miércoles, 17 de octubre de 2012

Reciclaje del Error.

Ella lloraba sin consuelo. Era un poco molesto de ver. Uno se podía preguntar como toleraba tanta lágrima escurriéndose por los cachetes rebalsados de colorete rosa. Nunca antes algo le había dolido como ahora. Creeríamos que después de tanto andar el carácter se le habría curtido un poco pero no. Era frágil aún, inocente, tonta.  A él le daban ganas de pegarle en la cara. Ni se inmutaba. Fumaba un cigarrillo mientras miraba al piso. No con vergüenza, no pensativo, sino despreocupado. Quizás un poco molesto. “Somos una vez y nunca más nada” le dijo y a ella se le exploto el corazón en el pecho. Él piensa: “¿Hasta cuándo va a durar esto?”. Ella apenas podía respirar entre tanta angustia saliéndosele por la garganta. Agachada contra el rincón de un alero parecía una nena mendigando cariño. Él estaba firme. Miraba el reloj cada tanto. Quería irse. No se quedaba por lástima o por vergüenza. Mucho menos por compasión. Quizás por un poco de morbo, disfrute del dolor ajeno. Ella se abrazaba las piernas y apoyaba sus labios empapados con lágrimas sobre las rodillas. Miraba hacia un costado. Quería concentrarse en el reflejo de la luna sobre los adoquines rotos de la calle, una gata en celo que maullaba en el techo mientras meneaba la cola, el soplo húmedo de ese febrero lluvioso.  Algo que la distrajera de sus ojos de piedra y su mandíbula apretada con fuerza, como para hacerle notar a ella que no tenía intenciones de quedarse. Cualquier cosa que no la dejase pensar. Él  ubicó el auto con la mirada y se movió hacia ahí. Ella se levantó de golpe y lo agarró del ante brazo. No le importaba nada. En su cuerpo no cabía el orgullo ni el amor propio. Estaba desesperada. Él la aparto de un empujón. Ni siquiera se reía de ella. Estaba fastidiado. Con las pel#t@s por el piso de esa esta piba. Ella todavía no entendía nada. Pensaba: “Cuando dije no dije pero si querés sí. Entonces, ¿por qué él ahora se va? ¿Y  por qué yo me quedo acá, sola, parada en el medio de la calle, llorando a cantaros y mirando perdida la luna como una loca?” A veces, dentro de la pérdida total de cordura, podemos encontrar un momento de iluminación racional. Ese momento hay que aprovecharlo para alejarse de todo lo que lastima. Ahí se dio cuenta de que era mejor que ella también se fuera. No había por qué quedarse ahí. Quizás es mejor que hayan sido una vez algo y ahora ya no más. 


Imagen: "Salvador" (de Manuel Huerga)

miércoles, 10 de octubre de 2012

Con la idea fija.


Mujeres y hombres del mundo, tengo una pregunta que hacerles. Opciones de respuesta: 1) si 2) no 3) ¿Qué carajo? Acá va el interrogante. Atajense este penal: ¿Sabían ustedes que una primera cita no implica necesariamente sexo? Channnnnn!
Hace poco descubrí la existencia de este mundo paralelo al que vengo viviendo en estos últimos siete años. Un universo distante con una serie de códigos totalmente distinto. Una dimensión en la que ir al departamento de un soltero no es sinónimo de matraca ni tampoco de ningún tipo de intercambio de flujos corporales. Nada de nada. De nada. Cuando volvía en el taxi con el corpiño aún puesto y los pelos sin revolver me sentí, no puedo decir que mal o decepcionada, pero sí desconcertada. No digo que sea bueno o malo tomarnos nuestro tiempo para conocer a la persona antes de intimar, sino que, bueno,  nunca antes lo había intentado. En medio de todo este viaje introspectivo llegué a la siguiente conclusión: soy muy put@. ¡Claramente! Si mi necesidad de sexo superaba a la de un hombre, utilizando los parámetros de medición de calentura socialmente aceptados, es que soy muy put@. Pero una vez que comenté lo sucedido en mi circulo cercado de amigas me di cuenta que la reacción de las demás era la misma. Entonces pensé: Ok,  las mujeres somos las muy put@s. Bueno, entonces no hay nada que pueda hacer. Es una consecuencia directa de pertenecer a este género que pasó de ser frígido a regalado y ahí no hay tu tía. ¿Pero es tan simple es la cosa? ¡No! Me niego a pensar que sea así. Entonces seguí con mi investigación. ¿Y qué hice? Lo hablé con mi “amigo”. Aprecio mucho su opinión en materia de sexo no solo porque tiene más puestas que sol sino porque una de esas puestas soy yo entonces tiene una opinión sumamente subjetiva de la cuestión que generalmente me hace sentir mejor. Claramente quedó más desconcertado que yo con la anécdota. Su respuesta fue: Vos sos muy put@ pero ese pibe es un raro. Si bien era lo que esperaba escuchar no quedé convencida con la explicación porque en realidad el pibe no parecía un raro. Más bien era un copado.  ¿Y a partir de qué lo estaba juzgando yo? A partir de mi ausencia total de moral, códigos y amor propio; de los desvaríos de las histéricas de manual que son mis amigas y de la opinión de un hombre que te mira a la cara y te dice “Convertirte en pizza”.  Con peligro de caer en el lugar común de las reflexiones a lo Carrie Bradshaw, llegué a preguntarme: ¿Debería el sexo ser algo central  en la nuestras vidas? ¿Por qué le damos un lugar tan importante en nuestra vinculación con otras personas?  ¿Los que esperan son asexuados o tienen las cosas más claras que el resto de nosotros?
 En este delirio que hemos llamado vida le demos un lugar primordial a la idea de “ponerl@”, concepto que implica coito sin emoción, afecto o conocimiento del nombre completo de la otra persona. Hemos desarrollado lo que se llama sexo recreativo. Casi que es un deporte. O un trámite, por qué no. ¿Cómo es eso? Sí. Es un entro y salgo (a veces demasiado literal).  Ahora bien, en pos de lograr esto hemos establecido también una serie de reglas que limitan la interacción entre los sujetos por fuera de la cama (ascensor, baño de un boliche, callejón, patio de un colegio agrónomo....cada uno con su fetiche). Reglas bolud@s que muchas veces terminan complicando más las cosas y se pierde así la esencia de lo que era en un principio. El sexo pasa de ser una descarga de energía a ser una fuente de stress. Entonces ahí se vuelve necesario llevar esto al extremo de la despersonalización y cosificar totalmente al prójimo. Ya lo había dicho Carlitos Marx: considerar a una persona como una cosa. En criollo: volverlo un pedazo de carne o esos muñequitos de goma que apretás para descargar tenciones (Sí, a mí también se me vino ESA imagen mental). Entonces podemos decir que la deshumanización es condición sine qua non para la desdramatización del sexo. Léase: Solo sos un palo donde afilar las garras y me chupas el ovario derecho. Esta es la forma en la que en la actualidad los humanos llevamos a cabo nuestras relaciones carnales. Con total desinterés y sin pasión.
Ahora bien, se puede dar la put@ mala casualidad de que te encuentres con alguien que no es así. Que su cabecita funciona de otra forma. Ahí se te queman todos los papeles y no sabes para donde salir disparada. ¿Es bueno? ¿Es malo? Habrá que darle la oportunidad. ¿Quizás estemos en presencia del casi extinto hombre racional y con sentimientos? ¿Puede ser que todavía haya esperanzas para la humanidad? ¿Será que hay alguien ahí afuera que vale la pena? Puede ser. Una vez que la pong@ les cuento.  


