miércoles, 24 de abril de 2013

Annacrónica (o crónica de un día en la vida de Anna)


Anna empieza todos sus días a la misma hora aunque no sabe bien cuál es porque hace tiempo le arrancó los números al reloj. Pero todas las mañanas, excepto por los domingos, el despertador de campana le martilla la cabeza, solo para recordarle que tiene una rutina que obedecer. Siempre es lo mismo para Anna. Se levanta, permanece sentada unos minutos al borde de la cama, suspira con tristeza y va al baño. Ahí, dónde más sino, se lava la cara con Heno de Pravia y se suelta la toca. Gime porque dormir con el pelo tensado le hace doler el cuero cabelludo. Cuando se mira al espejo no puede ver nada. Sólo una mujer enferma de pelo castaño, pecas y ojos verdes perdidos en el espacio. Vuelve a suspirar como hace al levantarse y va a la cocina arrastrando los pies sobre los patines de gamucita marrones. Pone la pava de aluminio corroído al fuego para hacerse un té y prepara las tostadas untadas con margarina. Mientras espera que el agua se caliente y que el pan se tueste, mira por la venta que da al pulmón del edificio. Para ser una persona que ama tanto al mundo vive con demasiado miedo a todo. Su vida es un esquema perfecto. Un calendario lleno de vacío que debe respetarse a raja tabla. Todas las mañanas, mientras mira por esa ventana, piensa en tirarse al vacío y se pregunta cómo funcionaría el mundo sin ella en él. El ritmo vertiginoso con el que este seguiría girando la marea y le da nauseas. Qué decir. Es muy rutinaria la vida de Anna, una criatura de hábitos gastados.
Después de desayunar va hacia el cuarto y abre el ropero  de cedro. Camisa a rombos verdes, pantalones de pana acampanados y suecos con hebilla son su uniforme de trabajo. No, nadie la obliga a vestirse así. Ella lo elije, como todo lo demás. Trata de tapar el olor a naftalina con unas gotas de 7 Brujas pero igual el aroma a encierro la rodea. Lo que pasa es que esa ropa no es de ella sino de su vieja, de cuando esta era adolescente, y el tiempo ha dejado su huella en las prendas.  Antes de irse al trabajo, le deja la comida al gato. Pollo hervido que le sobró de la cena para uno de la noche anterior. Agarra su vieja bicicleta inglesa, que estaciona todos los días dentro de la cocina, y pone un maletín de cuero marrón dentro del canasto de mimbre roto que cuelga al frente del vehículo. Prende la Ranser portátil, se pone los auriculares y sale a la calle. 
 Ella labura en una casa de venta de vinilos y otras rarezas viejas de colección que queda sobre Av. Corrientes. Su turno es el de la mañana. Le gusta porque, si bien a esa hora hay más barullo en la calle, menos gente entra al local. Pasan todos rápido, apurados, corriendo a contra reloj. Anna no entiende eso. Para ella el tiempo es una materia amorfa suspendida en el espacio. Lo mira levitar a su alrededor como si fuera una burbuja. Adentro está ella y su atemporalidad. Afuera el caos y la anarquía de la ciudad.
Llega al local y guarda la bicicleta en el pasillo. Prende las luces y levanta la cortina. Parece que todavía es temprano porque afuera es de noche y ningún otro local de la cuadra está abierto. Pero cómo saberlo. Tampoco hay relojes en la disquería. Cuando Anna empezó a trabajar había tres. Sin que el dueño ni su compañera se dieran cuenta  fue sacándolos de a uno, escondidos en el portafolio. Como tampoco los quería en su casa los tiraba por el camino. Todos los mediodías almuerza ahí mismo. Tiene un anafe a garrafa donde se calienta sus viandas. Si pasas  más a la tarde vas a verla detrás del mostrador leyendo algún ejemplar de Pelo que compró en un local cercano cuando iba camino a casa. Sino también podés encontrarla tomando un descanso en la puerta del local, fumando cigarrillos armados y mirando al vacío. Pero eso te pasará si tenés suerte.
¿Y qué hace Anna cuando vuelve a su casa? Lo mismo que a la mañana pero al revés. Sabe que sale del trabajo a eso de las siete porque es el horario en el que la debería relevar su compañera, aunque ella sospecha que ésta llega cada vez más tarde. Igual tampoco es que le moleste. Cree que no tiene nada mejor que hacer. Entonces, sale del local y las primeras cuadras las hace caminando con el maletín al hombro, una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo la bicicleta por el manubrio. Con la mirada recorre las vidrieras de Corrientes. A veces para y ojea una revista vieja. Si encuentra una nota de Sui Generis que le interese quizás la compra. Si no sigue caminando hasta doblar en Rodriguez Peña. Ahí prende la radio, sube a la bici y pedalea hasta el departamento. Una vez adentro es lo mismo de siempre. Se saca la ropa y queda en pijama y bata. Calienta la cena en el horno y se sienta en el sillón a mirar la tele. Con una mano se manda la comida a la boca y con la otra hace malabares con el control gigante del Grundig para recorrer los cinco canales de aire que agarra la antena.  América jamás se vio bien.


1 comentario:

  1. me encanta!
    realmente estuve leyendo lo que esecribis y me llega...lo siento...
    segui asi!

    ResponderEliminar