miércoles, 3 de octubre de 2012

Jugaba con los botones....


Juega con los botones sobrevivientes de una camisa a cuadros deshilachada. Pequeña, casi imperceptible, sentadita con los pies colgando de la silla de madera rota. A su lado, una figura monstruosa de pelaje rubio le hace sombra. No logra mirarla a la cara, tiene miedo de lo que pueda pasar. Agacha la cabeza como siempre se prometió que no haría y siempre terminaba haciendo. Sus ojos se sienten perdidos, como ella misma, y las mejillas moradas de rabia le queman la cara. Intenta no llorar mientras le transpiran las palmas de las manos, atrapadas entre el asiento y sus piernas de tero. No quiere escuchar más. Sus oídos sangran con cada palabra. Si le quitan eso, no le dejan nada. Ella se vuelve nada. No es nada.
Una vez se había creído todo y más. Ahora solo se ve como la copia difusa de alguien que solía sonreír. Se encierra en su cuarto antártico, golpeando con furia ceca la puerta. Cree que nunca va a volver a quererse. Se deja caer en la cama y, haciendo un nido con las sábanas, se retuerce en su propia mugre. Solamente quiere parar su cabeza. No pensar más. Dejarse llevar por la angustia. ¿Qué le hicieron? ¿En qué la convirtieron?
Llora contra el respaldo de hierro mientras prende un cigarrillo y se deja marear por  los remolinos de humo. Espera paciente y estática, en silencio, por algo aunque no sabe qué. Se atraganta con todo lo que no dijo y se da asco por haber agachado la cabeza otra vez. Aparta un mechón castaño que serpentea frente a sus ojos mientras piensa en cuándo fue la última vez que se sintió tan mínima. Tan nada.
Tantea la mesa de luz en busca de algo de ayuda. Sus manos torpes tiran al piso el lapicero y ahora la alfombra marrón está cubierta de minas de colores y ganchos metálicos. Sus ojos vuelven a brillar y una mueca torpe que intenta ser sonrisa se marca en su rostro. De fondo, la vieja le recuerda que no hay salida. Está condenada. Su vida es un derroche de espacio y siempre lo va a ser.
Va al baño y revuelve el cajón izquierdo de un armario pequeño color manteca calmo. Atolondrados, sus dedos se enredan en la desesperación por encontrar algo que la ayude, sólo un poco, para soportar tanta existencia. Se la ve tan vulnerable y, sin embrago, sigue siendo preciosa. Hoy más que siempre. Tantea el fondo y encuentra una caja rosa con el código de barras desgarrado. Saca de adentro la tableta plateada y suelta hasta el último comprimido. Levanta su cabeza y mira a esa desconocida de ojos nuez que le hace muecas desde el espejo, respira profundo y, sin dudarlo, olvida todo. 

Imagen: "Prozac Nation" (de Erik Skjoldbjærg) 

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