas, por más banales,
anacrónicas e ilógicas que sean, nos importan. Sabemos que nuestra existencia
puede presentarse como una aberración para los nuevos hombres llenos de
voluntad de poder que nada los afecta porque son amos y señores de todo lo
efímero. A ellos especialmente les pedimos disculpas, pero nosotros todavía somos
arrastrados por nuestras emociones. Y es en el intento desesperado por encajar
en este mundo de razón y levedad que dejamos la cordura. El cuerpo se nos
desgarró en el tire y afloje de dos mundos opuestos pero coexistentes. Por un
lado está el de la mera lógica, que busca entender la totalidad de las cosas, rastrear
grandes relatos que nos permitan explicar el mundo de la A a la Z. Y con
explicarlo nos referimos a definirlo, con definirlo a entenderlo y con
entenderlo a controlarlo. Por el otro está el de los sentimientos, las pasiones
que incoherentes nos movilizan hacia cualquier lado y es por esto que también a
él buscamos dominarlo, controlarlo, explicarlo. Y cuando hacemos eso también lo
negamos. Pero aunque queramos obviarlo y pretender que no existe está ahí
esperando que bajemos la guardia para atacarnos. Y una vez que eso pasa de
pronto todo importa. Lo que nos rodea tiene capacidad de significarse,
identidad, y una vez que somos concientes de eso no podemos evitar darle algún
valor. Decirle y decirnos que para nosotros también significa algo. Es decir,
que importa. Ya no podemos engañarnos. De golpe somos conservadores, en el
sentido más amplio de la palabra. No buscamos cuestionar tanto todo y
reconocemos lo irracional que habita en nosotros. Perdemos nuestra capacidad de
ser superados. Nos volvemos, quizás, menos superhombres y más humanos. A
quienes somos consientes de esta dicotomía que nos desgarra la carne aún nos queda
un poco de no sé qué que nos hace preguntar en voz muy baja: ¿Qué tan lejos
estamos dispuestos a llegar solo para demostrar lo superados que estamos en la
cadena evolutiva? ¿Cuánto más aguantamos mentir? Se me ocurre que quizás
deberíamos tener un límite. Y ahí es cuando los débiles nos diferenciamos de
los fuertes. A nosotros, los eslabones sueltos de las sociedades nuevas, algo
aún nos importa. Nuestra ética renguea, nuestros valores son difusos y la
conciencia se prende y apaga con interruptor. Sí, es verdad. Pero igual nos
importa. Y decir eso ya es mucho. Al fin de cuentas es como si la vida
transcurriera en forma de círculo: una línea infinita de puntos minúsculos
contiguos la cual parte de un momento determinado y recorre su total opuesto
para terminar nuevamente en ese momento inicial. Sería algo así como El Juego
de la Oca. La vida es el put# Juego de la Oca. Partimos de la total falta de
razón, nos damos la cabeza contra la pared y ahí buscamos racionalizarlo todo
con el único fin de entender ese todo para poder controlar ese todo. Sin
embargo, solo terminaremos dándonos la cabeza otra vez con la pared y
sucumbiendo nuevamente ante la irracionalidad para de poder volver a sentir,
porque la lógica no nos dio todas las respuestas que buscábamos. Así volvemos a
la irracionalidad. Lo único cambia que es nuestra forma de verla. Cambia su
significado, su valor, su estética. Ahora importa. La irracionalidad se vuelve
parte esencial de nuestras vidas. Díganme: ¿Cómo no caer en la locura después
de semejante espiral vertiginoso?
Probablemente elegimos el camino
más fácil, el de sucumbir a las emociones incultas y aprender a ver lo hermoso
en lo convencional. Rendirnos ante lo
irracional, lo inexplicable de querer y a la vez no querer pero no poder decir
por qué. O quizás somos los más realistas de todos. Los que sabemos que nos hay
fórmulas mágicas para la vida. Que a veces se está bien, que a veces se está mal
y que a veces no se sabe qué c@r@j# pasa pero la sangre hierve con ganas de
matar y llorar al mismo tiempo. Que no se tiene el control de todo, mucho menos
de nosotros mismos. Y déjennos decirles algo, no es fácil levantarse todos los
días para vivir entre estos dos mundos. Pero la broma cae sobre nosotros. Como
en una gran tragedia griega, podemos vernos con total lucidez y conciencia
perder la cordura, muy de a poco. Todo por ese intento de pretender que nada
importa para que ese mismo acting nos haga dar cuenta de que, de hecho, es demasiado lo que todo nos importa. La línea
de equilibrio es muy delgada y una vez que sabemos que, aunque queramos
racionalizar todo para controlar la vida misma, las cosas se nos van a escapar
de las manos ya caímos en el extremo mismo de la existencia. Es por eso también
que los sensibles, los involucionados, los débiles de alma, también estamos un
poco locos. Es el precio a pagar por creer en tiempos pasados que nada nos importaba.
Creo que después de tanta
filosofía retorcida habría que dejar alguna gran idea en limpio. Acá les va: a todos nos importa sin importar cuánto
pretendamos que nada nos importa. Incluso a los evolucionados. Su problema es
que todavía no se detuvieron. Siguen por la vida como caballitos de mateo,
mirando sólo hacia adelante. Denles tiempo. Ya se van a encontrar solos,
sentados sobre el borde de la cama, sin nada que hacer. Ahí es cuando van a
empezar a pensar, a preguntarse, a cuestionarse y de a poco ellos también van a
ir perdiendo la cordura. El desinterés no es más que un estado de
adormecimiento. Tarde o temprano hay que despertar. Despertar o morir. ¿Extremista?
Un poco quizás. Pero también puede que
no. Y siendo todo esto así, tan maquiavélicamente hermoso y confuso, entonces ¿No
deberíamos también ser más indulgentes con nosotros mismos por haber dejado la
cordura en el intento? Después de todo somos solo humanos.
Imagen: http://bit.ly/Yd5J21

No hay comentarios:
Publicar un comentario