miércoles, 15 de agosto de 2012

Pasada por agua.

Tomé la campera roja que estaba sin vida sobre el sillón y me marché dando un portazo. Caminé a paso ligero sin rumbo entre la niebla,  por las calles grises, entre adoquines sueltos y edificios viejos. Las lágrimas negras salían a cantaros de mis ojos inyectados en sangre, por si solas. Rodaban por mis mejillas de muñeca hasta estrellarse contra mi abrigo, dejando un lamparón salado en la tela. Como odio las lágrimas, por suerte empezó a llover. Las gotas se mezclaron con el llanto rabioso y ya no sentí el agua salina meterse entre las comisuras de mis labios partidos. Busqué en los bolsillos el paquete de cigarros empezado. Saqué uno con cuidado para que no se mojara y busqué refugio bajo un viejo alero del que colgaban helechos. Mientras fumaba, me quedé contemplando la calle desierta el tiempo que dura la eternidad, hasta que mi cabeza confundida empezó a aclararse y puede concentrarme en pequeñas cosas, como el rebote de las gotas de lluvia en la zanja sucia, el ruido de un perro callejero rascándose las pulgas o la respuesta a por qué la vida es tan jodidamente complicada y no se puede confiar en nadie. Un ardor en la mano derecha me sacó del trance. Suspiré y apagué el cigarrillo, que se había consumido hasta el filtro. Comencé a caminar, esta vez con rumbo. Seguí con los ojos el ritmo de mis zapatillas mojadas y los jeans rotos empapados hasta la pantorrilla. No levanté la mirada ni una vez porque sabía a dónde iba y cómo llegar. Doble a la derecha y crucé la inmensa plaza que se erguía victoriosa, alegre y verde, entre tanto gris desolador.  Me acerqué a las hamacas y me senté en una de ellas. Mis pies apenas rozaban el barrial que se había formaba abajo del juego. Comencé a impulsarme con fuerza y no me detuve hasta sentir la presión del aire en la sien.  Sonó el celular, pero no lo atendí. Apesar del mareo, el frío y la lluvia decidí que no había suficientes motivos para volver. Así que me quedé allí toda la noche, hamacándome entre el viento. Sin saber por qué me sentí feliz, y entonces sonreí.


Imagen: "Lluvia" (de Paula Hernández)

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