Imagen: "Saraband" (de Ingmar Bergman)

miércoles, 3 de octubre de 2012

Jugaba con los botones....


Juega con los botones sobrevivientes de una camisa a cuadros deshilachada. Pequeña, casi imperceptible, sentadita con los pies colgando de la silla de madera rota. A su lado, una figura monstruosa de pelaje rubio le hace sombra. No logra mirarla a la cara, tiene miedo de lo que pueda pasar. Agacha la cabeza como siempre se prometió que no haría y siempre terminaba haciendo. Sus ojos se sienten perdidos, como ella misma, y las mejillas moradas de rabia le queman la cara. Intenta no llorar mientras le transpiran las palmas de las manos, atrapadas entre el asiento y sus piernas de tero. No quiere escuchar más. Sus oídos sangran con cada palabra. Si le quitan eso, no le dejan nada. Ella se vuelve nada. No es nada.
Una vez se había creído todo y más. Ahora solo se ve como la copia difusa de alguien que solía sonreír. Se encierra en su cuarto antártico, golpeando con furia ceca la puerta. Cree que nunca va a volver a quererse. Se deja caer en la cama y, haciendo un nido con las sábanas, se retuerce en su propia mugre. Solamente quiere parar su cabeza. No pensar más. Dejarse llevar por la angustia. ¿Qué le hicieron? ¿En qué la convirtieron?
Llora contra el respaldo de hierro mientras prende un cigarrillo y se deja marear por  los remolinos de humo. Espera paciente y estática, en silencio, por algo aunque no sabe qué. Se atraganta con todo lo que no dijo y se da asco por haber agachado la cabeza otra vez. Aparta un mechón castaño que serpentea frente a sus ojos mientras piensa en cuándo fue la última vez que se sintió tan mínima. Tan nada.
Tantea la mesa de luz en busca de algo de ayuda. Sus manos torpes tiran al piso el lapicero y ahora la alfombra marrón está cubierta de minas de colores y ganchos metálicos. Sus ojos vuelven a brillar y una mueca torpe que intenta ser sonrisa se marca en su rostro. De fondo, la vieja le recuerda que no hay salida. Está condenada. Su vida es un derroche de espacio y siempre lo va a ser.
Va al baño y revuelve el cajón izquierdo de un armario pequeño color manteca calmo. Atolondrados, sus dedos se enredan en la desesperación por encontrar algo que la ayude, sólo un poco, para soportar tanta existencia. Se la ve tan vulnerable y, sin embrago, sigue siendo preciosa. Hoy más que siempre. Tantea el fondo y encuentra una caja rosa con el código de barras desgarrado. Saca de adentro la tableta plateada y suelta hasta el último comprimido. Levanta su cabeza y mira a esa desconocida de ojos nuez que le hace muecas desde el espejo, respira profundo y, sin dudarlo, olvida todo. 

Imagen: "Prozac Nation" (de Erik Skjoldbjærg)