martes, 11 de septiembre de 2012

El amor que nos imaginamos.


Tengo una amiga que está mal. Muy mal. Juro que es una amiga real. Esteeee… pongámosle que se llama Marta. Sí sí, Marta. Bueno, Marta anda mal. Como con las emociones a flor de piel. Llora todo el tiempo. Yo le quiero dar un Alplax para que se relaje un poco  pero ella se resiste a los avances de la medicina en materia de felicidad. Tan mal está que hace unas semanas me llamó un domingo a la una de la mañana para decirme que tuvo una revelación, una epifanía. Se vio representada (palabras textuales) en una película de Julia Roberts. Sí sí, Julia Roberts. La mina hace el papel de una escritora que deja al marido, se va a vivir a Europa para estudiar italiano y se convierte en monja, o algo así. Yo le pregunté a Marta con qué carajo se sintió identificada porque ella no es escritora sino que trabaja en un call – center, nunca estuvo ni estará cerca de casarse, jamás se fue más lejos que a Chascomús un fin de semana y eso de volverse monja, bueno, ese tren ya pasó hace tiempo. Igual creo que la parte de la monja la agregué yo. No importa. El punto es que yo la conozco a mi amiga. Debía tener los ojos llenos de lágrimas. Seguro apenas pudo terminar de ver la película. Me pregunto en qué momento se volvió tan inestable, tan patética, tan deprimente. Quizás fue después del cuarto hijo de una grandísima madre que le dijo que iba a dejar a la novia y no lo hizo. No sé, pero últimamente le pasa mucho esto de llorar porque sí. Especialmente con las publicidades de papel higiénico y con los realytis. Ya sea que un obeso baje ocho kilos viviendo a alfalfa  o que un perrito corra con un rollo de papel en la boca por la pradera, ella se pone a llorar. El punto es que está mal. Claramente está atravesando un momento jodido. Más bien veintitrés años así. Y lo que más le preocupa es que dentro de no mucho tiempo se le va a terminar de caer todo, le van a salir arrugas en lugares insólitos ¿y cuáles van a ser sus chances ahí? Y todo esto solo por ver una película. Ahora bien, el punto es que la experiencia de Mirta se ve bastante seguido. Incluso yo, que soy una persona muy estable y centrada, me encuentro de vez en cuando atrapada en una trama fílmica que me hace decir “¡La puta madre! ¡Esa loca de mierda soy yo!”.  ¿Alguna vez te pasó eso? Entonces estás tan al horno como yo. Esto me llevó a preguntarme por qué proyectamos nuestras frustraciones en mundos de existencia irreal surgidos de la creatividad de una mente aún más trastornada que la nuestra. Lo que es más importante (o preocupante, no sé): ¿Por qué esto nos consuela? ¿Por qué al ver a un personaje pseudopsicópata nos sentimos identificados y entonces pensamos que no somos los únicos que pasamos por esas cosas? ¿Qué es lo que hace que nos olvidemos de su inmaterialidad? ¿Es que estamos mal de la cabeza? Sí, claramente eso tiene algo que ver. Pero además de eso, ¿Cuál es el problema?  
¿Alguna vez vieron Les amours imaginaires? Bueno, si no lo hicieron, les recomiendo que lo hagan. AVISO: cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. Brevemente, los personajes centrales son una obsesiva compulsiva, un gay y un lascivo calienta pavas que le gusta dársela de open mind, free love y toda esa mierda post – modernista. La trama versa sobre el triangulo amoroso inventado en las cabezas de los dos primeros y como el tercero deja pagando a ambos dos más calientes y más locos que antes. ¡Upa! La historia de mi vida. ¿Qué es lo que más me gusta de esta historia, además de estar basada en mis memorias? Que creo que  nunca vi película que narre mejor la neurosis imaginativa que nos despierta el conocer a alguien. Neurosis que nunca hubiese sido posible sin que antes se combinasen la soledad, la calentura y la desesperación. Porque lo que en