Después de una larga teorización
sobre la condición del hombre como ser social y su dependencia del otro para
sobrevivir, un alumno se acerca al profesor y le dice:
-Doctor, no sé si estoy de acuerdo con su teoría.-
-¿A qué se refiere, joven? ¿No
sabe si está de acuerdo con lo que dije o no está de acuerdo con lo que dije
pero no sabe por qué?-
- Hay algo que me hace ruido. No
entiendo. Usted dijo que sería más productivo hacer culto al individualismo que
articularnos como miembros de una red social. ¿Por qué piensa eso?-
Entonces, el doctor responde, no
desde el conocimiento sino desde el resentimiento que trae la experiencia:
- Noto un dejo de reproche en lo
que me dice. Mire, toda relación humana está destinada al fracaso. Nada que
involucre a más de una persona puede funcionar. Eso, sin embargo, no quiere
decir que no perdure a través del tiempo. Ahí está el engaño. La idea de no
hacerle al otro lo que no se quiere que le hagan a uno es una premisa imposible
de seguir en la vida, donde la moral teórica se encuentra con la realidad del
ser humano. Sin embargo, habla bien de nosotros intentarlo, creo. De ahí que
exista algo tan irracional como la monogamia, pienso yo. Esta no es una forma
de proteger los sentimientos del otro sino más bien una treta para salvaguardar
lo que nosotros consideramos que es nuestra propiedad. Como buen teórico ortodoxo
de izquierda desprecio la propiedad privada. Por ende, no creo en la monogamia.
Se me hace impracticable. La entiendo como algo antinatural. Ahora bien, hay
que admitir que muy distinta es la situación cuando el poligámico es el otro
porque ahí entran en juego los sentimientos y ya sabe usted que estos no pueden
explicarse. Por consiguiente, tampoco se pueden entender y por ende jamás
podrán controlarse. De ahí que hay que guiarse por la razón. Es que ninguno de
nosotros es un superhombre como para poder escapar por completo al kitsch. Por más que lo despreciemos,
forma parte del sino del hombre[1].
Entonces, ¿qué nos queda? El engaño o la resignación. Vivir a escondidas pretendiendo
que lo que no se sabe en realidad no ha pasado o encerrados en el otro para
evadir de la tentación. La segunda opción pareciera ser más honorable, seguro.
Pero ¿qué honorabilidad quedará cuando una vez pasados los años haya solo dos
extraños cenando en silencio y odiándose el uno al otro sin saber por qué? En
vistas de esta conclusión, la primera opción parece ahora la correcta. Se
presenta así como la más viable. Pero ¿dónde marcar el límite? ¿Qué parte de
nuestra vida compartir y cuál ocultar en las penumbras y guardar solo para
nosotros mismos? ¿Y qué pasa si nos descubren? Aún peor, ¿qué pasa si somos
nosotros los que descubrimos? Ahí tiene el por qué toda relación humana está
destinada al fracaso. Mire, usted está acá para abrir los ojos y desarticular
el entramado cultural que condiciona el actuar de todo ser humano. Depende de
cada uno seguir adelante con la farsa o cuestionar los lineamientos sociales
preestablecidos. ¿Me entiende, joven? –
El alumno se va sin replicar, dándole
vueltas al tema en su cabeza. Mientras, el doctor guarda los papeles
desordenados en su portafolio de cuero viejo. Arrastrando los pies, llega a la
calle. Toma el colectivo y duerme la media hora de viaje. Llega a su casa.
Entra al living, tira sus cosas sobre el sillón gastado, saca la comida del
congelador y lee los apuntes para la clase siguiente mientras espera que la cena
esté lista. Se sienta en la mesa, sólo, en una punta, y come en la oscuridad
mientras mira la pared y piensa en cómo hubiese sido su vida si no estuviese
lleno de tanta mierd@.
Imagen: http://bit.ly/ZmSqfb

o en como hubiese sido su vida acompañado
ResponderEliminarSupongo que para él no cabía esa posibilidad. Siempre supo que se iba a quedar solo.
EliminarExacto! nunca si quiera se permitió contemplar la otra posibilidad. Te habla del poder de la mente y el convencimiento, y cómo esto condiciona el destino
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