Ella lloraba sin consuelo. Era un poco molesto
de ver. Uno se podía preguntar como toleraba tanta lágrima escurriéndose por
los cachetes rebalsados de colorete rosa. Nunca antes algo le había dolido como
ahora. Creeríamos que después de tanto andar el carácter se le habría curtido
un poco pero no. Era frágil aún, inocente, tonta. A él le daban ganas de pegarle en la cara. Ni
se inmutaba. Fumaba un cigarrillo mientras miraba al piso. No con vergüenza, no
pensativo, sino despreocupado. Quizás un poco molesto. “Somos una vez y nunca
más nada” le dijo y a ella se le exploto el corazón en el pecho. Él piensa:
“¿Hasta cuándo va a durar esto?”. Ella apenas podía respirar entre tanta
angustia saliéndosele por la garganta. Agachada contra el rincón de un alero
parecía una nena mendigando cariño. Él estaba firme. Miraba el reloj cada
tanto. Quería irse. No se quedaba por lástima o por vergüenza. Mucho menos por
compasión. Quizás por un poco de morbo, disfrute del dolor ajeno. Ella se
abrazaba las piernas y apoyaba sus labios empapados con lágrimas sobre las
rodillas. Miraba hacia un costado. Quería concentrarse en el reflejo de la luna
sobre los adoquines rotos de la calle, una gata en celo que maullaba en el
techo mientras meneaba la cola, el soplo húmedo de ese febrero lluvioso. Algo que la distrajera de sus ojos de piedra
y su mandíbula apretada con fuerza, como para hacerle notar a ella que no tenía
intenciones de quedarse. Cualquier cosa que no la dejase pensar. Él ubicó el auto con la mirada y se movió hacia ahí.
Ella se levantó de golpe y lo agarró del ante brazo. No le importaba nada. En
su cuerpo no cabía el orgullo ni el amor propio. Estaba desesperada. Él la
aparto de un empujón. Ni siquiera se reía de ella. Estaba fastidiado. Con las
pel#t@s por el piso de esa esta piba. Ella todavía no entendía nada. Pensaba:
“Cuando dije no dije pero si querés sí. Entonces, ¿por qué él ahora se va?
¿Y por qué yo me quedo acá, sola, parada
en el medio de la calle, llorando a cantaros y mirando perdida la luna como una
loca?” A veces, dentro de la pérdida total de cordura, podemos encontrar un
momento de iluminación racional. Ese momento hay que aprovecharlo para alejarse
de todo lo que lastima. Ahí se dio cuenta de que era mejor que ella también se
fuera. No había por qué quedarse ahí. Quizás es mejor que hayan sido una vez
algo y ahora ya no más.
Imagen: "Salvador" (de Manuel Huerga)


