Tengo una amiga que está mal. Muy
mal. Juro que es una amiga real. Esteeee… pongámosle que se llama Marta. Sí sí,
Marta. Bueno, Marta anda mal. Como con las emociones a flor de piel. Llora todo
el tiempo. Yo le quiero dar un Alplax para que se relaje un poco pero ella se resiste a los avances de la
medicina en materia de felicidad. Tan mal está que hace unas semanas me llamó
un domingo a la una de la mañana para decirme que tuvo una revelación, una
epifanía. Se vio representada (palabras textuales) en una película de Julia
Roberts. Sí sí, Julia Roberts. La mina hace el papel de una escritora que deja
al marido, se va a vivir a Europa para estudiar italiano y se convierte en
monja, o algo así. Yo le pregunté a Marta con qué carajo se sintió identificada
porque ella no es escritora sino que trabaja en un call – center, nunca estuvo
ni estará cerca de casarse, jamás se fue más lejos que a Chascomús un fin de
semana y eso de volverse monja, bueno, ese tren ya pasó hace tiempo. Igual creo
que la parte de la monja la agregué yo. No importa. El punto es que yo la
conozco a mi amiga. Debía tener los ojos llenos de lágrimas. Seguro apenas pudo
terminar de ver la película. Me pregunto en qué momento se volvió tan inestable,
tan patética, tan deprimente. Quizás fue después del cuarto hijo de una grandísima
madre que le dijo que iba a dejar a la novia y no lo hizo. No sé, pero
últimamente le pasa mucho esto de llorar porque sí. Especialmente con las publicidades
de papel higiénico y con los realytis. Ya sea que un obeso baje ocho kilos
viviendo a alfalfa o que un perrito
corra con un rollo de papel en la boca por la pradera, ella se pone a llorar.
El punto es que está mal. Claramente está atravesando un momento jodido. Más
bien veintitrés años así. Y lo que más le preocupa es que dentro de no mucho
tiempo se le va a terminar de caer todo, le van a salir arrugas en lugares insólitos
¿y cuáles van a ser sus chances ahí? Y todo esto solo por ver una película. Ahora
bien, el punto es que la experiencia de Mirta se ve bastante seguido. Incluso
yo, que soy una persona muy estable y centrada, me encuentro de vez en cuando
atrapada en una trama fílmica que me hace decir “¡La puta madre! ¡Esa loca de
mierda soy yo!”. ¿Alguna vez te pasó
eso? Entonces estás tan al horno como yo. Esto me llevó a preguntarme por qué
proyectamos nuestras frustraciones en mundos de existencia irreal surgidos de
la creatividad de una mente aún más trastornada que la nuestra. Lo que es más
importante (o preocupante, no sé): ¿Por qué esto nos consuela? ¿Por qué al ver
a un personaje pseudopsicópata nos sentimos identificados y entonces pensamos
que no somos los únicos que pasamos por esas cosas? ¿Qué es lo que hace que nos
olvidemos de su inmaterialidad? ¿Es que estamos mal de la cabeza? Sí, claramente
eso tiene algo que ver. Pero además de eso, ¿Cuál es el problema?
¿Alguna vez vieron Les amours imaginaires? Bueno, si
no lo hicieron, les recomiendo que lo hagan. AVISO: cualquier similitud con la
realidad es pura coincidencia. Brevemente, los personajes centrales son una
obsesiva compulsiva, un gay y un lascivo calienta pavas que le gusta dársela de
open mind, free love y toda esa mierda post – modernista. La trama versa sobre
el triangulo amoroso inventado en las cabezas de los dos primeros y como el
tercero deja pagando a ambos dos más calientes y más locos que antes. ¡Upa! La
historia de mi vida. ¿Qué es lo que más me gusta de esta historia, además de estar
basada en mis memorias? Que creo que
nunca vi película que narre mejor la neurosis imaginativa que nos
despierta el conocer a alguien. Neurosis que nunca hubiese sido posible sin que
antes se combinasen la soledad, la calentura y la desesperación. Porque lo que
en realidad nos pasa no es que esa persona que conocemos nos gusta, sino que nos
enamoramos. Es más, nos volvemos obsesivos para con esa persona. Psicópata
Americano reloaded. O por lo menos eso creemos. Empezamos un trabajo fino de
seguimiento, nos aferramos a pequeños detalles, pequeño gestos insignificantes,
y creemos ver señales en cada cosa que
el otro hace. ¡Para! No me mires con esa cara de “¿De qué estás hablando Willys?”