realidad nos pasa no es que esa persona que conocemos nos gusta, sino que nos enamoramos. Es más, nos volvemos obsesivos para con esa persona. Psicópata Americano reloaded. O por lo menos eso creemos. Empezamos un trabajo fino de seguimiento, nos aferramos a pequeños detalles, pequeño gestos insignificantes,  y creemos ver señales en cada cosa que el otro hace. ¡Para! No me mires con esa cara de “¿De qué estás hablando Willys?” ¡No mientas! Sé que alguna vez lo hiciste. Siempre creemos que los actos connotan más de lo que denotan, valga la redundancia, y nos aferramos a eso para no reconocernos a nosotros mismos que, bueno, básicamente que nadie nos da ni la hora. Inventamos relaciones a partir de un fugaz contacto visual a la distancia o del tema indicado subido al muro indicado pero que en realidad es para la persona errónea sabiendo que ese tipo de cosas tienen la estabilidad de  un castillo de cartas. Cuando todo termina mal antes de siquiera empezar  te enojas, puteas y te sentís morir. Pero en realidad no es que estuvieras enamorado. Te encanta el drama. Y cuando la vida se empeña en hacerte caer en la monotonía de la rutina, siempre encontrás la manera de sacudir un poco las cosas para no aburrirte. Somos adictos al desamor. Por eso las comedias baratas de Hugh Grant funcionan tan bien. A mi amiga Miriam le encantan. A mí me dan ganas de pegarle en la nariz.
 Yo por mi parte no creo en el amor. Nunca lo vi actuar en el mundo atómico. “Ojos que no ven, corazón que no siente” puede tener más de un significado. Igual no sientan lástima. Lo único que me falta es que ustedes tengan pena por mí. No se la crean porque tuvieron alguna noviecita en la adolescencia que les escribía cartas. Miren a su alrededor y piensen. Si en este preciso momento no tienen nada mejor que hacer que leer mi blog no pueden estar mucho mejor que yo. En lo que sí creo es que más que convencernos de que nos enamoramos de alguien lo que hacemos es  convencernos de que tal cosa como el amor existe. En realidad lo único que existe es la soledad y la obsesión y cuando estas se juntan pasan cosas tremendas. Entonces, nos obligamos a encasillar eso que sentimos en alguna categoría. Les tenemos que dar un nombre a esas cosas tremendas para controlarlas. Es lo que hacemos con todo en la vida. Le ponemos una etiqueta. Ahí entra en juego el inconsciente, que es más consciente e inteligente que nosotros y que hace pasar la liberación de hormonas que produce nuestro cerebro al encontrarse con una pareja sexualmente potable, esto es, la cachondez, con otra cosa que se parece un poco a  lo que nos dijeron que el amor tiene que ser. Y así  vamos por la vida, caminando sobre nubes de algodón, en nuestro propio mundo virtual en el que creemos que en algún momento vamos a conocer a alguien que nos va a deslumbrar y todos nuestros problemas se van a  resolver y no vamos a morir solos. No veo la diferencia entre creer en esto y los elefantes blancos. Andamos atrás de algo que no existe y podemos pasarnos todo la vida buscando. Por eso nos metemos tanto en las tramas de 8 mm. Porque ahí el amor toma forma, supera todas las vicisitudes y triunfa ante todo. Pero en realidad no existe tal cosa como el amor porque, discúlpenme, pero si eso que veo a las personas padecer día a día es la épica promesa del amor, es una mierda. Gracias por la oferta pero paso.
Bueno, esta es mi teoría y me apego a ella. Espero que les haya gustado, que les haya levantado un poco el ánimo. Estoy acá para entretenerlos. A mi amiga Magdalena no la convence mucho lo que digo. Sigue esperando al príncipe azul y llorando con Cuestión de Peso. Yo le digo que espere sentada. Mientras tengo un blog que puede leer.


Imagen: "Les amours imaginaires" (de Xavier Dolan)




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