jueves, 23 de mayo de 2013

Acto V: Se cierra el telón.


Bajó las escaleras del edificio y ahí estaba. Muchas veces lo imaginó pero jamás creyó que fuera a pasar. Formaba parte de esos delirios en forma de sueños despiertos que la distraían en los viajes en colectivo o que la mantenían media hora más en la ducha. Pero ahí estaba, parado contra la columna mientras terminaba un cigarrillo, y a ella se le revolvían las tripas. Se le mezclaban las sensaciones. Ganas de salir corriendo, un poco de necesidad de abrazarlo en silencio y deseo de que lo pisara un camión de basura vía al conurbano. Todo eso junto. ¿Qué decidió Carla? Hacer lo único que sabe hacer. Ser ella y nada más. Bajó las escaleras despacio, caminó hacia él y  se paró enfrente.

-¿Qué haces vos acá?-
-Una serie de acontecimientos aleatorios que se encadenaron por casualidad me trajeron hasta acá.-

Carla no respondió. No rió. No se derritió con ese falso no sé qué de hombre encantador que a él le gustaba pavonear. Entonces siguió hablando.

- Vine a verte.-
-Me estás jodiendo, ¿no?-
-No.-
-¿Y para qué me viniste a buscar? Si se puede saber…-
-Te lo diría con todo el gusto del mundo pero no lo sé. Nada más vine.-

Y ahí estaba otra vez esa evasiva intelectual que a Carla la sacaba de quicio. Ella era una piba de pensamientos simples, concreta, que decía lo que le salía y siempre lo acompañaba de un insulto.

-¿No te cansaste de romperme las pelotas?, pregunto. Porque yo ya estoy hinchada las bolas de esto.-
-¿No estás dramatizando un poco? ¿Qué te hice ahora?-
-No hiciste nada. Simplemente fuiste vos. Con eso bastó.-
-¿Pero qué? ¿Eso es malo?-
-Supongo que si sos vos no. No es malo.-
-¿Vas a seguir mucho más enojada?-
-Sí.-
-¿Hasta cuándo?-
-Hasta siempre.-

Carla buscó los puchos en la cartera. Manipuló el atado con violencia y sin levantar la vista ni un segundo. Quería esquivarle los ojos. No podía contra el contacto visual. En esas situaciones siempre se preguntaba para qué carajo tenía ese carácter de mierda si después no iba a usarlo en defensa propia. En cuanto cruzara miradas quedaría impotente. Entonces, estaba decidido. Hiciese lo que hiciese, no iba a mirar al frente. Era eso o rendirse.

-¿Me vas a decir para qué mierda viniste?-
-Ya te dije. A verte a vos.-
-Entonces viniste al pedo.-
-¿Estás segura?-

Dijo e intentó agarrarla de la cintura pero Carla se tiró para atrás con un movimiento innecesariamente dramático y le esquivó la mano. Ahora sí. Levantó la mirada y le quemó la frente con todo ese odio podrido que tenía guardado adentro. No soportaba eso. No soportaba que nadie la diera por sentada. Tragó saliva sin bajar la cabeza y entrecerró las ranuras de los ojos. Él le sostuvo la mirada.

-¿No te parece que estás exagerando?-
-Sí, probablemente.-

Se hizo el silencio. Él miraba para un costado y la miraba a ella. Miraba para un costado y la miraba a ella. Carla resopló y se largó a hablar.

-Igual no es tu culpa…. Es más mía que otra cosa.-
-¿Por qué?-
-Por pensar que eras más. Que no sé, que tenías profundidad. Yo qué sé. Simplemente que había otra cosa. Pero no. Sos esto. Listo. Tan chato como cualquier otro. Y nunca se le debería pedir a alguien que sea más de lo que es porque no puede. No es justo hacerle eso. –

Sí. Carla ya sabía que sonaba como una loca. Pero él no dijo anda. Se la quedó mirando duro. Sus aires de hombre encantador desaparecían a medida que asomaba cierta vanidad humana que acababa de ser herida sin vergüenza por una piba de pensamientos simples, concreta, que decía lo que le salía y siempre lo acompañaba de un insulto. Carla sonrió y siguió hablando sola.

-¡Ja! Es muy loco todo…-
-¿Qué cosa?-
- Nada. Que me quedé ahí, parada como una idiota, esperando a que apareciera eso que, en realidad no existe y que yo ya sabía que no existía y que además vos nunca me dijiste que existía. Con lo cual, no tengo a nadie a quién culpar más que a mí misma. Y lo más loco es que nunca me había dado cuenta de esto que te estoy diciendo hasta recién, cuando empecé a decirlo.-
-Estás loca.-
-Sí.-

Carla se rió otra vez y se fue, dejándolo solo, a lo lejos, parado como un idiota que cada vez se volvía más chiquito y perdía la consistencia de su forma. Si bien ella se sentía tranquila en términos relativos, el camino hasta la parada fue eterno. La invadía esa bronca y esa impotencia tan característica de cuando uno acaba de darse cuenta que es el único culpable de sus propios males. Las calles se alargaban a medida que ella avanzaba y el frío de la caída del sol le empezaba a cortar la cara. Se escondía detrás de la bufanda mitad para cubrirse del invierno, mitad para tapar las lágrimas. No eran de tristeza. Tampoco de te voy a extrañar. Simplemente lágrimas de otra vez lo mismo. Lágrimas de yo sabía. Lágrimas de me avisaron y no quise escuchar. Subió al colectivo y le mandó un mensaje a Martín. Lo necesitaba. Él iba a saber qué decirle para volverla a hacer sentir bien consigo misma. Él iba a solucionar todo. Le iba a decir lo buena que era y cómo iba a conocer a alguien que no fuese un completo pelotudo. Sí, iba a hablar con Martín y todo iba a estar bien, como siempre porque él siempre estaba y sabía qué decir. Bajó del colectivo con las llaves en la mano y caminó casi que corriendo hasta el departamento. Subió por el ascensor, trastabilló a la salida, se llevó puesta la pared y llegó a la puerta con el poco equilibrio que le quedaba en el cuerpo. La abrió a los empujones y entró buscándolo. La tele. Estaba prendida. Martín estaba en el living. Voló hasta ahí para frenar en seco al llegar a la arcada. Se le congeló el cuerpo. Los ojos se le salieron de la cara. Martín la miró preocupado.

-¿Qué te pasó? Tenés la cara toda colorada, ¿Estás bien?-
-Si sí, no pasa nada…Hola, soy Carla.-

Dijo mirando fijo a la mujer que se levantó del sillón, donde estaba tirada sin calzado mirando la tele, y se acercó a saludarla.

-Hola, ¿qué tal? Yo soy Anna.-
-Un gusto. Bueno, me voy a mi pieza así los dejo tranquilos.-

Martín la agarró del brazo.

-No. Pará. ¿Qué te pasó?-
-Nada, boludo. Estoy muerta. Tuve un día del orto. Nada más. Bueno, me voy a tirar un rato. No los molesto más…¡Un gusto, eh!-

Carla salió a la velocidad de la luz hacia su cuarto. Cerró la puerta con llave y se tiró en la cama con la campera puesta. Ahora sí. Estaba totalmente sola. Sola sin Martín. Sola en el mundo. Se durmió llorando. Estas sí eran lágrimas de tristeza. Lágrimas de te voy a extrañar.




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