Martín arrastra los pies por la
avenida pateando la basura y el polvo invisible. Alrededor la gente corre contra
reloj. Él va desganado. Casi que no puede pensar. Suspira hondo. Mentira. Sí
puede pensar. Eso nunca se agota. Repasa su historia una y otra vez tratando de
darse cuenta dónde es que se le fue todo de las manos. Se acuerda de cuando
conoció a Carla, de cómo empezaron a ser amigos
y de cuándo eso ya no alcanzó. A
veces se pregunta qué hubiese pasado si entre una cosa y otra no hubiese sido
tan cagón. Odia esa sensación. La de “qué hubiese pasado si…”. Esas veces, las
que piensa en eso, le agarra remordimiento y se entra a dar la cabeza contra la
pared. No es que esté loco sino que simplemente se quiere morir. Vive de
especulaciones. Tratando de entre leer lo que ella hace, buscando señales en
cada cosa que dice, encontrándole un sentido oculto a todo. Y no. Carla es solo
eso. Una amiga y nada más. Cuando lo abraza, simplemente lo abraza. Cuando
apoya la cabeza en sus piernas mientras miran una película, solo apoya la
cabeza en sus piernas mientras miran una película. Y cuando le dice que es su mejor amigo, tan solo le dice
que es su mejor amigo… ¿O quizás no? Martín se pierde en estos tipos de
razonamientos a diario. Tanto es así que sigue dos cuadras de largo y tiene que
retomar por Av. Corrientes. Camina y camina hasta que se encuentra con un local
de discos, libros y porquerías viejas. Entra y va hasta el mostrador.
-Hola, ¿qué tal? Vengo a buscar
una billetera que se olvidaron el otro día acá.-
De atrás de una revista se asoma
una cara pálida, de pelo lacio castaño y pecas rojizas. Ojos verdes y cejas
perfectas. Lo mira con escepticismo y
responde:
-Vos no sos Carla.-
-Emm. No, claramente no. Soy
Martín, un amigo de Carla. Vengo a buscar la billetera que se olvi…-
-Sí, eso ya lo dijiste. Y no se
la olvidó. La encontré abajo de aquel anaquel. Se ve que fue a parar ahí cuando
se cayó.-
-¿Quién se cayó?-
-Carla. ¿Quién más? Te cuesta un
poco, ¿no?-
La chica lo mira desafiante y un
poco aburrida también. Pareciese que no tuviera problemas con él puntualmente.
Más bien es un tema con el mundo. Martín la mira de arriba abajo. Está vestida
raro y tiene un perfume extraño, como a… No es que sea feo. Al contrario. Es
como..como..como curioso. Se da cuenta que hace un minuto que la mira fijo y
ella ya está empezando a incomodarse.
-Jaja. Sí. A veces me taro. Soy
Martín.-
-Eso también ya lo dijiste.-
-¿Y vos como te llamás?-
-Anna.-
- Ah, ¡mira vos! No tenés cara de
Anna.
-¿Y por qué no?
- No sé. Es como…-
-¿Viejo?-
-No, ana - crónico, jajaja.-
-¡Ja! Qué ingenioso lo tuyo…Tomá.
Acá está la billetera.-
Martín quiere hacer un agujero en
el piso, meterse ahí adentro y no salir más.
-Ehh, buenismo. Gracias. ¡Chau!-
Anna no le devuelve el saludo.
Mueve la cabeza en señal de afirmación y lo sigue con la mirada para asegurarse
que salga del local. Martín camina por entre los stands de libros y discos pero
algo llama su atención. Entonces para. Anna resopla y revolea los ojos. Está
perdiendo la paciencia.
-¿Este cuanto está?
-$300.-
-¡$300! Te hago una pregunta,
¿está hecho de oro?-
Anna sale de atrás del mostrador
y camina hacia Martín dispuesta a hacer la venta.
-¿Sabés lo que pasa? Es
importado. Como son originales son más caros. Además no sé qué tan
familiarizado estás con la banda pero esta fue una especie de edición limitada,
por decirlo de alguna manera, con lo cual salen más, obvio.-
-Ahhh, y te hago una pregunta
más. ¿A todos los clientes los chamullas tan asquerosamente? ¿O lo hacés solo
conmigo porque te diste cuenta de que me cuesta?-
Anna apunta su mirada
directamente a la sonrisa gigante de Martín y no puede contener una carcajada
nerviosa que la agarra de sorpresa.
