miércoles, 2 de enero de 2013

Con vivencias.


Le revoleo un plato y lo esquiva por un milímetro. Malditos sus reflejos. Siempre terminamos igual. Se me acerca enfurecida. Sacada. Con la cara desencajada. Creo que me excedí. Se me  viene encima con los brazos abiertos y las manos en forma de garras. Me agarra del cuello y no me suelta. Caemos en el piso y empezamos a revolcarnos en nuestra propia mugre. Pedazos de cerámica, pasta recalentada y mucho rencor. Demasiado. Más de lo que cualquier ser humano puede hacer caber en su cuerpo. Pateamos, arañamos y hasta escupimos todo lo que encontramos entre nosotras en un intento por lastimarnos mutuamente. Ninguna va a ceder y la idea es seguir hasta que alguien termine sangrando. O que pida perdón. Pero sabemos que eso no va a pasar. Hay mucho orgullo herido en este cuarto y eso no se olvida tan fácil. Yo no lo quiero dejar ir. No lo voy a superar.
 Es culpa de los silencios acumulados entre nosotras. Cuando las cosas no se dejan atrás siempre quedan dando vueltas en el pecho hasta que alguna idiotez, como una pila platos sucios que alguien prometió lavar y nunca lo hizo, nos hace vomitarlas. No hay nada peor que llegar al hogar cansada por la rutina laboral para encontrarse con un rostro enojado y un testamento de reproches que nada tienen que ver con nada. Y esos planteos, esas discusiones sobre platos sucios, camas sin hacer y salidas después de la oficina, son pantallas de otras cosas. Cosas de las que nunca se hablan. Ni en la casa ni en ningún lado. Cosas que se rompieron hace tiempo y que ya no se van a arreglar. Esto también pasa cuando hay mucho amor. Aunque eso no es suficiente para que las cosas funcionen. Es más, tiende a empeorar las situaciones. Porque cuando hay amor se siente que también hay derecho de exigir al otro ser lo que no es.
 Ahora ella se levanta. Se arregla la ropa y se va hacia la habitación. Quiere dar un portazo pero la puerta se traba con la alfombra. Entonces la patea en seco. A todos nos gusta un poco el drama. Hasta a los más prolijos. ¿Qué queda por hacer entonces? No mucho. O se hablan esas cosas o se guardan hasta que uno se atraganta con ellas y casi ya no puede respirar. Es entonces cuando alguien explota. Esta vez fue ella. Agarró el bolso, guardó cuatro cosas en él y se fue dando un portazo. No sin antes prometer que nunca más en su vida iba a volver. ¿Y qué hago yo? Nada. Me quedo mirando cómo se va y  empiezo a imaginar la vida sola, la casa sola, las noches solas y la pila de platos sucios que voy a tener cuando llegue el final de la semana.


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