¡No mientas! Sé que alguna vez lo hiciste. Siempre creemos que los actos
connotan más de lo que denotan, valga la redundancia, y nos aferramos a eso
para no reconocernos a nosotros mismos que, bueno, básicamente que nadie nos da
ni la hora. Inventamos relaciones a partir de un fugaz contacto visual a la
distancia o del tema indicado subido al muro indicado pero que en realidad es
para la persona errónea sabiendo que ese tipo de cosas tienen la estabilidad
de un castillo de cartas. Cuando todo termina
mal antes de siquiera empezar te enojas,
puteas y te sentís morir. Pero en realidad no es que estuvieras enamorado. Te
encanta el drama. Y cuando la vida se empeña en hacerte caer en la monotonía de
la rutina, siempre encontrás la manera de sacudir un poco las cosas para no
aburrirte. Somos adictos al desamor. Por eso las comedias baratas de Hugh Grant
funcionan tan bien. A mi amiga Miriam le encantan. A mí me dan ganas de pegarle
en la nariz.
Yo por mi parte no creo en el amor. Nunca lo
vi actuar en el mundo atómico. “Ojos que no ven, corazón que no siente” puede
tener más de un significado. Igual no sientan lástima. Lo único que me falta es
que ustedes tengan pena por mí. No se la crean porque tuvieron alguna noviecita
en la adolescencia que les escribía cartas. Miren a su alrededor y piensen. Si en
este preciso momento no tienen nada mejor que hacer que leer mi blog no pueden
estar mucho mejor que yo. En lo que sí creo es que más que convencernos de que nos
enamoramos de alguien lo que hacemos es
convencernos de que tal cosa como el amor existe. En realidad lo único
que existe es la soledad y la obsesión y cuando estas se juntan pasan cosas
tremendas. Entonces, nos obligamos a encasillar eso que sentimos en alguna
categoría. Les tenemos que dar un nombre a esas cosas tremendas para
controlarlas. Es lo que hacemos con todo en la vida. Le ponemos una etiqueta. Ahí entra en juego el inconsciente, que es más
consciente e inteligente que nosotros y que hace pasar la liberación de
hormonas que produce nuestro cerebro al encontrarse con una pareja sexualmente
potable, esto es, la cachondez, con otra cosa que se parece un poco a lo que nos dijeron que el amor tiene que ser.
Y así vamos por la vida, caminando sobre
nubes de algodón, en nuestro propio mundo virtual en el que creemos que en
algún momento vamos a conocer a alguien que nos va a deslumbrar y todos
nuestros problemas se van a resolver y
no vamos a morir solos. No veo la diferencia entre creer en esto y los
elefantes blancos. Andamos atrás de algo que no existe y podemos pasarnos todo
la vida buscando. Por eso nos metemos tanto en las tramas de 8 mm. Porque ahí
el amor toma forma, supera todas las vicisitudes y triunfa ante todo. Pero en realidad no existe tal cosa como el amor
porque, discúlpenme, pero si eso que veo a las
personas padecer día a día es la épica promesa del amor, es una mierda. Gracias por la oferta pero
paso.
Bueno, esta es mi teoría y me
apego a ella. Espero que les haya gustado, que les haya levantado un poco el
ánimo. Estoy acá para entretenerlos. A mi amiga Magdalena no la convence mucho
lo que digo. Sigue esperando al príncipe azul y llorando con Cuestión de Peso.
Yo le digo que espere sentada. Mientras tengo un blog que puede leer.
Imagen: "Les amours imaginaires" (de Xavier Dolan)
Imagen: "Les amours imaginaires" (de Xavier Dolan)

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