-Jajaja. Bueno, está bien. ¿Qué
te parece si hacemos lo siguiente? Ahí atrás tengo un tocadiscos. Te dejo
escuchar la grabación completa. Si te gusta te lo llevás. Para que veas lo
buena que soy.-
Martín sabe leer el sarcasmo en
su tono de voz. Sin embargo, puede ver qué, a través de las grietas del
cascarón de Anna, se asoma una simpatía rara, de esas que no todo el mundo
tiene el lujo de ver.
-Bueno, dale. Pero ya te digo que
no tengo $300.-
-No importa. Si te gusta te lo
guardo y lo venís a buscar cuando tengas la plata. O lo vas pagando en cuotas,
como vos quieras. Me quedo con la billetera de tu amiga como seña, jaja.-
Ella pone el disco y arrima una
silla junto a la suya. Se sienta y lo
mira a Martín, esperando a que la imite. Él duda un poco. Las cosas dieron un giro
inesperado ¿Y eso es malo? Pasa al otro lado del mostrador y se sienta al lado
de Anna. Ella saca una lata vieja de un maletín marrón gastado y la abre. Saca
tabaco, lillos y empieza a armar un cigarrillo. Martín le pregunta por qué fuma
pasto y Anna le explica que no le gustan los cigarrillos ya armados porque son
antinaturales y tóxicos, como todo lo moderno. Alguien normal hubiese salido
corriente ante ese comentario, pero Martín está fascinado. Hay todo un mundo
dentro de esa cabeza que lo hace perderse. Es como si el tiempo se tornase una
materia amorfa suspendida en el espacio. Lo miran levitar a su alrededor como
si fuera una burbuja. Adentro están ellos y su atemporalidad. Afuera el caos y
la anarquía de la ciudad. Adentro, Anna. Afuera, la barbarie de los
pensamientos de Martín. La púa llega al final de la última pista y se da cuenta
de que es hora de volver al mundo real.
- ¡Uy! ¿Qué hora es?-
-Mmm, no sé. No me gustan los
relojes.-
Martín la mira extrañado. Es tan…
tan..tan algo.
-Bueno, ¿te gustó?-
-Mucho…Pará. ¿De qué me hablás?-
-Del disco. ¿Qué más si no?-
- Sí, sí. Me gustó. Pero no tengo
la plata acá. Y no debería. Economía de guerra.-
Anna piensa antes de hablar.
-Bueno, no importa. Llevatelo
igual.-
-Noo. ¿Cómo me lo voy a llevar?
Estás loca. Te van a Matar.-
-No pasa nada.-
- No, no, no, Anna. Te lo re
agradezco pero no. No da.-
- Te digo que no pasa nada. ¿No
escuchás?-
- Fuera de joda, no.-
- ¡Pero que no pasa nada, pibe!
Era de mi vieja. ¡Yo lo puse acá para vender! Y quiero que lo tengas. Dale,
hacelo como un favor para mí. Es mejor que te lo lleves vos a un boludo
cualquiera que después lo hace reloj o alguna boludez así.-
Martín la mira fijo. Si lo acepta,
ya está. La conversación termina ahí. Tiene que agarrar el coso e irse. Pero si
sigue “que sí, que no” puede robar unos minutos más. ¿Su boludez no tiene límites
acaso? Anna lo mira expectante e impaciente a la vez.
-Bueno, me lo voy a llevar.-
-Buenísimo.-
-Pero tenés que salir conmigo
para eso.-
Eso la agarra desprevenida.
-¿Qué?-
-Sí. Acepto tu regalo si vos
aceptas salir conmigo.-
-Bueno.-
Anna se pregunta de dónde salió
esa respuesta tan firme, tan decidida, tan no ella. Martín abre los ojos al
máximo que dan sus parpados.
-¿En serio?-
-Sí. Aunque la forma de pedírmelo
fue muy goma. Dale, hagamos algo. No te paso mi teléfono porque, bueno, porque
no tengo.-
-Te vengo a buscar mañana cuando salís
de acá y vamos a tomar algo. ¿A qué hora?-
-Que pregunta difícil. Ponele que
a eso de las siete y media, creo.-
Martín la vuelve a mira
extrañado. Es tan… tan..tan algo. Se despide y sale del local. Camina por
Corrientes con el disco abajo del brazo y los ojos cerrados. Los abre y todo se
ve diferente.
Imagen: http://bit.ly/10Q9Ebd

Saldremos a buscar a Ana por la calle corrientes entonces, es lindo cuando la gente se enamora de tus personajes no?
ResponderEliminarSí. Quizás debería aprender un poco más de ellos, ¿no?
EliminarEste comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminarSi lo creás es porque en algun lado está, mas que aprender habría que dejarlos ser. Felicitaciones de nuevo
ResponderEliminarSabias palabras.
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